Resumen:
El objetivo de este trabajo es un acercamiento al análisis
de las categorías de identificación presentes en la ciudad de Buenos Aires
entre 1875 y 1880. Para ello, nos centraremos en un grupo en particular: los
individuos descendientes de esclavizados y esclavizadas africanas. A través de
las publicaciones periódicas realizadas por la comunidad afroporteña
intentaremos develar los recursos de identificación que se sucedían, surgían,
desaparecían, superponían u oponían simultáneamente, en un grupo social que
quedaría negado y borrado de la historia nacional, haciendo especial hincapié
en las categorías de raza, de nación y de clase. Alegaremos que la “raza” era
una categoría identificatoria fuerte en este período,
que finalmente fue dejada de lado para sustentar otros modos identificatorios acordes con las políticas estatales de
construcción de una nación “blanca y homogénea” para la República Argentina.
Introducción
El presente trabajo intenta aproximarse a una etapa de la
historia argentina particular: el período transicional
inmediatamente anterior a la consolidación de un estado nacional centralizado,
es decir, el período anterior a 1880. La idea de transición es muy importante
en este estudio, ya que nos permite incorporar visiones, categorías e
identificaciones superpuestas y cambiantes en una sociedad que crecía y se
transformaba constantemente en todos los niveles de lo social, tanto económicos
como políticos, demográficos y filosóficos. Socolow
propone a la transición como el cambio de un conjunto de supuestos y
expectativas sociales hacia otro1. En el período en que trabajamos, el cambio
se sentía constantemente.
La ciudad de Buenos Aires experimentaba profundas
transformaciones físicas y demográficas debidas especialmente a la llegada
masiva de inmigrantes europeos. Este suceso inmigratorio produjo o afianzó
cambios en la estructura económica del país, en la estructura
administrativo-política del estado y en las formas de identificación
sustentadas por ese aparato. Precisamente, el objetivo de este trabajo es
analizar las categorías de identificación presentes en la ciudad de Buenos
Aires entre 1875 y 1880 centrándose en un grupo en particular: los individuos
descendientes de esclavizados y esclavizadas africanas.
A través de las publicaciones periódicas realizadas por la
comunidad afroporteña intentaremos develar los
recursos de identificación que se sucedían, surgían, desaparecían, superponían
u oponían simultáneamente, en un grupo social que quedaría negado y borrado de
la historia nacional, haciendo especial hincapié en las categorías de raza, de
nación y de clase.
La invención de las “razas” y de una teoría que sustentara
supuestas diferencias naturales irremediables entre la humanidad constituyen algunos de los sucesos con mayor repercusión
histórica hasta la fecha. La teoría científica de las razas surgió en el siglo
XIX, afianzándose en el XX, y se la inscribe dentro de la corriente positivista
de pensamiento. Construida sobre la biología y las demás ciencias de la
naturaleza como un intento de reflejar la realidad, se perseguía la
naturalización y la esencialización de las
diferencias. Como resalta Goldberg, resulta
paradójico que en el momento en que la ideología del liberalismo económico y de
la superación individual comenzaban a alcanzar un
planteamiento más global, se impusiera una ideología pseudo-científica de las
diferencias insuperables.
Pero esta paradoja -como menciona el autor- no lo es tanto. Stolcke la explica extendiéndola también a las supuestas
diferencias “sexuales objetivas” entre hombre y mujeres, base para relaciones
de género marcadas por la profunda desigualdad. Así, dice la autora que
“diferencias de sexo no menos que diferencias de raza son construidas
ideológicamente como «hechos» biológicos significativos en la sociedad de
clases, naturalizando y reproduciendo así las desigualdades de clase.
Es decir, se construyen y legitiman las desigualdades
sociales y de género atribuyéndolas a los supuestos «hechos» biológicos de las
diferencias de raza y sexo”. Por lo tanto, si las desigualdades sociales pueden
ser superadas mediante el esfuerzo individual, y si la ideología dominante
habla de igualdad de todos los hombres ante la ley, el orden de desigualdades
imperante puede llevar a la destrucción del sistema por parte de los mismos
rechazados.
Así, se hace necesaria la esencialización
de la diferencia y la demostración de que aunque se intente la superación,
quienes son biológicamente inferiores no la podrán lograr y deberán contentarse
con su situación.
En la Argentina en construcción de finales del siglo XIX,
las teorías racistas dominantes llegaban de Europa y eran prontamente retomadas
por la elite intelectual local que, atareada con la construcción nacional y
estatal, necesitaba proporcionar una historia y un proyecto de país. Sarmiento,
Alberdi durante el siglo XIX; Bunge, José Ingenieros
en el XX; son algunos ejemplos de la dirigencia política e intelectual que
desarrollaban teorías sobre las razas que luego serían aplicadas a políticas
específicas para el “mejoramiento” de la población argentina.
