Revista Internacional de Ciencias Sociales, No. 173

 

El conocimiento indígena y la dimensión política de la clasificación

 

Autor: Arun Agrawal (2002)

 

 

Nota biográfica

Arun Agrawal, Profesor Asociado de Ciencias Políticas en la Universidad de Yale (Email: arun.agrawal@yale.edu), investiga sobre el cambio institucional, la política ambiental y el desarrollo. Ha dado cuenta de sus trabajos en publicaciones como Comparative Political Studies, Development and Change, Journal of Asian Studies, Journal of Theoretical Politics y World Development. Su primer libro fue Greener Pastures: Politics, Markets and Community among a Migrant Pastoral People (1999). En la actualidad está escribiendo un libro titulado Environmentality.

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Últimamente, en los debates sobre el mejor modo de inducir procesos de desarrollo que por fin respondan realmente a los intereses de los pobres y los marginados, la cuestión del conocimiento indígena viene ocupando un lugar muy destacado. Es posible que el actual trabajo de investigación y promoción del conocimiento indígena sea deudor en buena parte de la obra precursora de numerosos etnográfos y antropólogos (Conklin, 1957; Lewin, 1975; Wyman, 1964). Pero también es cierto que muchos de los interrogantes que por entonces obsesionaban a una serie de investigadores (que se autodefinían como “etnocientíficos”) siguen impregnando hoy en día el trabajo sobre el conocimiento y los pueblos indígenas1.

 

Subsisten todavía muchas discrepancias en torno a cuestiones como la comparabilidad entre distintos sistemas de conocimiento, el carácter de la propiedad de prácticas indígenas específicas, la conveniencia de la compensación o la intensificación de las relaciones interculturales y las posibles amenazas que ello encierra para el saber indígena. Sería correcto puntualizar que el actual interés por el conocimiento indígena es fruto en buena medida de la general aceptación del vínculo establecido entre ese conocimiento y el desarrollo y la protección ambiental. 2

 

En trabajos más recientes, especialistas como Brokensha, Brush, Chambers, Richards o Warren3, entre otros, se han ocupado de la importante intervención del saber indígena en la consecución del desarrollo y la protección de la naturaleza. Esas aportaciones han resultado fundamentales para nutrir y animar el debate sobre los sistemas indígenas de conocimiento.

 

Los mencionados especialistas han dedicado incesantes esfuerzos a idear posibles estrategias en favor de lo indígena, poner en guardia contra la tentación de desdeñar el valor y la utilidad del saber indígena y procurar que aumente la sensibilidad con respecto a los pueblos indígenas incluso entre responsables políticos y reformadores neoliberales abanderados de la privatización y la liberalización económica.

 

No cabe sino alegrarse de este giro en el destino del saber indígena, que rompe con décadas o incluso siglos de rechazo de todo lo indígena y se acompaña de un movimiento de defensa de los derechos de los pueblos indígenas que se está convirtiendo en el signo distintivo de buena parte de la investigación y la elaboración de políticas en materia ambiental. Este proceso está en sintonía con la valorización de formaciones conceptuales y sociales asociadas como las que traducen los términos de “comunidad”, “localidad” o subalternidad4.

 

En el presente artículo se examina un método concreto de promoción de los saberes indígenas: la creación de bases de datos donde se registran sistemáticamente elementos concretos de ese saber con el fin de analizarlos posteriormente. Los datos recogidos pueden referirse por ejemplo a una información técnica (el uso de los tubérculos de Pueraria lobata en periodos de hambruna en los pueblos de habla kalam de Papua Nueva Guinea; Pawley, 2001: 238) o provenir de estudios muy detallados sobre métodos particulares para enfrentarse con un problema (por ejemplo los conocimientos agrícolas en constante evolución de los pequeños campesinos del África Occidental; Richards, 1985).

 

Algunas bases de datos repertorian “prácticas idóneas”, destacando así experiencias particularmente logradas de pueblos indígenas o comunidades locales para resolver problemas ligados a la protección del medio ambiente, la salud, la educación o la agricultura. Sea como fuere, estas bases de datos responden casi siempre a un doble objetivo: por un lado proteger el saber indígena, frente a la suma de presiones que tienden a desarticular las condiciones en que viven y se perpetúan los pueblos y conocimientos indígenas; y, por otro lado, recoger y analizar la información disponible y determinar qué rasgos específicos pueden tener validez general y ser aplicables en otros contextos para dar más eficacia a los procesos de desarrollo y a la protección del medio ambiente.

 

Gran número de organismos donantes e investigadores de ámbito internacional, entre otros el Banco Mundial, la UNESCO, el IDRC o el PNUD, amén de muchas redes de especialistas o activistas, han prestado considerable apoyo a la creación de bases de datos para conservar y difundir sistemas indígenas de conocimiento, procedimiento que ha conocido un gran auge en el último decenio5.

