AUTORITARISMO
I. Autoridad y autoritarismo
Por autoritarismo se entiende, en
general, una autoridad opresiva que aplasta la libertad e impide la crítica.
El concepto de autoridad, así como los conceptos
afines a los que se asocia frecuentemente –poder, influencia, liderazgo–
se emplea en diversos sentidos en el campo de la filosofía política y de las ciencias
sociales. Tal diversidad se debe, en parte, a la ubicuidad del fenómeno. Desde
el punto de vista de su origen, el término autoridad es una vieja palabra
latina (auctoritas, sinónimo de poder legítimo y no de fuerza
coactiva) unida al verbo augere, aumentar, y no ha
sido un término peyorativo, contrariamente al vocablo autoritarismo, utilizado hoy
en forma despectiva1.
En el campo político, el adjetivo “autoritario” y
el sustantivo “autoritarismo” que deriva de
él se emplean en tres contextos: la estructura de los sistemas políticos, las
disposiciones psicológicas relacionadas con el poder y las ideologías políticas. En la
tipología de los sistemas políticos, se suele
llamar autoritarios a los regímenes que privilegian el aspecto del mando y
menosprecian el consenso. En sentido psicológico, se habla de personalidad
autoritaria para indicar un tipo de personalidad centrada en la disposición a
la obediencia ciega a los superiores y al trato arrogante con los inferiores
jerárquicos o a los que están privados de poder. En cuanto a las
ideologías autoritarias, son aquellas que niegan de manera decidida la igualdad
entre los hombres, hacen énfasis en el principio jerárquico y exaltan a menudo
algunos elementos de la personalidad autoritaria como si fueran virtudes. Desde
el punto de vista de los valores democráticos, el autoritarismo es una
manifestación degenerativa de la autoridad, mientras que desde el punto de
vista de una orientación autoritaria, el igualitarismo democrático es el que no
es capaz de producir la “verdadera” autoridad.2
El término autoritarismo surgió después
de la Primera Guerra Mundial y es uno de los conceptos que como el de dictadura
y totalitarismo se han
utilizado en oposición al de democracia. Sin embargo, los
confines de dichos conceptos son poco claros y a menudo inestables en relación
con los diversos contextos. Con respecto a los regímenes políticos, el vocablo autoritarismo se utiliza con
dos significados: el primero comprende los sistemas no democráticos, incluyendo
los totalitarismos; el segundo, más específico, se antepone al totalitarismo y comprende los
sistemas no democráticos caracterizados por un bajo grado de movilización y de
penetración de la sociedad. Este último significado se vincula, en parte, a la
noción de ideología autoritaria.
La aplicación más amplia del significado de autoritarismo se encuentra en
los estudios sobre la personalidad y las actitudes autoritarias. El autoritarismo como ideología
enfatiza que la autoridad debería reconocerse y ejercerse mediante la fuerza y
la coacción3. Esta
actitud ha preocupado a los científicos sociales que han abordado el problema
intentando encontrar un fundamento o explicación en los individuos. Autores
como Fromm, Erikson y Reich se preocuparon por el tema. En concreto, el primero plantea
que es en la ambivalencia respecto a la libertad y el deseo, a menudo
inconsciente, de escapar a las cargas que conllevan, donde radica la
susceptibilidad del individuo a la propaganda totalitaria; el “miedo a la
libertad” se convierte en el fundamento del individuo autoritario.
En el campo de la psicología el texto fundamental
sigue siendo la investigación de Adorno, Frenkel- Brunnswick, Levinson y Sandford4 quienes, después de la Segunda Guerra Mundial, focalizaron su atención en la personalidad autoritaria,
desarrollando un punto de vista que se ha convertido en la piedra angular de
las relaciones entre personalidad y política.
Se ha asociado el autoritarismo al
conservadurismo pero autores como Kreml5 han establecido que no todos aquellos que poseen
creencias conservadoras han de ser necesariamente autoritarios desde un punto
de vista del comportamiento.