Entre estas últimas se encontraba “la llamada a los
inmigrantes europeos a poblar” los territorios del sur de América4. Desde la
independencia en 1810, la población esclavizada había recuperado poco a poco su
libertad y en 1870, la esclavitud era sólo un recuerdo para algunos pocos
sobrevivientes de esa época. En Buenos Aires, la población afroporteña
había representado hasta la década de 1840 a un 30% de los habitantes,
aproximadamente y si hacemos caso a la categoría de raza que se utilizaba para
realizar las mediciones estadísticas, que variaba constantemente, hacia finales
de siglo XIX los censos acusaban un descenso muy brusco de la población afroporteña, que representaba sólo un 2%5. Más allá de los
datos estadísticos, no muy confiables, el impacto de la inmigración y de los
cambios económicos e ideológicos sobre la sociedad afroporteña
se dejaba sentir.
Las teorías sobre las razas no son un tema menor en una
nación como la Argentina, que define a sus pobladores como blancos, y además
como europeos. La génesis mítica de esta nación se encuentra en los barcos que
arribaban al Puerto de Buenos Aires. Es decir, que la población descendiente de
esclavizados y la población descendiente de grupos aborígenes americanos es
negada por definición.
Así, el famoso “crisol de razas” argentino en realidad
subsume (o consume) a estos “otros” para transformarlos en algo mejorado, algo
sin color y sin adcripción étnica, ya que el blanco
devendría un no-color y lo europeo una categoría no-étnica. No entraremos aquí
en el tema indígena y nos centraremos en la comunidad de afro-descendientes de
Buenos Aires. Así, intentaremos analizar las categorías de identificación en
juego, en el momento de la transición hacia un país con un estado nacional
operativo y centralizado. Para ello tomaremos artículos de dos publicaciones
periódicas de la “sociedad de color”, La Broma y La Juventud.
En el contexto en que trabajamos, los países sudamericanos
se enfrentaban a la construcción del estado (como aparato
administrativo-político) y de la nación (como estructura ideológica-simbólica).
Es bien conocida la cita de Anderson acerca de la
nación como una comunidad que se imagina como limitada y soberana, es decir,
siempre relacionada con un territorio específico.
Pero esa nación limitada territorialmente y que se imagina
como finita, en los estados-nación de América (y de Europa también) se enfrentó
con gentes que poseían -o construían- filiaciones que iban más allá de -o no
coincidían con- las fronteras nacionales. El caso de los inmigrantes europeos
es bien claro para la Argentina, ya que se esforzaban por no perder los
vínculos con sus lugares de nacimiento y se nucleaban
entre sí para preservar sus tradiciones y lazos; proceder que el estado
nacional intentaría contrarrestar a partir de sus esfuerzos por
desprestigiarlos y tratar de disolverlos, especialmente en las primeras décadas
del siglo XX.
Sin embargo, la comunidad de descendientes de esclavizados,
cuyo pasado y presente estaban signados por pertenecer a una “raza inferior”,
generó y difundió vínculos que traspasaban las fronteras nacionales y se
extendían hacia otras comunidades de afrodescendientes.
El proceso mismo de engendramiento de las razas es un proceso transversal,
transnacional, que entraría en aparente contradicción con la construcción de la
nación territorial propuesta por Anderson.
La raza
En los procesos de construcción del estado-nación, la
generación de un pueblo que coincida con la formación nacional es fundamental.
Para poder construir a ese pueblo, se hace necesario establecer límites
exteriores, pero también interiores. Son las marcas internas y externas, lo que
Briones llama la marcación de “otros internos y externos”.
Así, la idea de “pueblo” involucra sus propios límites: las
elites nacionales permanecerán desmarcadas racialmente, mientras que otros
grupos, como la “gente de color”, serán marcados como “otros”, aún cuando
formen parte de la misma “comunidad imaginada” de la nación. Estos otros
internos, según Williams, fueron el resultado de la
creación de discontinuidades interiores que generaron jerarquías y tensiones.
Estas discontinuidades, que varían según la historia de
construcción de cada estado nacional, en este momento se fundamentaban a partir
de criterios raciales. Pensamos que la discontinuidad racial estaba en pleno
vigor en la década de 1870-1880 en Argentina, momento que los historiadores
consideran como el de la transición hacia un estado-nación afianzado y moderno.
Podemos ver la utilización de la categoría racial de identificación en los
periódicos, una utilización hecha por quienes construían las discontinuidades
sociales y por quienes las sufrían, reapropiándose y sirviéndose de ellas para
intentar construir un modo de identificación válido y para poder accionar desde
allí en relación con el resto de la sociedad.
La categoría de raza servía como lazo de unión para una
sociedad afroporteña que, si escuchamos lo que nos
dicen sus periódicos, se encontraba desmembrada. El llamamiento para la unión
se repetía en todos los periódicos y constantemente, evidenciando una falta de
coordinación general entre distintos grupos de quienes se consideraban -por
ellos y por otros, es decir, marcaciones externas y automarcaciones
como “negros”. Esto se debía, nuevamente prestando atención a lo que dicen los
periódicos, a la gran profusión de asociaciones, sociedades carnavalescas,
diarios, etc, que había y se fundaban constantemente
en la comunidad.