 

En este artículo presento la mecánica de este proceso de acumulación de datos, las contradicciones epistemológicas que le son inherentes y las razones de índole práctica o política por las que está muy probablemente abocado al fracaso. Aunque los argumentos que aquí expongo se refieren concretamente a los tipos de bases de datos que han querido crear los defensores del conocimiento indígena, quizá sean aplicables también a los intentos de crear bases de datos y catálogos sobre otros fenómenos sociales complejos, dinámicos y muy dependientes del contexto.

 

 

La lógica de la creación de bases de datos

 

El extendido procedimiento de almacenar elementos específicos de información en una base de datos constituye un ejemplo de conservación ex situ de conocimiento indígena. Muchos de los defensores de ese conocimiento piensan que reunir datos y recopilar ejemplos concretos de saber indígena es el más importante de los métodos disponibles que pueden permitir salvaguardar ese conocimiento y demostrar su utilidad a un público más amplio.

 

Warren confía en que “registrando el conocimiento y poniéndolo a disposición de la comunidad mundial, pronto empezarán a verse los sistemas de conocimiento de carácter y origen comunitario como aportaciones al acervo de saber mundial”6. Muy en la línea de esta afirmación de Warren, la “Iniciativa para la utilización de los conocimientos locales a favor del desarrollo”, encabezada por el Banco Mundial, parte de la premisa de que el saber indígena es un recurso insuficientemente utilizado en el proceso de desarrollo, y que por consiguiente se impone crear una base de datos sobre las prácticas y enseñanzas derivadas del conocimiento indígena (Banco Mundial, 1998).

 

Es de prever que a medida que aumente el número de estudios y se vayan encontrando y archivando más ejemplos de la utilidad del conocimiento indígena en centros de ámbito nacional o internacional, los profesionales del desarrollo y la protección de la naturaleza se irán convenciendo de la importancia de la cuestión. La creciente comprensión de las posibilidades beneficiosas que encierra el saber indígena, a su vez, se traducirá en un esfuerzo más intenso por promover los intereses de los depositarios de ese patrimonio.

 

Partiendo de estas premisas, un sinfín de ONG internacionales y organismos donantes han prestado especial atención y apoyo a la creación de bases de datos. El Indigenous Knowledge and Development Monitor, publicación periódica apoyada y mantenida por la NUFFIC y el CIRAN7, cuenta entre sus afiliados con más de 25 centros de recursos sobre saber indígena de varios países de África, Asia, Europa, América Latina, Oriente Medio y Norteamérica. Además, su sitio Web ofrece enlaces con 8 instituciones distintas que mantienen bases de datos sobre temas muy diversos, desde la pesca o el conocimiento botánico de los aborígenes americanos hasta las plantas medicinales de uso veterinario en África8.

 

Pero esos centros no son los únicos que participan en la creación de bases de datos sobre conocimiento indígena. El propio Banco Mundial cuenta con una base de datos en línea que puede interrogarse por palabras clave de carácter regional o temático9. Hay otras bases de datos que pueden consultarse pasando por los sitios Web del IDRC, Conservation International o el CGIAI, entre otros10. Todas estas iniciativas de documentación y difusión del conocimiento indígena datan del último decenio, y señalan un nuevo comienzo en la abstracción y recogida de elementos específicos de los sistemas indígenas de conocimiento. Podría a decir verdad sostenerse que, de todos los procedimientos concebidos por los defensores del conocimiento indígena, el de crear bases de datos y compartir la información contenida en ellas ha demostrado ejercer un indiscutible y generalizado atractivo.

 

Examinando algunas de esas bases de datos se advierte el tipo de información recogida en ellas. La Native American Ethnobotany Database11 ofrece información sobre usos concretos de plantas y árboles con fines alimentarios, cosméticos, agrícolas, artesanales, medicinales, veterinarios y decorativos, entre muchos otros. Cada registro contiene unas pocas líneas de información tomada de investigaciones originales, publicaciones o documentos inéditos.

 

Gran parte de la información contenida en esas bases de datos etnobotánicas tiene la impronta de la investigación antropológica de principios de siglo sobre el saber tradicional, con la diferencia de que ese mismo saber y esas mismas investigaciones se presentan ahora con la práctica y prestigiosa etiqueta de “conocimiento indígena” y se justifican invocando su gran importancia para el éxito de los procesos de desarrollo.

 

Otras bases de datos ofrecen información más prolija sobre los elementos que contienen. Por ejemplo, la base de datos sobre conocimiento indígena del Banco Mundial clasifica los registros con arreglo a diversas palabras clave. Cada uno posee un número de identificación único, y el conjunto está organizado por países, regiones y fuentes de información. En la descripción de cada ejemplo se ofrece información sobre el pueblo correspondiente y las razones que subyacen a determinada práctica.

