CONSOLIDACIÓN DE LA DEMOCRACIA

 

 

I.  Concepto

 

A.   Su contexto de significación

 

Para una adecuada comprensión del significado de este concepto y del campo temático en el que se inscribe hay dos cuestiones que deben ser precisadas previamente. La primera remite a la siguiente pregunta: cuando hablamos de consolidación de la democracia, ¿de cuál democracia es que se está hablando? La segunda de las cuestiones es esta: ¿cuál es el contexto histórico dentro del cual ha emergido el concepto de “consolidación de la democracia”, contexto que es el que le ha venido otorgando sentido y pertinencia?

 

En relación con la primera de ellas, lo que corresponde advertir es que se trata de la democracia política, más específicamente, de la democracia representativa, es decir, que cuando se plantea la consolidación de una democracia de lo que se está hablando es de la posibilidad de que en una determinada sociedad que cuenta con un régimen político de democracia representativa, sea éste el que logre consolidarse. Y aquí a la democracia representativa se la entiende a la manera como ha quedado conceptualizada bajo el linaje teórico inaugurado por Joseph Schumpeter (1883-1950) en el célebre capítulo XXII de su clásico libro Capitalismo, socialismo y democracia publicado en la última década de su vida1. Se trata de la democracia como procedimiento, como una modalidad institucional para resolver civilizadamente el problema crucial que confronta toda colectividad organizada: el problema del poder del Estado, de quién se hace cargo de él. Democracia cuya institución capital son las elecciones como el recurso al que se apela para hacer posible por medio de ellas una competencia pacífica por los votos de los electores entre al menos dos élites políticas rivales, tras las cuales aquella élite que se alce con la mayoría del caso se encargará de disponer de ese poder del Estado por un periodo limitado y previamente fijado, adoptando en nombre del conjunto de los ciudadanos las decisiones fundamentales concernientes a la vida colectiva de esa sociedad. Democracia a cuyo funcionamiento le es consubstancial el ejercicio de al menos ese conjunto de libertades que el progreso de la conciencia moral de la humanidad fechó a partir de la emergencia del Estado liberal: la libertad de expresar públicamente las opiniones sin temor a ser reprimido, la libertad de reunirse y de asociarse con otros para actuar en la arena pública, la libertad de disentir y de oponerse pacíficamente al poder del Estado mediante las vías legalmente establecidas. En suma, la democracia tal cual se la concibe dentro de esa filiación teórica que a partir de Schumpeter ha desarrollado un caudal de conocimientos con autores como Robert Dahl, Norberto Bobbio y Giovanni Sartori entre sus principales contribuyentes y que hoy continúa profundizándose, tanto teórica como empíricamente.

 

En cuanto a la segunda de las cuestiones mencionadas, la del contexto histórico, es ineludible asociar la aparición y el protagonismo del concepto de “consolidación de la democracia” con ese proceso histórico que Samuel Huntington ha descrito y denominado como “la tercera ola democratizadora”. En su estudio comprensivo de las grandes etapas en la historia contemporánea por las que ha atravesado la introducción de la democracia como régimen político y su tendencia a expandirse en el conjunto de las sociedades, titulado La tercera ola. La democratización a finales del siglo XX2, este autor identificó tres olas democratizadoras y dos olas en sentido inverso. En las primeras, un mayor número de países transitan desde los regímenes autoritarios hacia uno democrático en relación con la cantidad de naciones que desde la democracia experimentan un retorno al autoritarismo, dando por resultado este proceso un valor neto favorable a la democratización. En las segundas, la evolución a partir de la democracia y en dirección al autoritarismo ocurre en un mayor número de sociedades que en aquellas que se democratizan a partir de regímenes autoritarios, lo cual se concreta en un saldo favorable al autoritarismo y en detrimento de la democratización. Las olas democratizadoras fueron registradas por este autor así: 1828-1926, la inicial; 1943-1962, la segunda; y la tercera es aquella que se inició en 1974 y que habría venido perdiendo dinamismo durante la última década del siglo XX, sin que pueda afirmarse, no obstante, que en la actualidad nos encontraríamos al comienzo de una tercera ola en sentido inverso. Las dos olas en dirección contraria a la democratización o contraolas corresponden al periodo 1922-1942, la primera de ellas, y a 1958-1975, la segunda, sin que pueda descartarse en modo alguno la posibilidad de una tercera en el futuro aunque por el momento no haya indicios suyos. Algo importante de resaltar en esta periodización es la constatación, como tendencia de largo plazo, de que con cada nueva ola democratizadora el número total de Estados con regímenes políticos de democracia representativa se incrementa3. De hecho, a finales del siglo pasado se estimaba que las naciones que disponían de la democracia política eran alrededor del 65% del total de Estados contabilizados en ese momento.