La independencia de nuestro propio individuo, todavía no la
hemos consolidado sobre las
pesadas cadenas de la esclavitud, y la obra de Dios, no se
nos aproxima por la gran
desunión entre los mismos miembros de la comunidad
(Editorial de La Juventud,
10/01/1878).
No es formando pequeños grupos que debemos cooperar a
nuestra reforma social, no es dividiéndonos (…); es uniéndonos y fijando
nuestras esperanzas en nuestros hijos… (Editorial de La Broma, 11/05/1876).
Una sociedad de socorros bien fundada y mejor dirigida, nos
basta y sobra para satisfacer nuestras necesidades. Un periódico serio, de
responsabilidad, que debidamente nos represente ante la opinión [¿?] del país,
es lo que necesitamos. Es necesario, pues, trabajar para reunir en un solo
punto y bajo una sola aspiración, [¿?] elementos dispersos y fraccionados, y
entonces, recién entonces, tendremos el derecho de darle al cuerpo reposo y al corazón
descanso (Editorial de La Juventud, 10/02/1878).
Lo que se cuestionaba desde los diferentes periódicos era
por qué no asociarse de un modo más general e inclusivo, es decir, por qué no
hacer una “gran asociación”, y es aquí donde la raza se ve muy claramente como
categoría de adscripción identitaria. La sociedad de
color no está unida porque no puede organizarse en una sola asociación o editar
un solo periódico, pero sí podría estarlo si se apelara a un “hecho
irrefutable”: el color. Thornton, Taylor y Brown rastrean la utilización de las etiquetas raciales en
Estados Unidos y muestran cómo las etiquetas pueden usarse para oprimir pero
también para resistir, creando o ayudando a conformar una identidad.
Por eso, para estos autores las etiquetas son más que simples
formas lingüísticas, sino que al ser utilizadas tienen efectos concretos en los
planos filosóficos y nacionalistas, e interpelan procesos de identidad y de
autodeterminación. Existen infinidad de referencias en los periódicos a esta
hermandad construida a partir del color de la piel, a la raza
africano-americana y apelaciones a la unión entre los distanciados “hermanos”,
de las que citaremos sólo algunas que creemos muestran la resignificación de la
marcación externa y de los estigmas dominantes. Así, en la cita que sigue se
puede leer que por el simple hecho de recibir el apelativo “de color” se está
creando una forma de unión, que además no es rebatible.
En La Broma, estas citas muestran la marcación externa,
Creémos que la union existe desde que existimos nosotros constituidos en sociedad. ¿No se ha dado en distinguírnos con el nombre de sociedad de color? (Editorial de La Broma, 22/08/1878, el énfasis es original).
Hoy todo hombre de color, como nos llaman, ejerce un arte ó desempeña un empleo con perfeccion y honradez intachable (Editorial de La Broma, 25/09/0879, el énfasis es original).
Nó; es soncera hombres de color! –ya que
ese distintivo quieren algunos generalizar para los que pertenecemos á la raza
Africano-americana (Editorial de La Broma, 11/09/1879, el énfasis es original).
y la automarcación: La Broma, períodico
eminentemente popular y defensor constante de los derechos del hombre que se
dice de color, agradece la benévola acojida que ha
recibido de sus hermanos. (Editorial de La Broma, 03/01/1878).
En La
Juventud también se podía leer: … todos los hombres de color, (…) llegaremos
por fin á una de las tantas cuestiones grandes de nuestros días, como ser la de
asociarse para triunfar… (Editorial de La Juventud, 10/10/1878, el énfasis es
original).
Nosotros
escribimos para los pobres hombres de color, para esos menos ilustrados que ese
señor redactor… (Editorial de La Juventud, 10/08/1878).
La raza y
la nación diaspórica
La construcción de las categorías raciales y las identificaciones
que generan están ligadas indefectiblemente a un ámbito que supera las
limitaciones territoriales que impone la nación, un ámbito que, al igual que la
nación territorial, es imaginado. En el caso de los descendientes de
esclavizados, el signo de oprobio de la esclavitud ligado a un color de la piel
(que también varía según cada nación), uniría a quienes de otro modo no
tendrían nada en común.
En este sentido, Matory sugiere
que las naciones diaspóricas se desarrollaron al
mismo tiempo que la nación territorial. La construcción de vínculos basados en
características raciales que se entienden como similares se pueden ver en la
sociedad afroporteña. La mayor parte de las veces,
las referencias a esta “comunidad mayor” incluyen a la comunidad de afro-descendientes
de Montevideo, la capital de la vecina nación de Uruguay. En los mismos
periódicos que venimos trabajando podemos encontrar menciones frecuentes a los
“hermanos orientales”. Estas referencias podían ir desde la publicación de
noticias de la comunidad montevideana hasta los aportes de corresponsales
uruguayos de carácte r semi-permanente en las ediciones porteñas. De este modo, se
podía leer en La Broma, en la sección de Noticias Varias:
Correspondencia de Montevideo- (...) La situacion
del país parece que reacciona. Las grandes economías introducidas por el
gobierno presagian la vuelta al equilibrio. La confianza renace y la crisis
creo se salvará (...) (18/05/1876).