 

Pero lo que al fin y al cabo se intenta con esa descripción es dar una idea de las posibilidades de validez general y las enseñanzas en materia de desarrollo o protección ambiental que pueden derivarse de cada ejemplo. No deja de ser irónico que la mayoría de los ejemplos recogidos en esta base de datos correspondan a iniciativas de colaboración entre algún organismo internacional y un grupo local para impulsar un proyecto de desarrollo, como si el hecho de disponer de información sobre determinado ejemplo obedeciera únicamente al apoyo externo que le ha prestado el organismo de desarrollo. En comparación con los datos que ofrece la Native American Ethnobotany Database, la información de esta base de datos es mucho más prolija. Pero el proceso que subyace a la creación de ambas bases de datos, así como sus principales objetivos, no difieren demasiado.

 

Cientifización

 

Consideremos en primer lugar la mecánica y la lógica de la creación de bases de datos. La lógica instrumental que vertebra la creación de estas dos bases de datos, como ocurre de hecho con todas las bases de datos que intentan hacer del conocimiento indígena un instrumento aplicable al desarrollo, transforma lo que este conocimiento parece significar. Lo primero que esta lógica requiere es que se distinga entre el conocimiento indígena útil y los demás tipos de saber, prácticas, medios, contextos y creencias culturales con los que coexiste.

 

Sólo las formas de saber indígena con posibilidades de aplicación práctica a los procesos de desarrollo merecen atención y protección. Otras formas de conocimiento, en cambio, pueden quedar abandonadas a su suerte, precisamente porque carecen de interés en lo que concierne a las necesidades del desarrollo. Denomino particularización a este proceso de detección y segregación de los elementos útiles de un sistema de conocimiento. Una buena particularización es el primer paso necesario para crear cualquier base de datos. Este proceso responde a las necesidades de los profesionales del desarrollo, para quienes el saber indígena es un recurso de carácter sencialmente práctico. Al margen de su posible función al servicio del desarrollo, nada justifica que se inviertan cantidades significativas de recursos en los sistemas indígenas de conocimiento.

 

La particularización, sin embargo, se acompaña de otros procesos. El segundo requisito impuesto por la lógica instrumental del desarrollo es que los conocimientos particularizados sean sometidos a prueba y validados conforme a criterios que gocen de aval científico. Esos criterios científicos subyacen a cualquier enunciado particularizado sobre las prácticas indígenas que se consideran “conocimiento”. Por ello resulta bastante exacto afirmar que, incluso para los defensores del conocimiento indígena, éste debe pasar por un proceso previo de reformulación que lo adapte al molde de la ciencia antes de ponerlo al servicio del desarrollo (Massaquoi, 1993; Rajan y Sethuraman, 1993). En sí mismo, ese conocimiento no tiene existencia sino sólo posibilidades. El uso de criterios científicos para contrastarlo y analizarlo, junto al proceso de documentación de estas pruebas, puede describirse con el término de validación. Una vez validado, un ejemplo concreto de saber indígena reunirá las condiciones necesarias para su incorporación a una base de datos.

 

La validación tiene un corolario: la abstracción. No todos los elementos que integran una práctica indígena útil resultan igualmente necesarios para el desarrollo. Para que ese conocimiento surta el mayor efecto posible, conviene abstraer sólo los elementos estrictamente útiles. Cabe obviar y descartar eventuales ritos, palabras, movimientos, gestos y acciones inherentes a la administración de una planta o un compuesto medicinal en determinada práctica indígena porque, en esencia, no forman parte de la utilidad de esa planta o compuesto. Desde el punto de vista del desarrollo carecen de interés. Sólo es preciso retener los elementos de una práctica indígena que puedan trasponerse fácilmente a otros contextos. Además, el hecho de despojar el conocimiento indígena de todos sus elementos en apariencia accesorios facilita la siguiente etapa del proceso de transformación que lo habilita para su utilización con fines de desarrollo.

 

Una vez particularizado y validado (abstraído) el conocimiento, es preciso catalogarlo, archivarlo y por último difundirlo antes de utilizarlo de manera más general, proceso que cabe denominar generalización. Determinado elemento del saber indígena sólo será realmente útil para el desarrollo en la medida en que se preste a generalización. En modo alguno merece la pena estudiar el conocimiento indígena si sólo es aplicable a un contexto determinado y singular, por lo menos desde el punto de vista de los profesionales del desarrollo.

 

A cierto nivel, el proceso mismo de integración de los saberes indígenas en un catálogo de conocimientos de fácil y amplia consulta otorga ese saber, en potencia, validez general. Pero el proceso de generalización no termina con la catalogación de una unidad validada de información, sino que ésta es sólo una etapa preparatoria del proceso. Que las posibilidades de generalización inherentes a este procedimiento acaben o no concretándose dependerá de cómo actúen posteriormente otras personas en relación con ese fragmento de saber: quién se refiere a él, en qué foro lo hace, con qué fines y en relación con qué tema son algunos de los factores que determinarán que ese conocimiento adquiera o no realmente carácter general (Latour, 1987).