 

Algunos de los eventos históricos de la tercera ola democratizadora que conviene aquí recordar son estos. Comenzó en el sur de Europa con la caída en abril de 1974 de los restos de la larga dictadura de Salazar en Portugal en lo que se conoció como “la revolución de los claveles”, a lo que siguió el derrocamiento de los militares al frente del Estado en Grecia en ese mismo año y la llegada al poder de Karamanlis, tras lo cual con la muerte de Francisco Franco Bahamonde en noviembre de 1975 en España se aceleró la transición hacia la democracia en este país y se concluyeron así los hitos iniciales de este periodo. Desde el sur europeo anhelante de la modernización política, la tercera ola se extendió por gran parte de la América Latina a finales de los años setentas y los siguientes dos lustros: calificada como “década perdida” para el desarrollo de la región desde el punto de vista económico, no podría sostenerse lo mismo en el ámbito de la política en la medida en que la democracia fue retornando a numerosos países4, algunos de los cuales dejaron atrás los denominados por O´Donnell como “regímenes burocrático-autoritarios”5. En Asia, sobresalió la conclusión de la dictadura de Marcos en Filipinas y la aceleración por fin de la transición a la democracia en Taiwan a partir de 1986, en un proceso que se consideraba como el desiderátum de la extraordinaria modernización económica y social experimentada por ese país en los anteriores treinta años. Aunque en el Medio Oriente y en el continente africano la extensión de este régimen político fue muy moderada, la gran sorpresa dentro de esta tercera ola democratizadora resultó la expansión acelerada de la democracia en el este de Europa, en los países socialistas, con una pujanza y prontitud insospechadas6.  

 

Pues bien, ha sido en el marco de este contexto histórico en el que la preocupación y el interés, tanto político como académico, por comprender mucho mejor los procesos de transición a la democracia y su ulterior dinámica, es decir, la eventual consolidación, inestabilidad o crisis de este régimen político, lo que ha generado el protagonismo de estas dos nociones, un par conceptual que marchan de la mano: los términos “transición a la democracia” y “consolidación de la democracia”. Más recientemente, empero, ha venido emergiendo un tercero que sin embargo hay que diferenciar claramente de los precedentes: el de “calidad de la democracia”.

 

B.   Significados fundamentales

 

Las dos contribuciones teóricas más importantes a la aclaración del concepto de “consolidación de la democracia” las produjeron Leonardo Morlino y Juan Linz en la segunda mitad de la década de los años ochentas del siglo XX. Desde entonces el debate ha sido prolífico, los aportes y desarrollos ulteriores han enriquecido la comprensión de este tema extraordinariamente complejo y políticamente fundamental en la hora actual de la tercera ola democratizadora, pero la referencia a estas contribuciones iniciales sigue siendo básica e ineludible.

 

La definición de Morlino dice así: se trata del “proceso de reforzamiento, afirmación, robustecimiento del sistema democrático, encaminado a aumentar su estabilidad, su capacidad de persistencia y a contrarrestar y prevenir posibles crisis”7. También ha indicado lo siguiente: la consolidación de la democracia es la “ampliación progresiva de la aceptación de aquellas estructuras y normas para la resolución pacífica de los conflictos, un conocimiento cada vez mayor en la aceptación y el apoyo al compromiso institucional, el reconocimiento de la bondad de la fórmula de la “incertidumbre limitada”, o bien, en una palabra, progresiva ampliación de la legitimidad del régimen”8.