Desde la perspectiva sociológica, el enfoque
eminentemente psicoanalítico de Adorno y sus colaboradores ha sido fuertemente
criticado con base en el argumento de que una interpretación más completa del
tipo de la personalidad autoritaria requiere una consideración exhaustiva del
ambiente social, de las distintas situaciones y de los diversos grupos que pueden
influir en la personalidad, ya que muchos factores de la personalidad pueden no
ser más que efecto de condiciones sociales específicas. En otros términos, los
rasgos de la personalidad autoritaria se relacionan también con determinadas
concepciones de la realidad que predominan en ciertas culturas o subculturas que son interiorizadas por el individuo a
través del proceso de socialización y que corresponden a las condiciones de
vida en dicho ambiente social.
Desde la perspectiva sociológica se destaca la tesis
del “autoritarismo de la clase
trabajadora” de Seymour M. Lipset,
quien no niega la existencia de tendencias autoritarias en las clases altas y
medias pero sostiene que en la sociedad moderna las clases más bajas, por las
condiciones en que se desenvuelven, relativamente marginadas de las decisiones
importantes, se han convertido en la mayor reserva de actitudes autoritarias,
de comportamientos que se refieren a una disposición psicológica autoritaria.6
El problema del orden es un problema general de
cualquier sistema
político y como tal no es
monopolio del pensamiento autoritario. De hecho, toda estructura social se
mantiene en virtud de la operación de controles sociales, es decir, por la
existencia de normas y pautas institucionales que rigen la interacción de los
individuos y los grupos. Dichos controles permiten la aceptación de las
diferencias jerárquicas y operan tanto más intensamente cuanto más empinada es
la estratificación social. Sin embargo, el pensamiento autoritario no se limita
a propugnar una organización jerárquica de la sociedad sino que convierte a
dicha organización en el principio político exclusivo para conseguir el orden.
Las doctrinas autoritarias descansan en el principio de la desigualdad y elevan
el problema del orden al pináculo de los valores políticos. Para la doctrina
autoritaria, la organización jerárquica de la sociedad encuentra su propia
justificación en sí misma y su validez es perenne.
El pensamiento autoritario moderno surgió como una
reacción contra la ideología liberal y democrática y su expresión más clara y
coherente fue la doctrina contrarrevolucionaria de Maistre
y de Bonald quienes contrapusieron al racionalismo
ilustrado un irracionalismo radical, a la idea de progreso la de la tradición y
a la tesis de la soberanía popular la de que
todo poder viene de Dios. Más
tarde, con el avance de la sociedad industrial y urbana, el autoritarismo ha tratado de
responder a la problemática socialista y ha buscado justificaciones en épocas
de crisis o en situaciones de extremo subdesarrollo y de deficiente cultura
cívica.
II. Regímenes autoritarios
En un sentido muy general se habla de regímenes
autoritarios para indicar toda clase de regímenes antidemocráticos, pero en la
clasificación de los regímenes políticos
contemporáneos el concepto de autoritarismo se reserva a un
tipo particular de sistema antidemocrático. En este sentido, se distingue entre
autoritarismo y totalitarismo.
Juan Linz, quien es uno de los autores que más ha
contribuido a precisar la distinción entre autoritarismo y totalitarismo en los sistemas políticos
contemporáneos ha propuesto la siguiente definición: “Los regímenes
autoritarios son sistemas políticos con un pluralismo político limitado
y no responsable; sin una ideología elaborada y propulsiva
(sino con las mentalidades características); sin una movilización política
intensa o vasta (excepto en algunos momentos de su desarrollo), y en los que un
jefe (o tal vez un pequeño grupo) ejerce el poder dentro de límites que
formalmente están mal definidos pero que de hecho son fácilmente previsibles”7. De esta definición se desprende que los
regímenes autoritarios se desarrollan en contextos en los cuales corre una
marcada línea divisoria entre el Estado y la sociedad.