 

Utilizo el término cientifización para referirme a los tres procesos mencionados: particularización, validación y generalización. En lo que concierne al saber indígena, cabe interpretar colectivamente estos tres procesos como la base a partir de la cual se establecerá “la verdad” de determinada práctica ligada al conocimiento indígena. En este sentido, se puede entender la cientifización como sinónimo de “creación de verdad”.

 

Cualquier tentativa de conferir al conocimiento indígena utilidad para el desarrollo habrá de pasar necesariamente por estas tres etapas. La cientifización del conocimiento indígena ayuda a revestirlo de la condición de hecho. Tomemos el ejemplo de la margosa (Azadirachta indica). En los últimos cinco años se han publicado más de 500 artículos sobre los usos de esta planta, lo que corresponde a un ritmo y volumen de publicaciones muy superior al de los dos últimos decenios. Sin embargo, aunque los agricultores de la India llevan generaciones utilizando diversas partes de ese árbol como pienso, plaguicida y alimento, la inmensa mayoría de sus derivados comercializados han resultado un fiasco debido a su relativa inestabilidad ante la luz solar (Gupta, 1996).

 

Por ello, pese a los cientos de usos distintos de la margosa que cabe asimilar a prácticas indígenas12, hasta finales de los ochenta hubo un número comparativamente minúsculo de patentes y artículos científicos sobre este árbol. Hubo pues que esperar hasta los años noventa, con la proliferación de investigaciones científicas y solicitudes de patente ligadas a la margosa, para que empezara a estudiarse con más seriedad el conocimiento indígena al respecto. Pero el estudio de este cuerpo de saber se acompaña de interrogantes sobre la medida en que sigue siendo indígena y sobre los beneficiarios de la cientifización de este conocimiento (volveremos sobre este punto más adelante).

 

Un enunciado que pasa por un proceso correcto de particularización, validación y generalización se convierte en conocimiento al satisfacer una particular relación entre utilidad, verdad y poder. El proceso de cientifización ayuda a instituir una división interna de los sistemas de conocimiento indígena, de forma que sólo el saber útil se convierte en algo digno de protección. Con independencia del valor de verdad que puedan revestir otros conocimientos indígenas, su falta de utilidad les veda el acceso a las bases de datos que poseen poder instrumental en las iniciativas de desarrollo. Excluidos incluso de los imperfectos mecanismos de protección que han concebido los defensores del conocimiento indígena, esos fragmentos de conocimiento juzgados inservibles no ofrecen argumento alguno que quepa esgrimir para salvarlos del olvido. No son ni verdaderos ni falsos, sino simplemente superfluos para los que trabajan en las importantes labores del desarrollo y la protección de la naturaleza.

 

En el extremo opuesto, una vez aislados y documentados los fragmentos de conocimiento útil, los engranajes del desarrollo pueden ponerse en marcha. La posible utilidad del conocimiento se convierte en el criterio que justificará todo esfuerzo por protegerlo. Una vez se atribuye utilidad a una unidad concreta de saber, esto es, una vez determinado el carácter verdadero de cierto conocimiento útil, éste puede ser objeto de ulteriores iniciativas. En tales casos puede utilizarse el poder de la maquinaria internacional de ayuda al desarrollo para otorgarle el sello de “conocimiento indígena”. La utilidad se convierte en requisito necesario para que puedan iniciarse los procedimientos de creación de verdad. El valor de uso, combinado con la validación científica, invoca el poder de la protección.

 

Llegados a este punto, sin embargo, debe surgir la legítima duda de si existe algo especialmente indígena en el saber sometido a ese proceso de saneamiento que está implícito en el tránsito desde la particularización hasta la generalización. En el momento mismo en que gracias a la aplicación de la ciencia queda demostrada la utilidad para el desarrollo del saber indígena, éste se ve, irónicamente, despojado de los rasgos específicos que podrían, aunque fuera en potencia, denotar su carácter indígena.

 

Los que abogan por la creación de bases de datos y catálogos de conocimiento indígena persiguen, según admiten ellos mismos, un doble objetivo: por un lado desarrollar la capacidad local de “captar” el saber indígena (Banco Mundial, 1998); por el otro crear mecanismos de difusión e intercambio de ese patrimonio. En lugar de ello, la creación de bases de datos para captar y divulgar el saber indígena induce efectos no por involuntarios menos sorprendentemente obvios. A continuación examino estos efectos en tres ámbitos distintos: el práctico, el epistemológico y el político.