La Regeneracion- En los momentos
de cerrar nuestro periódico recibimos este ilustrado cólega
Oriental (25/10/1877).
Las Lavanderas- Con el título que encabezamos estas líneas
en la Banda Oriental está haciendo furor una sociedad carnavalezca
que durante la noche buena recorrió las calles.
Esa sociedad es compuesta de señoritas, siendo la presidenta
Florita Aguirre.
A La Regeneracion- A este
periódico regenerador…. de Montevideo, le advertimos que hemos leído a última
hora (03/01/1878, el énfasis es original).
-De Montevideo hemos recibido en estos últimos dias dos cartas-no nos dicen mas que, que todos están
buenos. Nos alegramos que gocen de salud nuestros hermanos de allende el Plata
(05/02/1879).
Muy concurridos nos dice nuestro corresponsal de la vecina
orilla, que han estado los funerales que por el descanso eterno de nuestro
malogrado colega Mariano Martinez redactor de «El
Porvenir» se celebraron dias pasados en unos de los
templos de aquella ciudad (...) (28/03/1880).
En La Juventud, aunque con menor frecuencia que en La Broma,
las noticias sobre la comunidad de afrodescendientes
de Montevideo también eran reiteradas. Así, aparecían por ejemplo:
Los ciudadanos orientales- A última hora se nos ha
trasmitido la consoladora noticia de que los ciudadanos orientales residentes
en nuestra pátria creen haber llegado el momento de
elevar la petición general al Gobierno de Montevideo por haberse consolidado ya
la situación porque atravesó la república vecina. Al mismo tiempo nos piden que
avisemos á todas aquellas personas que recolectaban firmas se sirvan adjuntarlas
á la mayor brevedad posible. Quedan avisados (26/03/1876, el énfasis es
original).
Las menciones a la vecina orilla y a lo que allí sucedía,
siempre en relación con la comunidad de color no eran esporádicas. Los vínculos
entre ambas se sustentaban en el común denominador que los unía: el color de la
piel y el reconocimiento de la existencia de una “diferencia/desigualdad”.
Estos vínculos raciales no enlazaban solamente a los “hermanos orientales”,
sino que evidentemente se extendían a otras naciones cuyos estados, al igual
que el argentino, estaban también en formación. Los vínculos promovían
solidaridades transnacionales y una forma de tránsito de nación en nación que
ofrecía la contención de la comunidad de color:
«Pobres Negros Orientales»- La comparsa carnavalesca de
jóvenes de color y que su totalidad son los que últimamente han venido de la
República hermana, temerosos al [¿?]
á un Dictador; tendrán una asamblea
general el 1º de Julio, á efecto de darse cuenta de asuntos de importancia como
del estado en que la misma marcha. Saludamos con gozo, á los entusiastas
muchachos (La Juventud, 20/06/1878).
El Brasil- El vecino imperio, es el pais
Sud-americano, en donde mas se encuentra diseminada
la raza africana y su descendencia; ¿cómo pues, permanecer sordos é
indiferentes, al escuchar el clamor lastimero de nuestros hermanos, muchos de
los cuales jimen aun bajo el látigo del amo, sujetos
á las mas rigurosas privaciones, si bien con escándalo del resto de la
humanidad? (Editorial de La Juventud, 07/01/1879).
Paseo a Montevideo- (...) Apenas conservamos en nuestra
escasa memoria las distintas impresiones que esperimentamos
durante la corta estadía en Montevideo. (...) Reciban nuestros hermanos de la
otra orilla el abrazo de confraternidad y nuestro espresivo
agradecimiento por la inmerecida atencion que nos
dispensaron (La Broma, Noticias Varias, 30/12/1880).
En breve partirán para el Paraguay, los caballeros Rufino Jovellanos, y Gavino M. Arrieta.
Les deseamos feliz acojida entre la sociedad de «color
paraguaya» (La Broma, Noticias Varias, 13/03/1881, el énfasis es original).
Lo que muestran estas citas es que los lazos
transnacionales, promovían la solidaridad de grupo y permitían una movilidad
transnacional apoyada en estos vínculos. Se podría, en esta instancia, comenzar
a hablar de la génesis de un sentimiento diaspórico14, que más tarde se
cristalizaría en otras partes del mundo en los movimientos basados en la idea
de la diáspora africana. En relación con este tema, Matory
sugiere que “difícilmente exista una nación territorial en el Nuevo Mundo que
no se haya preocupado –como precondición para convertirse en nación- de la
representación, incorporación o aniquilamiento de esas comunidades de la
diáspora africana”15. En el caso de la Argentina, la elite criolla se preocupó
por el aniquilamiento.