 

Algunos aspectos de capital importancia que hay que tomar en cuenta en el planteamiento de Morlino son estos. En primer lugar, subraya la naturaleza de la consolidación de la democracia como un proceso, y en consecuencia lo concibe como acciones y resultados en determinados ámbitos sociopolíticos a lo largo del tiempo, que pueden alcanzar un mayor o menor grado de cristalización. En segundo lugar, debe advertirse que para que el proceso de consolidación arranque es necesario que la democracia política se haya establecido y sus instituciones fundamentales como son las elecciones ya se encuentren funcionando, aunque quizás sólo lo hagan de modo incipiente. Es decir, la transición a la democracia, como la entiende el grueso de la literatura teórica, debe haber quedado atrás. En tercer lugar, el proceso de consolidación –que para Morlino podría rondar los diez años– puede tener un final exitoso, en otras palabras, producir una democracia estable, pero también la democracia en una sociedad puede no consolidarse y padecer inestabilidad o crisis recurrentes. En cuarto lugar, la médula del análisis ha de centrarse en los actores y en sus acciones para contribuir a la consolidación o a la inestabilidad/crisis de la democracia recién establecida, al mismo tiempo que se destacan las variables políticas como las decisivas por encima de cualesquiera otras. En quinto lugar, a diferencia de lo que puede suceder en el proceso de transición a la democracia, en el de la consolidación lo que pesa determinantemente son los factores internos, no los internacionales. Una democracia no podría completar la consolidación y adquirir esa cualidad que es la estabilidad de este régimen político como un efecto de la actuación de actores e instituciones internacionales, aunque estos puedan contribuir a que una democracia inestable no se desplome. Por último, los ámbitos que deben ser considerados en el análisis de la consolidación y de su progreso/estancamiento/retroceso son: las instituciones electorales y los procedimientos democráticos de toma de decisiones; los vínculos entre los poderes del Estado y su funcionamiento; el sistema de partidos políticos y su dinámica; la forma como se configuran los distintos intereses sociales; las relaciones entre la sociedad civil y las estructuras de mediación; y finalmente, los nexos entre las estructuras de mediación y las instituciones del régimen político9.

 

Por su parte, Juan Linz se inclinó por lo que caracterizó como una definición minimalista de la consolidación de la democracia, que postuló de la siguiente manera y que ha llegado a convertirse en un punto de referencia ampliamente recurrido: un régimen democrático consolidado es aquel “en el cual ninguno de los principales actores políticos, partidos o intereses organizados, fuerzas o instituciones, consideran que hay alguna alternativa a los procesos democráticos para obtener el poder, y que ninguna institución o grupo político tiene derecho a vetar la acción de los que gobiernan democráticamente elegidos. Esto no significa que no haya minorías prestas a desafiar y cuestionar la legitimidad de los procesos democráticos por medios no democráticos. Significa que los actores principales no recurren a ellos y que esos permanecen políticamente aislados. Para decirlo de una manera simple, la democracia debe ser considerada como el “único casino en el pueblo” (the only game in town), para utilizar una expresión del viejo Oeste”10.

 

Esto lo llevó –en realidad a Linz y a Alfred Stepan, en un artículo en conjunto– a destacar lo que puede esperarse de una democracia consolidada en materia de comportamientos, actitudes y expectativas frente al ordenamiento constitucional. En cuanto a los comportamientos, la consolidación de la democracia implica que los principales actores concurren a la lucha por el poder del Estado o a ejercer influencia en él sin destinar “recursos importantes al intento de alcanzar sus objetivos creando un régimen no democrático o separándose del Estado”11. En cuanto a actitudes, “un régimen democrático está consolidado cuando una gran mayoría de la opinión pública, incluso en medio de grandes problemas económicos y de una profunda insatisfacción con los funcionarios, mantiene la creencia de que los procedimientos e instituciones democráticos constituyen el modo más apropiado de gobernar la vida colectiva y cuando el apoyo a las alternativas antisistema es pequeño o está más o menos aislado de las fuerzas democráticas”12. En suma, cuando la legitimidad de la democracia es significativamente alta en esa sociedad. Por último, en lo relativo a las expectativas frente al ordenamiento constitucional, la democracia se halla consolidada cuando el Estado de Derecho con contenido democrático constituye el punto de referencia del conjunto de las fuerzas sociales y políticas para la resolución de sus conflictos13.