 

Dimensión práctica

 

En su reciente obra Seeing Like a State, Scott (1998) expone de modo convincente los peligros del maridaje entre un Estado poderoso y un alto grado de voluntad modernizadora: con mucha frecuencia, cuando un Estado fuerte decide emprender proyectos de modernización aspira a rehacer el mundo a partir de una visión extremadamente simplista de una realidad compleja. Así, al ignorar un sinfín de imperceptibles pero importantísimos detalles, empieza a allanar el camino hacia el desastre.

 

Scott adapta este postulado central de su libro a lo que denomina saber práctico o metis. La tesis de Scott en favor del saber práctico es que su utilización fructífera depende del grado de conocimiento íntimo que quienes se sirven de él hayan obtenido aplicándolo en muchas situaciones sólo levemente distintas. Todo saber práctico, aunque consiste básicamente en aplicar un principio tácito o de uso corriente, resulta útil precisamente gracias a la experiencia derivada de su utilización.

 

Al aplicar de forma irreflexiva, estricta y académica un principio conocido de saber, hay grandes probabilidades de pasar por alto las muchas y pequeñas, casi imperceptibles, variaciones que resultan de un contexto en permanente evolución. Así, por ejemplo, los obreros de una fábrica, los operarios a cargo de máquinas antiguas, los médicos y cirujanos o los jornaleros, entre tantos otros, introducen sin cesar pequeños ajustes y cambios en los procedimientos que aplican para cumplir determinada tarea. En esos diminutos ajustes, fruto de la experiencia e imposibles de enunciar como principio, reside la diferencia entre el éxito y el fracaso de la labor emprendida por un profesional.

 

El argumento de Scott sobre la metis guarda relación con los procesos de particularización, validación (abstracción) y generalización que ponen en marcha los defensores del conocimiento indígena. No es difícil advertir que en el proceso de creación de bases de datos de conocimiento indígena se incurre precisamente en el error de despojar a ese fragmento concreto de saber del sinfín de detalles prácticos o contextuales que pueden ser capitales para inducir los efectos positivos que se le atribuyen.

 

El proceso de particularización prepara el conocimiento ligado a una práctica indígena concreta para su validación conforme a criterios científicos, pero a la vez restringe el estudio de los elementos del contexto que quizá den lugar a los supuestos efectos de dicha práctica. La eficacia de una base de datos depende de la homogeneidad de los elementos que la constituyen. Su organización en forma tabular implica que todos los ejemplos que se le incorporen habrán de contener información sobre las variables que sus creadores hayan considerado pertinentes. Además, es necesario que todos los ejemplos puedan ser descritos con exhaustividad y exactitud utilizando precisamente dichas variables.

 

Los creadores de una base de datos deben prever todos los aspectos importantes para dar información sobre una entidad concreta, de manera que los descriptores de la base sirvan para dar cuenta de todos los rasgos fundamentales de esa entidad. Aun antes de estudiar determinado fragmento de información sobre una práctica indígena, el creador de una base de datos debe ser capaz de dilucidar los factores de los que depende la eficacia de dicha práctica. Esta afirmación implícita de la objetividad de la estructura subyacente de la base de datos no difiere sustancialmente del “etnógrafo objetivo” del que hablaba Lévi-Strauss, caracterizado por razonar “a partir de conceptos válidos no sólo para un observador honesto y objetivo sino también para todos los observadores posibles” (1987).

 

Semejante nivel de concreción respecto de las prácticas indígenas podría funcionar si se aplicara a los aspectos más técnicos del conocimiento, aunque incluso en tal supuesto se impondrían ciertas reservas. Pero es innegable que la creación de bases de datos trae aparejada la discriminación de todas las formas de saber indígena que no encajen con los criterios de utilidad práctica y no puedan enunciarse en términos de relación causal directa. En este sentido, el efecto práctico de estas bases de datos es inexorablemente el de homogeneizar esa diversidad del saber que supuestamente caracteriza las formas de lo indígena.

 

 

 

Dimensión epistemológica

 

Los primeros estudios del saber indígena (o sus análogos como el saber local, práctico o tradicional) intentaban recalcar los aspectos que lo distinguían del saber científico (o sus análogos como el saber occidental, racional o moderno) de acuerdo con una serie de criterios relativos a la metodología o el contexto.

 

Hoy en día, sin embargo, la mayoría de los especialistas han acabado admitiendo que no hay criterios sencillos o universales que sirvan para distinguir entre el conocimiento indígena y el científico u occidental 13. Es fácil demostrar que cualquier intento de trazar una neta divisoria entre el saber indígena y el científico (atendiendo a criterios como los métodos, la epistemología, la dependencia del contexto o el contenido) está condenado en último término al fracaso (Agrawal, 1995).