Pero por qué necesitaban los descendientes de esclavizados
unirse a una nación diaspórica. Nuevamente Matory, nos indica que tal vez la razón se hallara en que
“...muchas personas negras y mulatas no encontraban convincente (...) la
imaginación de su ciudadanía en la nación territorial. Se consideraban,
frecuentemente, excluidos de los derechos y privilegios de esa ciudadanía.
Encontraban más impresionantes y convincentes las formas de inclusión, imaginario
literario y pompa asociados con las naciones diaspóricas”16.
En la Argentina, los derechos de ciudadanía estaban
extendidos a todos los hombres (incluye a las mujeres) que habitaran el suelo
argentino, desde la aprobación de la Constitución de 1853, a quienes se
consideraba iguales ante la ley. El voto era universal masculino y los hombres
“de color” lo ejercían involucrándose políticamente, y su voto (por ser
importante en número) era requerido y buscado por los distintos candidatos en
tiempos electorales. Pero, la sensación de exclusión de los derechos ciudadanos
de la que habla Matory se patentiza en los periódicos
bajo análisis. Algunos ejemplos son:
En el mundo republicano todos tienemos
los mismos deberes y los mismos derechos.
Apartándonos ahora de la teoría republicana, tratemos de
acercarnos, en lo posible á la práctica. La Constitución de nuestro pais es esencialmente liberal (…). Pero, sobre la constitucion, sobre las leyes, sobre la voluntad soberana
del pueblo, hay otra ley que destruye, aniquíla,
mata, los derechos naturales y legales de los hombres. Es la ley de la
costumbre (…). Los hombres de poder, esto es, los aristócratas de sangre, los
reyes, los mandones sujetaron á las razas á una cadena oprobiosa que la ley de
la costumbre inveteró en el seno de los pueblos (Editorial de La Broma,
13/11/1879, el énfasis es original).
Somos ciudadanos, nos agazajan,
nos tratan de igual á igual, mientras necesitan de nuestro voto, para escalar
el poder, y una vez en él nos desprecian y hasta nos niegan nuestros derechos
de hombres libres; pues si un negro va á entablar una demanda ante una
autoridad cualquiera, contra un blanco, teniendo la razon
de su parte, no le hacen caso, y lo primero que dicen: es un negro (Editorial
de La Broma, 21/07/1880).
Se hiere ó le sucede cualquier otra desgracia por el estilo
á uno de nuestros hombres; y al dia siguiente dicen
los diarios: un pobre moreno ó mulato miron ó
espectador, eso cuando no lo tratan de bandido ó vago conosido,
fue herido gravemente y conducido al Hospital ó á su casa para efectuarle la
cura necesaria; -y punto final, la policia no se
ocupa de averiguar quien es el malhechor, ni menos de aprenderlo- que importa
es un negro ó un mulato- y viva don Funlano de tal!
–viva don Mengano de tal!- …(Editorial de La Broma,
11/09/1879, el énfasis es original).
Por lo que hemos visto, frente a la discriminación que
evidentemente estaba generalizada en la sociedad, contra la raza negra, quienes
se veían afectados reutilizaban esas categorías de identificación intentando
consolidar una forma de identidad desde la cual interaccionar.
La nación territorial y la identificación de clase
En este momento de transición, en el que tanto las ideas de
“raza” como de “nación” se estaban consolidando, ambas categorías coexistían, a
veces congruentemente y a veces en pugna. Un ejemplo de la interacción de ambas
formas de identificaciones es el que sigue. En septiembre de 1878, se nombró
como presidente de la sociedad de socorros mutuos La Protectora a un hombre de
color, pero no-argentino. Este hecho provocó una queja por escrito de algunos
de sus miembros, a lo que ambos periódicos respondieron enérgicamente:
Por ahí anda una protesta que firmada esta por el Sr.
Jerónimo Fernandez y el joven Nicanor Perez Millan. (...) Al respecto
diremos por hoy, que la comision Directiva tiene el impresindible deber de no tomarla ni tan siquiera en
consideración. En el seno de nuestra comunidad en tratándose del bien comun, no hay Orientales, Brasileros, ni Norte-Americanos:
TODOS SOMOS UNOS. Ya hablaremos por nuestra parte, un poco mas
claro (Última Hora, La Juventud, 20/09/1878, las negritas y mayúsculas son
originales)
Dícese que su origen [la protesta] data
del nombramiento de Presidente que tuvo lugar há dos
meses, por que segun la opinion
de sus autores «no se puede nombrar presidente estrangero
en una sociedad que es verdaderamente cosmopolita (!!!) (...) Nos ha costado tambien creerlo, porque ni remotamente habiamos
pensado en que un fenómeno tan garrafal pudiera ocultarse en caletre humano
alguno (Editorial de La Broma, 19/09/1878, el énfasis es original).