 

En punto a estas definiciones, podría decirse que si la de Morlino destaca la naturaleza de la consolidación como un proceso e insiste mucho en ello, la de Linz hace resaltar el producto final, es decir, las condiciones generales que aparecerían como resultado o punto de llegada de ese proceso.

 

Por otra parte, Huntington ha ofrecido a su vez una definición operacional de consolidación democrática que, sin embargo, Linz la ha considerado demasiado estricta. Nos referimos a su aserto siguiente: “Un criterio para medir esta consolidación es la prueba de los dos recambios. Por medio de esta prueba, una democracia puede considerarse consolidada si el partido o grupo que toma el poder en las primeras elecciones de la época de la transición pierde las siguientes y entrega el poder a los ganadores, y si después estos últimos entregan pacíficamente el poder a los ganadores de las siguientes elecciones”14.

 

Una posición diferente, que en cierto sentido remite a algunos de los planteamientos originales de Seymour Martin Lipset en 1960 en su obra Political Man. The Social Bases of Politics15, en donde discutió por primera vez los factores más importantes que inciden en la estabilidad de las democracias (concretamente la evolución de la legitimidad de este régimen político dentro de una sociedad y el nivel de eficacia de sus gobiernos que emergen de elecciones), una posición distinta –decíamos– es la que, a mediados de los años noventas del siglo pasado, provocativamente propusieron Adam Przeworski, Michael Alvarez, José Antonio Cheibub y Fernando Limongi. Su trabajo fue presentado y discutido en la importante conferencia internacional reunida en Taipei (Taiwan) en 1995 titulada “La consolidación de las democracias de la tercera ola: Tendencias y retos”, a la que concurrieron los más conspicuos contribuyentes a este debate16.

 

El estudio que estos autores llevaron a cabo sobre una base empírica de 135 países y la trayectoria de sus regímenes políticos entre 1950-1990, los condujo a afirmar que la noción de consolidación “es un término vacío”17. Algunos de sus hallazgos más importantes los veremos en el siguiente punto del desarrollo de este concepto, hallazgos que fueron obtenidos a partir de un replanteamiento de la pregunta de fondo, que formularon así: en el caso de sociedades con regímenes políticos de democracia representativa, ¿cuáles factores o características pueden asociarse empíricamente con la permanencia o durabilidad de la democracia a lo largo del tiempo?

 

Para redondear este apartado sobre los significados fundamentales de este concepto, conviene que expongamos algunas consideraciones adicionales que nos parece necesario que se tengan presentes.

 

La primera es la diferenciación propuesta por Morlino entre el proceso de consolidación de la democracia, por un lado, y su producto, la estabilidad de la democracia a partir de entonces (lo cual no descartaría por completo la posibilidad de periodos de inestabilidad o crisis de la democracia en algún momento futuro), por otro lado.

 

La segunda consideración obliga a remitirse a la legitimidad que habría ganado el régimen político de la democracia representativa tras su consolidación, entendida como un producto de primera importancia y de elevado potencial de visibilidad. La legitimidad así podría estar expresando, si bien de modo muy resumido y concentrado, tendencias de estructuración institucional y de internalización de actitudes y comportamientos por parte de los actores, que constituyen ámbitos de progreso y consecuencias adecuadas a la dinámica experimentada por el proceso de consolidación.

 

La tercera es la persistente dificultad habida hasta la fecha entre los estudiosos del tema para alcanzar un acuerdo en torno a cuáles indicadores o condiciones empíricamente verificables debieran ocurrir en los diferentes ámbitos del proceso de consolidación para que pudiera realizarse una corroboración del grado de avance de él en una sociedad determinada.