 

Resulta en efecto bastante obvio que el uso de criterios científicos para delimitar y clasificar ciertas formas de saber como “conocimiento indígena” es una concesión a la idea de que la ciencia y lo que figura en la base de datos son directamente comparables. La detección de elementos científicamente válidos en el cúmulo de prácticas denominadas “indígenas” no es más ni menos que una actividad científica cualquiera. Pero no es científica porque vehicule algo intrínseca y obviamente verdadero sino porque se ajusta a los procedimientos por los que la ciencia se reproduce y atribuye a ciertos enunciados la categoría de “saber”.

 

En cuanto los defensores de los indígenas empiezan a crear una base de datos de saber indígena surge un problema: desaparece la diferencia misma entre ambos planos de conocimiento que están intentando generar y defender. Los que aspiran a mejorar la suerte de los desamparados y desposeídos acaban por acatar a los dictados de la ciencia, precisamente porque no se ocupan tanto de intereses y política como del conocimiento y su condición epistemológica. Esa preeminencia de lo epistemológico, sin embargo, tiene un precio.

 

El tiempo y lo indígena

 

En última instancia, el esfuerzo por documentar y después particularizar, validar (abstraer), generalizar y a la postre difundir el conocimiento indígena no sólo malinterpreta las características en las que supuestamente reside su carácter indígena sino que además actúa en su perjuicio. Pero el hecho de aplicar el mismo rasero al saber indígena y al científico esconde una profunda ironía, que se advierte plenamente si se recurre al concepto de “distanciación” que propone Fabian. Este autor postula que el discurso etnográfico “se basa en la interacción personal y prolongada con el Otro”, pero que el conocimiento etnográfico “construye al otro en términos de distancia espacial y temporal”, de manera que “su presencia empírica se transforma en ausencia teórica” (Fabian, 1983: xi).

 

Cabe hacer extensivo el argumento de Fabian a los estudios del saber indígena destinados a crear catálogos y bases de datos. El concepto de distanciación ayuda a poner en evidencia algunas de las premisas que justifican el uso de un espacio conceptual y clasificatorio tabular en el que queda encajado e inmovilizado el saber indígena. Tal concepto, además, ayuda a discernir los efectos políticos de la cientifización de ese saber.

 

 

Los métodos por los que el investigador aprende de primera mano sobre los indígenas exigen que ambas partes compartan no sólo un tiempo sino también una misma concepción del tiempo. Antes de convertirse en un objeto llamado “saber indígena”, el conocimiento sobre los indígenas proviene en primera instancia del trabajo de campo. El trabajo de escritura sobre la investigación transforma al “indígena” en categoría, cuya construcción no es tanto intersubjetiva como conceptual y teórica.

 

Tal movimiento conceptual y teórico, especialmente en el contexto del desarrollo y de la creación de bases de datos, responde al objetivo de construir al indígena atendiendo únicamente a su posible utilidad para el desarrollo, que en sí mismo es un proyecto encaminado a transformar la experiencia temporal de los pueblos indígenas afirmando la validez y conveniencia universal de una sola experiencia del tiempo: la que han vivido las sociedades catalogadas como desarrolladas.

 

La creación de bases de datos sobre el saber indígena postula también la universalidad de un tiempo físico en el que puedan ubicarse las prácticas de los pueblos indígenas. Dicho de otro modo: lo indígena y lo científico se establecen como realidades conmensurables negando la validez de las modalidades de experiencia del tiempo producidas culturalmente; o sea de los modos de compartir el tiempo y tener una experiencia de éste que subyacen a la conciencia generadora de los conocimientos y prácticas indígenas específicos.

 

Dimensión política

 

Aun cuando pudiera encontrarse una lógica científica dentro de lo indígena, aun cuando se demostrara que determinadas prácticas indígenas son verdaderas según los criterios de la ciencia, ello no redundaría necesariamente en beneficio de las personas de quienes se abstrae, cataloga y archiva ese conocimiento. La lógica instrumental de convertir lo indígena en científico puede sin duda fomentar la idea de que merece la pena conservar el conocimiento indígena.

 

Sin embargo, la consolidación de esa idea será de poca utilidad para modificar las relaciones de poder que se instituyen entre distintos grupos sociales, considerando especialmente que son esas mismas relaciones las que ante todo determinaron cambios sociales desventajosos para los grupos indígenas. El argumento de que una vez que se comprenda el valor del saber indígena se intensificará el flujo de recursos y poder hacia las poblaciones indígenas presenta lagunas muy evidentes.

 

Por su mismo intento, al atenerse a una lógica instrumental del desarrollo, los defensores del conocimiento indígena evidencian que los pueblos indígenas y el conocimiento que atesoran no forman forzosamente una unidad. Mediante el proceso de cientifización (particularización, validación –abstracción- y generalización) se concreta en la práctica la posibilidad de distinguir entre conocimiento indígena “útil” e “inútil”.