Como lo anota Stoppino8, se ha argumentado que el grado relativamente
moderado de penetración en el contexto social de los regímenes autoritarios
corre en paralelo con el atraso más o menos marcado de la estructura económica
y social. Pero también se ha destacado que, en este contexto, la élite gubernamental puede desempeñar dos papeles distintos:
puede reforzar el modesto grado de penetración del sistema político, eligiendo
deliberadamente una política de movilización limitada, o bien, puede elegir una
política de movilización acentuada que encuentra sus límites en las condiciones
del entorno. Con base en el distinto modo de responder a las circunstancias, Almond y Powell distinguen, en el
ámbito de los regímenes autoritarios, entre regímenes autoritarios de tipo
conservador, regímenes autoritarios en vías de modernización y regímenes
autoritarios premovilizados. Los primeros surgen en sistemas políticos
tradicionales afectados por una parcial modernización y tienden a limitar la
destrucción del orden tradicional recurriendo a algunas técnicas modernas de
organización del poder como la propaganda. Los
regímenes autoritarios en vías de modernización surgen en sociedades que se
caracterizan por una modernización débil y obstaculizada por graves
estrangulamientos sociales que tienden a reforzar el poder político para superar
los cuellos de botella. Las dificultades que encuentra la élite
gobernante son mayores en los regímenes autoritarios premovilizados, ya que el
ambiente que los caracteriza corresponde al de una sociedad casi enteramente
tradicional, tanto por la estructura social como por la cultura política.9
Juan Linz, quien ha propuesto una tipología de los
regímenes autoritarios contemporáneos más minuciosa que la de Almond y Powell, distingue cinco
formas principales y dos secundarias. En primer lugar, los regímenes
autoritarios burocrático militares, caracterizados por una coalición
guiada por oficiales y burócratas y por un bajo nivel de participación política. A
menudo dicho régimen se apoya en un partido único; a veces, tolera cierto pluralismo partidista pero
sin competencias libres. Según Linz, se trata del tipo de autoritarismo más difundido
en el siglo XX, particularmente en América Latina. En segundo lugar, los
regímenes autoritarios de estatalismo orgánico que se caracterizan por un
ordenamiento jerárquico de una pluralidad de grupos que representan diversos
intereses y categorías económicas y sociales de carácter corporativo. El
ejemplo típico de este tipo de régimen es el Estado Nôvo
portugués. El tercer tipo es el régimen autoritario de movilización en países
posdemocráticos el cual se distingue por un grado relativamente alto de
movilización política basada en un partido único y un grado relativamente bajo
de pluralismo político
consentido. Corresponden a este tipo la mayor parte de los regímenes fascistas.
En cuarto lugar, los regímenes autoritarios de movilización posindependencia
que son el resultado de la lucha anticolonial, especialmente difundidos en el
continente africano. La quinta forma principal de régimen autoritario
corresponde a los regímenes autoritarios postotalitarios
representados por los países comunistas después del proceso de desestalinización. A los cinco tipos mencionados, Linz
añade el caso del totalitarismo imperfecto, que
constituye por lo común una fase transitoria de un sistema político detenido y
que tiende a transformarse en algún otro tipo de régimen autoritario, y el
régimen de la llamada democracia racial en la que
un grupo racial que se gobierna en su seno con un sistema democrático ejerce,
sin embargo, un dominio autoritario sobre otro grupo racial que representa la
mayoría de la población.10
Los regímenes autoritarios son opresivos y se ha
argumentado que la represión es típica de países de escaso desarrollo y que con
el crecimiento económico se hace más posible la democracia.11 Sin embargo, la experiencia histórica
latinoamericana - y de otros lados del mundo- parece señalar algunas tendencias
opuestas, según las cuales ciertos incrementos de desarrollo económico más bien
agudizan las tensiones, pues aumentan las aspiraciones más que las
gratificaciones económicas, con el consecuente incremento de la predisposición
a la violencia o a la represión. Inciden en esta posibilidad el tipo dominante
de liderazgo político, la cultura política y el grado
de concentración del poder. Es así como, por
ejemplo, las estructuras de tipo caudillista son proclives al autoritarismo, por cuanto en
ellas los liderazgos intermedios son, en general, muy débiles y actúan más como
eslabones de comando que como partícipes en una dirección asociada, colectiva.