Sin embargo, el hecho de que la protesta existiera, también
muestra que la unidad de la raza no era algo que se aceptara por encima de
todo; y que existían esferas de identificaciones diferentes, en este caso, la
nacional-territorial.
La construcción de una nación como estado, supone la
construcción simultánea de una historia -como gesta- nacional. En este esfuerzo
inventivo, la elite porteña intentaba borrar de la Historia Nacional que se
estaba construyendo la participación fundamental de la comunidad afroporteña en todos los planos sociales, y especialmente
en el económico y el militar. Su ausencia de la historia oficial que se iba
construyendo era uno de los elementos que más preocupaba a la sociedad “de
color”. Desde los periódicos defendían, entonces, su lugar como miembros de la
nación y sus propias definiciones de la argentinidad. A través de las
editoriales de La Broma, podemos observar una reapropiación del pasado de
participación en las guerras, impugnando la exclusión de la “historia nacional”
y de la “memoria”. Según Alonso, es a través del tiempo épico como modalidad
temporal que se pueden crear tendencias nacionalistas particulares, versiones
propias de la historia y símbolos autóctonos de carácter nacional, para
imaginar las identificaciones creadas como eternas y primordiales. Quijada
relaciona la temporalidad nacional con el territorio, y para el caso argentino
hace hincapié en la construcción de un territorio nacional como parte de la
utopía de homogeneidad demográfica. Ella sostiene que era el territorio el que
definía las fronteras de la inclusión social y menciona que “[l]a nación es
representada en el pasado y en el futuro como una comunidad natural que se
asienta sobre un espacio natural, con el que mantiene vínculos orgánicos (…).
La territorialidad se vincula estrechamente a la temporalidad, ya que el
territorio es el receptáculo del pasado en el presente”18. El uso de esta
temporalidad utópica está presente en las siguientes editoriales:
... hace sesenta y ocho años á que nuestros antepasados,
pudieron resarcirse de las pesadas cadenas de la esclavitud, para recibir mas
tarde el primer bautismo de sangre de honor y gloria en el templo de esa revolucion. Desde entonces aca,
apóstoles de la libertad y guardianes de los derechos de todos; luchan con ahinco
por radicar las instituciones y perfeccio los
destinos (Editorial de La Juventud,
10/02/1878).
Entre nosotros no se disipa, ni se disipará jamás el amor pátrio, el sentimiento nacional; el hombre de color á
contribuido con su sangre desde la guerra de nuestra independencia, hasta las
habidas ultimamente tanto nacionales como civiles.
(...) Cuando la patria peligra somos nosotros por lo general los q´ jugamos el rol mas importante en la batalla, allí donde
cae á la par del cobarde el valiente; y á la par de este, aquél (Editorial de
La Broma, 25/09/1879).
¡Parece mentira que una sociedad tan ilustrada, tan decente,
tan fina, como lo es la nuestra, no supiera rendir culto á las tradiciones
gloriosas que en la guerra de nuestra independencia, grabaron con su sangre, en
los campo de Maypo y Chacabuco, los batallones de negros y mulatos! Si! por que esa libertad de que gozan los que hoy los escarnecen,
no se la deben á ellos mismos, sinó á los sacrificios
heróicos y abnegados de esa raza indomable que llevó
su aliento de jigante hasta las nevadas crestas de
los Andes! (Editorial de La Broma, 20/11/1879).
Si bien la afirmación de la nacionalidad estaba vinculada
con la idea de defensa del territorio, ésta se hacía desde un posicionamiento
racial-transnacional. Esto, por lo menos en esta instancia de la construcción
de la nación argentina, no presentaría rasgos contradictorios. Matory sugiere que “...la nación territorial en las Américas surgió no de un diálogo aislado con Europa, sino
también de un diálogo con las naciones transatlánticas y supraterritoriales
generadas por la colonización africana de esos continentes (...) [y que] (...)
tales unidades supraterritoriales prefiguran no el
fin, sino el comienzo de la nación territorial.
De hecho, el diálogo con la nación diaspórica
forma la base de la nación territorial americana, africana y europea”. Si bien
el estudio de Matory se centra en el Brasil, donde se
puede registrar un nexo aún hoy muy vívido entre las comunidades afrobrasileras y las de África, esta hipótesis encaja
perfectamente en el momento histórico de la Argentina anterior a 1880.
Sugerir que la nación argentina se construyó en diálogo con
una nación diaspórica africana incipiente es algo que
se puede comenzar a pensar si se acepta que la categoría raza se encontraba en
pleno vigor. Así, con anterioridad a 1880, la sociedad argentina era una
sociedad racializada, llegando incluso a darse
situaciones de segregación de lugares públicos20. Sin embargo, el proyecto
nacional que la elite había creado proponía superar esa contrariedad
estableciendo una raza mejorada y homogénea, que finalmente resultó ser la
blanca y europea.