 

Por último, es indispensable subrayar que la consolidación del régimen político de la democracia representativa dentro de una sociedad no presupone que las dificultades y problemas de muy distinto orden que se arrastran en ella (económicos, educativos, ecológicos, criminalidad, corrupción, drogadicción extendida entre las nuevas generaciones, etc.) o que incluso eclosionan luego de una apertura política institucionalizada como es la generada por la democracia representativa, hayan sido resueltos ya o vayan a serlo satisfactoriamente en alguna medida y con relativa prontitud. Recurriendo a Huntington en un punto en el que existe un amplio acuerdo entre los sociólogos y los politólogos que se ocupan del estudio de los cambios de los regímenes políticos y de la democracia en el mundo contemporáneo, habría que recalcar que: “La democracia descansa sobre la premisa de que los gobiernos fracasan y de que por ello existen caminos institucionalizados para poder cambiarlos. La democracia no significa que se resolverán todos los problemas; significa que los gobernantes pueden ser cambiados, y la esencia de la conducta democrática es lograr esto último porque es imposible conseguir lo primero [...] Las democracias se consolidan cuando el pueblo aprende que la democracia es la solución al problema de la tiranía, pero no necesariamente a todo lo demás”18.

 

II. Factores de consolidación de la democracia

 

Corresponde ahora introducirnos en el complejo tema de los factores, las condiciones o los eventos de cierto tipo que la literatura ha procurado identificar como centrales en el proceso de consolidación de la democracia. La cuestión remite básicamente a la siguiente pregunta teórica y empíricamente relevante: ¿Cuáles son los factores o la constelación de ellos que o bien se consideran decisivamente influyentes en los procesos de consolidación democrática exitosos o bien se les ha encontrado asociados estrechamente a estos?

 

Sobre el particular la literatura no es concluyente. Tal pareciera que estamos viviendo la tercera ola democratizadora con mucho mayor conocimiento y con una conciencia mejor fundada, tanto desde el punto de vista político como desde el académico, de su significado, sus alcances y sobre algunas de sus implicaciones, pero en un marco histórico que es todavía un gran laboratorio de la democratización. Por consiguiente, los avances son considerables pero las carencias siguen siendo aún notorias. Es a partir de esta advertencia que desarrollaremos este punto.

 

Para Morlino hay un conjunto de rasgos comunes constatables en los procesos de consolidación de la democracia a los que habría que prestarle una atención más detenida y continuada en sucesivas investigaciones. Son los siguientes: 1) El comportamiento de las élites políticas y de las no políticas frente a la democracia, es decir, el grado de compromiso que tienen las élites con el mantenimiento del régimen político de la democracia representativa en tanto se le concibe como el encuadre fundamental para resolver sus conflictos sin excluir la competencia. 2) La existencia de un Estado de Derecho y de una legalidad operante susceptible de convocar la adhesión a esta modalidad de institucionalidad política. 3) La subordinación de los militares al poder civil. 4) La garantía que logren adquirir y que lleguen a sentir los grupos de empresarios privados de que sus intereses fundamentales como grupo van a ser respetados y en todo caso no van a ser violentados de manera arbitraria. 5) Finalmente, el que para Morlino es el más importante: el papel que cumplen los partidos políticos y el sistema de partidos al constituirse como los actores por excelencia en el proceso de consolidación, independientemente de si su trayectoria durante la transición mostró un perfil incluso muy discreto19.

 

Para Linz y Stepan, los factores claves cuyo desarrollo interrelacionado habría que cultivar para hacer avanzar el proceso de consolidación de la democracia son, a su vez: 1) Las condiciones que permitirían la existencia de una sociedad civil sin ataduras y tan dinámica como quiera serlo. 2) Una sociedad política competitiva y comprometida con la institucionalidad democrática y con su paulatino desarrollo y fortalecimiento. 3) La prevalencia del Estado de Derecho. 4) Un cuerpo de funcionarios que pueda mantener el funcionamiento del aparato estatal y logre orientarlo en la dirección que la nueva institucionalidad democrática y los gobiernos que surjan de ella así lo determinen. 5) Y una esfera socio-económica establecida con independencia del poder estatal de vocación centralizadora y dirigista, pero que tampoco tienda a ser “una economía de mercado pura”. Puntualizan estos autores: “Las democracias consolidadas modernas requieren de la aceptación de una serie de normas, instituciones y regulaciones social y políticamente construidas y aceptadas –lo que llamamos “sociedad económica”– que medie entre el Estado y el mercado”20. En su planteamiento, además, insisten en dos problemas que se han presentado con frecuencia durante los procesos de transición y de consolidación democrática ocurridos dentro de la tercera ola: las tensiones étnicas en numerosos países y el deterioro de la situación económica o la lenta mejoría observada en las condiciones de vida de los ciudadanos que habitan en esas sociedades cuyo régimen político cambió. Pero para ambos tipo de problemas los autores concluyen que “estamos convencidos, tanto teóricamente como a partir de la evidencia empírica, de que la democracia puede realizar importantes avances hacia la consolidación aun bajo esas condiciones”21.