El autoritarismo, en suma, se
asocia a la concentración y la centralización del poder y de los controles
sociales. Cuando los mecanismos de control social se centralizan
geográficamente, se reprimen las formas organizativas independientes y
predomina el Ejecutivo sobre un Legislativo débil o inexistente, el autoritarismo adopta su
máximo valor, denominado cesarismo.
III. El autoritarismo en América
Latina
El poder centralizador y
generador de consensos forzados está presente en todas las experiencias
históricas de construcción de nacionalidad y de proyectos de crecimiento
económico. No obstante, el autoritarismo puede ser tanto
el resultado de gobiernos arbitrarios que gobiernan por la fuerza, sin
restricciones institucionales o legales, como el resultado de gobiernos
débiles, incapaces de mantener el orden y la ley y de desempeñar las funciones
reguladoras que exige la economía.
En muchos países, particularmente en los
latinoamericanos, la gran heterogeneidad de sus respectivas estructuras
sociales y la no correspondencia entre sus diferentes requisitos de
reproducción han producido un déficit de hegemonía o, si se prefiere, una
ausencia de objetivos nacionales suficientemente integradores, cubierto o
compensado por tendencias autoritarias. De hecho, la centralidad del Estado en
los países periféricos o semiperiféricos se
diferencia de la de los Estados de los países centrales por ser más autoritaria
y menos hegemónica, lo que le confiere a la forma de poder del Estado marcadas
peculiaridades como el clientelismo, el nepotismo y
la corrupción que, al contrario de lo que pasa en los países centrales, no
corresponden a influencias ejercidas sobre el Estado y su acción sino a la
configuración interna del propio poder de Estado.
En países en desarrollo se da a menudo una
combinación explosiva: la combinación de una apreciable capacidad de ejercer
presión desde los más diversos sectores, escasez relativa de recursos y pocos
criterios de legitimidad acerca de las
formas de realizar la repartición de los ingresos. Dicha situación conduce a
situaciones de ingobernabilidad democrática y a un incremento de tendencias
autoritarias que en ocasiones, tal es el caso de América Latina, hacen eco a
una historia marcada por la existencia de caudillos regionales y militares,
destructores de la unidad nacional. Estas formas de autoritarismo han estado
asociadas en América Latina a sociedades en las que predomina la hacienda y la
economía de exportación minera o agraria.
Distinto es el tipo de autoritarismo que se
desarrolla en contextos de cambio social acelerado. Guillermo O’Donnell ha
estudiado la proliferación de regímenes autoritarios en América Latina,
justamente en aquellos países más avanzados en el proceso de industrialización.
De acuerdo con O’Donnell, en condiciones de alta modernización y aún no
profundizada industrialización, es muy difícil que se mantenga un régimen
democrático, por las presiones de lo que Huntington
ha llamado el pretorianismo de masas.12 De acuerdo con el planteamiento de O’Donnell, ante
la acción política proveniente de sectores populares, los sectores
empresariales y tecnocráticos demandan una solución
autoritaria. Dicha actitud, acompañada por los militares, resultaría de dos
componentes: en primer lugar, del convencimiento de que el autoritarismo es necesario
para alinderar a los múltiples demandantes de prebendas, incluidos los
sindicalistas y, en segundo lugar, la percepción de que la continuada activación
política popular representa una amenaza para el orden social dominante.13 Dichos regímenes burocrático militares que
caracterizaron al Cono Sur de América en los años 60 y 70 son diferentes de las
viejas formas de dominación del caudillo, ya fuera civil o militar. En ellos,
las fuerzas armadas no se tomaron el poder para mantener en él a
un dictador sino para reorganizar la nación de acuerdo con la ideología de la
“seguridad nacional” de la doctrina militar propia de la guerra fría.