 

Si el interés por el saber de los pueblos indígenas se justifica por su utilidad, los procedimientos que discriminan el saber útil del inútil cumplen el triste cometido de condenar al olvido los conocimientos desprovistos de utilidad. Una vez separado de sus depositarios y salvaguardado el conocimiento, no hay grandes motivos para prestar especial atención a los propios pueblos indígenas.

 

Los esfuerzos por documentar y dar carácter científico a los conocimientos indígenas pueden resultar por lo tanto doblemente desafortunados. Por un lado absorben recursos que podrían destinarse al importantísimo objetivo político de transformar las relaciones de poder. Por otro lado ofrecen a los agentes sociales más poderosos un medio para apropiarse de conocimientos indígenas útiles. A falta de un esfuerzo real por modificar las relaciones de poder que definen la interacción entre distintos grupos sociales, es posible estudiar a los grupos más débiles que supuestamente poseen conocimientos valiosos y, una vez transferido ese saber al dominio público, refinarlo y privatizarlo gracias al sistema actual de derechos de patente y propiedad intelectual.

 

Maniatados por relaciones de poder desequilibradas y por las condiciones de suma pobreza en las que viven, poco podrán hacer esos grupos más pobres y débiles para resistirse a semejante apropiación. La historia del colonialismo, pródiga en ejemplos de transacciones desiguales, debería ponernos en guardia contra el fácil pero falaz consuelo de que el fuerte, al entrar en contacto con grupos más débiles que poseen algo valioso, favorecerá los intereses del débil.

 

Aun suponiendo que limitáramos nuestro ámbito de observación al papel que desempeña el conocimiento indígena en el desarrollo (léase: el desarrollo de quienes en principio detentan ese conocimiento), la cuestión del poder, de la forma en que se ejerce y de los efectos que genera debe seguir ocupando un lugar central. Los argumentos que los propios estudiosos de la indigeneidad y el saber indígena ofrecen en defensa de su empresa demuestran que los poseedores del conocimiento indígena nunca han tenido mucho control sobre el uso que se hacía de él.

 

En su mayoría, los pueblos indígenas se han opuesto en núcleos localizados de resistencia a los efectos de poder suscitados por los que poseen y aplican el saber científico, entre ellos los creadores de bases de datos y los recopiladores de prácticas idóneas. En este sentido, cabe distinguir entre distintas formas de conocimiento según la dinámica institucional concreta en que se inscriban, que a su vez será fruto de relaciones diferenciadas de poder y de su ejercicio.

 

Si la fuerza del conocimiento reside en la polivalencia de su aplicación, los esfuerzos por amortajarlo en una estructura clasificatoria y taxonómica no pueden ayudar más que a separar el conocimiento de su praxis y del poder. En último término, la ironía que encierra la cientifización del conocimiento indígena viene dada por una relación determinada entre desarrollo, ciencia y poder. El desarrollo se fundamenta en el presuntuoso supuesto de que el saber científico puede ayudar a transformar los procesos sociales.

 

Dado que la actual atención que recibe el conocimiento indígena encuentra justificación en su pretendida utilidad de cara al desarrollo o alguna otra gran aspiración social de esta índole, es inevitable que se invoquen los criterios científicos de producción del saber a la hora de crear conocimiento indígena. Una vez demostrada su validez según esos criterios, el saber indígena podrá aplicarse a la consecución del desarrollo, siguiendo líneas de trabajo que probablemente minarán las propias condiciones que han facilitado la existencia y perpetuación de los pueblos indígenas.

 

Conclusiones

 

Los argumentos expuestos en este artículo no pretenden insinuar que exista necesariamente un estado puro en el que vivan, y aún menos deban vivir, los indígenas. Se trata más bien de poner de manifiesto la imposibilidad de escapar a una particular lógica instrumental de la ciencia y el desarrollo tan pronto como se empieza a “descubrir” e inscribir el significado del conocimiento indígena en el contexto del desarrollo.

 

Este artículo destaca asimismo algunos de los peligros asociados al hecho de privilegiar el saber en detrimento de la gente y de su contexto político y social. Para que las investigaciones sobre el conocimiento indígena redunden en beneficio de los pobres y los marginados, es importante poner de manifiesto las instituciones y prácticas que emanan de distintas formas de conocimiento. Para entender cabalmente la intervención del poder en el debate sobre el saber indígena no basta con examinar los puntos en que distintas formas de conocimiento conectan con los nodos del poder.

 

También es preciso plantearse de qué manera el conocimiento indígena resulta necesario para el desarrollo. En este sentido, la intuición nietzscheana de Foucault es fundamental: “el conocimiento no se obtiene previa e independientemente” de los usos a que será destinado para conquistar el poder (Hoy, 1986: 129).