En el proceso de consolidación, la estructura económica se
iba modificando y la mano de obra –hasta ese momento caracterizada
por el pequeño artesanado y el cuentapropismo- tendía
progresivamente a proletarizarse, conformándose la clase social como una nueva
categoría válida de identificación.
La clase
Interesantemente, la clase social también es una categoría
transnacional y, en principio, tampoco se opone a los límites nacionales, al
igual que la raza. Los diarios utilizaban un lenguaje clasista para dirigirse a
su público, incluso La Broma, en sus últimos años de edición, agregó a su
nombre el de Órgano de las Clases Obreras. Según Andrews,
este cambio se dio también en los contenidos de ese periódico que había
comenzado representando a los sectores que paulatinamente habían podido elevar
su condición y estatus social.
La mayor parte de la población afroporteña
estaba sumida en la pobreza, resultado de la discriminación laboral, la falta
de educación recibida y del poco o ningún apoyo por parte de otros sectores de
la población. Esta pobreza queda reflejada en los periódicos (que quebraban y
se re fundaban constantemente), como se puede leer en las citas que siguen, y
es congruente con el pensamiento de Stolcke acerca de
la construcción racial como encubridora de las desigualdades socioeconómicas.
Pobres, muy pobres, sí; pero jamás nos ha cegado el interés
mezquino que solo nos
conduciria á ser uno de los tantos
desbaratadores de la reaccion social (Editorial de La
Broma, 11/09/1878).
Los que nos conocen á nosotros, saben perfectamente bien que
somos unos pobres diablos, mas pobres, que la encarnación de la
pobreza-pelados, como un perejil sin hojas, que no tenemos ni tras de que
caernos muertos, el dia en que se presente la parca
con su respectiva cuenta, cobrándonos el capital é intereses (Editorial de La
Juventud, 20/08/1878).
Para este sector de la sociedad “de color” no había más opción que la proletarización. En este marco, las columnas de La Juventud, primero, y las de La Broma después, comienzan a argumentar que la regeneración de la raza encontraría su aseguro si se seguía uno de los caminos indicados: los hombres se debían convertir en obreros y las mujeres en amas de casa y “guardianas del hogar”, aún cuando la precariedad económica las obligara a trabajar y a detentar los oficios más rechazados. En este sentido, ser mujer y negra implicaba una doble desventaja.
La regeneración que se impulsaba desde los periódicos
suponía también dejar todos los vicios atrás y convertirse en hombres y mujeres
obreros, honrados y decentes. Evidentemente, esto
implica que la raza se encontraba (o era) degenerada. Sin entrar profundamente
en este tema que merece un artículo en sí mismo, baste decir que Stolcke indica que esta postura de asumir “la falta” que se
imputa desde afuera, es decir, la inferioridad moral de la raza, es parte de la
paradoja de la modernidad mencionada anteriormente.
En honor á la verdad y á nosotros mismos, debemos hacerle
mas justicia al pueblo argentino y á sus instituciones. (...) ha sonado la hora
del trabajo. (...) [q]ue
nuestro atrazo estacionario es efecto de nuestra
propia negligencia (Editorial de La Juventud, 10/02/1878).
La regeneración implicaba inevitablemente educación, que era
algo por lo que los dos periódicos luchaban incansablemente. Esa educación no
se pedía universitaria, sino de oficios, para poder ejercer trabajos manuales,
que poco a poco ocupaban a los inmigrantes que llegaban de Europa. Los
periódicos advertían que la culpa de sus desgracias se encontraba en su desgano
y mala actitud hacia el trabajo, la familia y la educación.
El trabajo dignifica al hombre. Las horas que se pasan contraidas á labrar la felicidad de la familia, son las
mejores que en este viaje transitorio de la vida, se emplean como un modelo
para los que nos han de suceder. Trabajar, economizar y cultivar la
inteligencia son las tres ideas que como bandera emblematica
debe llevar el hombre del pueblo. ¿No veis á los viciosos, vestidos con los
trajes harapientos? ¿No veis al haragan dormir el
sueño paciente de la pereza, para encontrar á su lado el vacio?
¿No veis á la muger que no cultiva su inteligencia y
que no ejercita su cuerpo á los trabajos naturales? (…) Aquel y esta, están al
borde del abismo, porque no saben sondear sus profundas cavidades (Editorial de
La Broma, 18/01/1878).
A fines del siglo XIX, la instalación de la categoría de
identificación de clase social ayudaba a quebrar la hermandad racial y a
subsumir diferencias anteriormente validadas en nuevas categorías de
identificación.
Siendo La Broma órgano de las clases proletarias, les envia palabras de aliento, y desea que las ideas
socialistas cundan no solo entre los tipógrafos sino entre todas las clases
obreras (Editorial de La Broma, 5/09/1878).