Los regímenes burocrático militares organizaron y
centralizaron las relaciones de poder a favor del ejecutivo
con base en una racionalidad que exigía el reforzamiento de un cuerpo
burocrático de técnicos, especialmente en el campo económico, y expresaba la
voluntad política de las fuerzas armadas como institución. En este marco, las
vinculaciones entre el régimen burocrático autoritario y la sociedad civil se
logran mediante la cooptación de individuos e intereses privados en el sistema.14
En el umbral del siglo XXI, la generalización del
modelo de partido “atrapa todo” y el debilitamiento de las identidades
partidistas se han traducido en un creciente pragmatismo de las actividades
partidistas lo que ha abierto las puertas a juicios, evaluaciones y actividades
de corto plazo, cada vez más concentrados en jefes o dirigentes carismáticos y,
con ellos, a expresiones autoritarias de nuevo cuño que se apoyan en el manejo
de la imagen y los medios de comunicación masiva.
Vocablos de referencia:
Democracia
Ideología política
Liderazgo político
Poder
Totalitarismo
Bibliografía:
Almond, G.A., y Powell G.B.: Política Comparada, Paidós, Buenos Aires, 1966.
Adorno, T.W.; Frenkel Brunswick,
E.; Levinson, D.J.; Sandford, R.N.: La personalidad autoritaria, Paidós, Buenos Aires, 1965.
Bobbio, N.: Diccionario
de Política, Siglo XXI, México,
1997.
Collier, D.: El
Nuevo Autoritarismo en América Latina, Fondo de Cultura Económica, México,
1985.
Huntington, S.: El
Orden Político en las Sociedades en Cambio, Paidós,
Buenos Aires, 1990.
Kool, V. K. Y Ray, J.J.: Authoritarianism
Across Cultures,
Kreml, W.P.: The Anti-Authoritarian
Personality,
Lipset, S.M.: El hombre político, Eudeba,
Buenos Aires, 1960.
__________: “Algunos
requisitos sociales de la democracia: desarrollo económico y legitimidad política” en G. Almond
et. al., Diez textos básicos de Ciencia
Política, Ariel, Barcelona, 1959.
O’Donnell, G.: Modernización y Autoritarismo, Paidós, México, 1982.
O’Donnell G. y Schmitter Ph.: Transiciones desde un Gobierno Autoritario,
Paidós, Barcelona, 1994.
Sartori, G.: Teoría
de la democracia, REI, Buenos Aires, 1987.
Stoppino, M.: “Autoritarismo” en N. Bobbio
et.al., Diccionario
de Política, Siglo XXI, México, 1997.
Rubén SÁNCHEZ DAVID
NOTAS
1 Sartori,
G.: Teoría de la Democracia, Buenos
Aires,, REI, 1988. P. 229.
2 Stoppino, M.: “Autoritarismo” en Bobbio N., et al., Diccionario de Política, México, Siglo XXI, 1997. P 125.
3 Kool, V.K., y Ray, J.J.: Authoritarianism Across Cultures, Himalaya Publishing House, 1983.
4 Adorno, T.W.,
et.al.: La Personalidad Autoritaria, Buenos
Aires, Paidós, 1950.
5 Kreml, W.P.: The Anti-Authoritarian Personality, Oxford, Pergamon Press,1977.
6 Lipset,
S.M.: El Hombre
Político, Buenos Aires Eudeba, 1960.
7 Linz, J.:
“Totalitarian and authoritarian regimes” en Greenstein F. I..
y Polsby N.W., (comps.) Handbook of
Political Science,
8 Stoppino, M., op.cit., p.
9 Almond.
G.A., y Powell G.B.: Política
Comparada, Buenos Aires, Paidós, 1966.
10 Linz. J., op.cit.
11 Lipset,
S.M.: “Algunos requisitos sociales de la democracia:
desarrollo económico y legitimidad política”, en Almond
G. et al. Diez Textos Básicos de Ciencia
Política, Barcelona, Ariel, 1992.
12 Huntington,
S.: El Orden Político en las Sociedades
en Cambio, Buenos Aires, Paidós, 1990.
13 O’Donnell, G.: 1982, Modernización y Autoritarismo, México,
Paidós, 1982.
14 Cardoso, F.H.: “Sobre la caracterización de los regímenes
autoritarios en América Latina” en Collier D.: El Nuevo Autoritarismo en América Latina,
Fondo de Cultura Económica, México, 1985.