 

En el caso del conocimiento indígena, debemos reflexionar sobre el modo en que su supuesto vínculo con el desarrollo conduce a sus defensores a destacar una serie de prácticas que convierten el conocimiento indígena en instrumento del progreso científico, el desarrollo y las instituciones que reivindican el control tanto del desarrollo como del conocimiento necesario para desarrollar.

 

Al criticar el carácter utópico de algunas tentativas de fortalecer la posición de los indígenas con respecto a los demás, insisto en la necesidad de no olvidar nunca los mecanismos de poder. A falta de una atención explícita y permanente al modo en que el poder configura el conocimiento, seguirá siendo imposible trabajar en pro de los intereses de los indígenas y otros pueblos marginados. Pero prestar atención a esos mecanismos exigiría que la creación de bases de datos no fuera sino una de las muchas armas del arsenal de los defensores del conocimiento indígena. Simultáneamente tendrían que actuar en otras líneas, entre ellas ejercer presión sobre los gobiernos, cuestionar la ciencia, apoyar con recursos la aparición de procesos de decisión más independientes entre los pueblos indígenas, y movilizar y organizar a estos pueblos.

 

 

 

Traducido del inglés

 

Agradecimientos

 

Quisiera expresar mi gratitud a Rebecca Hardin, Ajay Skaria y Shiney Varghese por los comentarios y correcciones propuestos en nuestras conversaciones sobre algunas de las ideas expresadas en este artículo.

 

Notas

 

1. Véase por ejemplo el estudio de esta cuestión en Brown (1985) y las reacciones que suscitó.

2. Basta un somero examen de los artículos más recientes sobre el conocimiento indígena para comprobar la validez de esta afirmación. Esos artículos indagan en el conocimiento indígena y justifican el interés de la cuestión por la relación que se ha postulado entre el saber indígena y la dimensión política del desarrollo sostenible. Incluso textos más críticos al respecto se justifican invocando este vínculo primero (Agrawal, 1995).

3. En Brus y Stabinsky (1996), Chambers, Pacey y Thrupp (1989) y Warren, Slikkerveer y Brokensha (1995) pueden encontrarse algunos artículos recientes de esos especialistas.

4. Para un detenido estudio de términos como comunidad, local o subalterno, básicos en los textos actuales sobre medio ambiente y desarrollo, véanse Li (1996), Moore (1998), Raffles (1999) y Sivaramakrishnan (1996).

5. Por lo demás, especialistas en propiedad colectiva, descentralización, gestión de recursos o servicios sociales, entre otros muchos temas, han recurrido también a la creación de bases de datos para documentar ejemplos concretos registrando sus características comunes.

6. Véase Warren (1996).

7. Estas siglas corresponden a sendas organizaciones: la Organización Neerlandesa para la Cooperación Internacional en la Enseñanza Superior (NUFFIC) y el Centro de Investigación Internacional y Redes de Asesoramiento (CIRAN). La iniciativa específica sobre conocimiento indígena que han emprendido es parecida a la de “Pobreza y exclusión social” del Programa de Gestión de las Transformaciones Sociales (MOST) de la UNESCO. Véase http://www.unesco.org/most/welcome.htm (sitio consultado el 19 de noviembre de 2001).

8. Para más información sobre las actividades de la NUFFIC y el CIRAN relativas al conocimiento indígena, véase http://www.nuffic.nl/ik-pages/index.html.

9. Véase http://www.worldbank.org/afr/ik/data.htm (sitio consultado el 18 de noviembre de 2001).

10. Habida cuenta de la abundancia de sitios Web de esta índole, no cabe sino dar una somera idea del amplio repertorio que está a disposición de quien se interese, aunque sea episódicamente, por el conocimiento indígena. A modo de ejemplo véanse las direcciones: http://www.idrc.org, http://www.conservation.org y http://www.ipgri.cgiar.org.

11. Véase http://www.umd.umich.edu/cgi-bin/herb (sitio consultado el 18 de noviembre de 2001). Esta página Web ha recibido más de 171.000 consultas en menos de 2 años y medio, concretamente desde agosto de 1999.

12. Para más información sobre los diversos usos de la margosa, véase http://www.neemfoundation.org (sitio consultado el 25 de noviembre de 2001).

13. Los artículos contenidos en Ellen et al. (2000) ofrecen sorprendentes pruebas de este consenso en los textos más relevantes sobre el conocimiento indígena.

 

 

 

 

 

 

Referencias

 

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Banco Mundial en cooperación con CIRAN/NUFFIC y la CEPA, el CISDA, el IDRC, la OMS, la OMPI, el PNUD, SANGONet y la UNESCO. http://www.worldbank.org/html/aft/IK (sitio consultado el 19 de noviembre de 2001).

 

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Fuente: Revista Internacional de Ciencias Sociales, No. 173. 2002. Publicación a cargo de la UNESCO.

 

 http://www.unesco.org/issj/rics173/Fulltext173spacomp.pdf