Anhelamos la felicidad de la pátria
y por eso pedimos á los hombres públicos de ella que no omitan sacrificios por
educar moral y materialmente la clase obrera á fin de que contribuyendo á
mejorar su situación actual, encuentre en ella una de las mas poderosas
palancas del progreso de los pueblos (Editorial de La Juventud, 20/01/1878).
Sin embargo, no todos los afroporteños
eran pobres. Existía un sector que se había logrado acomodar dentro de una
incipiente clase media, y poseía estudios y propiedades. En general eran
familias de reconocidos militares o artistas, e incluso empresarios
incipientes. Para ellos, también la regeneración llegaría cuando se pudieran
fundir con la sociedad “blanca” y no fueran señalados por su color.
El quiebre de la raza era congruente con la coyuntura
histórica que comenzaba a “establecer” a la argentina blanca y homogénea, pero
también provocaba pequeñas luchas generacionales entre aquellos que sentían que
debían defender la fraternidad racial y aquellos jóvenes que veían más
provechoso deshacerse de su color para despojarse del destino del paria.
La moralización a través de los editoriales de los
periódicos se daba constantemente, y reflejaba la lucha de la comunidad afroporteña: ¿unirse como grupo racial, de clase,
simplemente fundirse en la nación (el mestizaje se mostraba cada vez más
efectivo a los efectos de blanquear la piel), o todo a la vez? En este sentido
-aunque para un período un poco anterior- Bernand
dice que “[p]ara las nuevas generaciones que no han vivido la esclavitud, las
sociedades [mutuales-raciales] consolidan una identidad que se expresa ahora en
términos de lucha de clases o bien refuerzan la pertenencia de las gentes de
color a la nación, en oposición a los inmigrantes, que empiezan a afluir a la
Argentina a partir de la segunda mitad del siglo XIX”.
El asociacionismo de la comunidad afroporteña
había sido un elemento fundamental de adscripción identitaria-racial,
pero llegada la década de 1880 se veían los denodados esfuerzos de los
editorialistas por la reagrupación. En otro artículo hemos mencionado la idea
que la reagrupación asociativa podía no implicar segregarse sino nacionalizarse
desde un lugar de igualdad (“otro-interno” a ser escuchado como cualquier otro).
Los editorialistas se enfrentaban, sin embargo, con una
generación que ya no estaba interesada en esa vía de inserción nacional (la vía
racial) y se invisibilizaba mestizándose e
identificándose con una clase social (proletarizándose la mayoría y
aburguesándose unos pocos). Esta invisibilización es
coherente con el esfuerzo estatal de construcción de la nación territorial y
del pueblo argentino.
La conformación de la estructura de clases de la Argentina
de fines de siglo XIX proveyó de un marco homogenizador de la población para
cuestiones raciales y étnicas y fue el basamento en donde se pudieron cimentar
las ideas de pueblo argentino, especialmente en los comienzos del siglo XX.
“Finalmente, el aluvión inmigratorio de las últimas décadas del siglo [XIX]
contribuiría a la imagen creciente de una población cada vez más blanca y
europea. Las diferencias étnicas se iban diluyendo en la percepción colectiva,
consolidando en su lugar un tipo de prejuicio social por el cual el color
oscuro se asociaba, no a una distinción racial, sino a la pertenencia a las
capas socioeconómicamente inferiores.
De tal forma, un sector importante de la población, que
hubiera sido considerado «de color» desde una perspectiva ideológica diferente
(como por ejemplo, la que en los Estados Unidos afirma que toda ascendencia
africana o indígena mantiene la identificación étnica original con
independencia del grado de «blanqueamiento»), pasó a integrar una unidad
indiferenciada considerada colectivamente como «de raza blanca»”.
Conclusiones
De este modo, la raza (al igual que lo étnico), que habían
sido categorías de identificación en el momento formativo del estado-nación
argentino –discontinuidades internas específicas en palabras de Williams-, fueron dejadas de lado para resaltar otras
categorías de identificación como la nacionalidad (unida a un territorio
específico y a un pueblo nacido en esa tierra) y la clase social, que aunque ya
existían no mostraban prevalencia sobre la racial. En
otros estados nacionales la identificación de clase no impidió el desarrollo de
la identificación racial, pero en Argentina se dio este curioso proceso que
sirvió de salvoconducto para quienes portaban un color de piel incriminador. Para un país que niega la historia negra y
que se dice no-racista, tener en cuenta que las categorías raciales estructuraban
la realidad cotidiana hace no tanto tiempo, es un llamado de atención sobre el
poder del estado nacional en la construcción de imaginarios sociales.
Referencia
bibliográfica
Para citar este artículo Lea Geler,
« Negros, pobres y argentinos. Identificaciones de raza, de clase y de
nacionalidad en la comunidad afroporteña, 1870-1880
», Nuevo Mundo Mundos Nuevos, Número 4 - 2004, mis en ligne
le 8 février 2005, référence
du 29 mai 2007, disponible
sur: http://nuevomundo.revues.org/document449.html.