 

Huntington, por su parte, distingue dos problemas fundamentales que debe resolver la transición a la democracia y que pueden afectar grandemente el curso que siga su consolidación: lo que denomina como “el problema pretoriano”, es decir, el capítulo de la subordinación al poder civil por parte de la institución militar, tema en el que Huntington ha sido un especialista de larga data, y el problema de la violación de los derechos humanos durante el régimen autoritario precedente. Reconoce asimismo que las democracias en proceso de consolidación pueden verse afectadas por un segundo tipo de dificultades, los llamados “problemas contextuales” (bajo crecimiento económico, desigualdad en los niveles de ingreso, pobreza, deuda externa, etc.), pero concentra su atención en cinco aspectos a ser tomados en consideración, lo que debe realizarse sin obviar los antes aludidos dos primeros tipos de problemas: 1) La experiencia democrática anterior con que cuenta la sociedad cuyo régimen político es una democracia en proceso de consolidación (si ha tenido varias experiencias o ninguna previamente y la duración, corta o larga, de ellas). 2) Las características del desarrollo económico y de su evolución reciente (si se trata de un país con indicadores económicos de nación desarrollada o de desarrollo medio o bajo), así como la forma como esto ha influenciado la estratificación social y el surgimiento de clases interesadas en la institucionalización de la democracia representativa. 3) En alguna medida los factores internacionales de poder, aunque no se trate este de un aspecto significativo más que en aquellos países que se orientaron hacia la democracia conforme la tercera ola avanzaba y por ello fueron sacudidos en parte por un efecto de bola de nieve. 4) El peso de los factores internos o locales, que fue lo decisivo en las naciones que transitaron a la democracia al comienzo de la tercera ola. 5) Y la modalidad como ha ocurrido la transición desde el gobierno autoritario (“en líneas generales, parece más realista conjeturar que una transición menos violenta y consensuada proporciona una base mejor para la consolidación de la democracia que un clima de conflicto y violencia. Si este fuere el caso, los traspasos negociados pueden servir mejor de apoyo a la consolidación [...]”22.

 

Por último, en este limitado y breve recuento de algunas de las contribuciones más descollantes dentro de la literatura sobre los factores de consolidación de la democracia o sobre las características asociadas con la preservación y la estabilidad de este régimen político, vamos a reseñar los interesantes hallazgos de Przeworski y sus colaboradores en el estudio ya mencionado. Y aquí tenemos que recordar que el enfoque de estos investigadores soslayó la noción de “consolidación de la democracia” como punto de partida de su pesquisa y se concentró más bien en tratar de identificar cuáles características pueden asociarse con su permanencia y durabilidad.

 

Estos fueron sus hallazgos más sobresalientes: 1) A partir de una clasificación de las sociedades con regímenes políticos democráticos de acuerdo al nivel de su desarrollo económico (definido a partir del Ingreso Per Cápita anual, IPC), que los llevó a establecer cinco tipos (I- con un IPC anual menor a $USA1,000; II- con un IPC entre $1,000 y $2,000; III- con un IPC entre $2,000 y $4,000; IV- con un IPC entre $4,000 y $6,000; y V- con un IPC superior a $6,000), obtuvieron estos resultados en su estudio del comportamiento de 135 países en el periodo de 40 años que transcurrió entre 1950-1990: la expectativa de vida o de durabilidad de una democracia localizada en sociedades del tipo I, fue apenas de 8.5 años; las del tipo II, de 16 años; las del tipo III, de 33 años; las del IV, 100 años, y las del tipo V, fueron “democracias inexpugnables”23. De aquí que concluyeran acerca de la importancia capital que tiene el nivel del desarrollo económico para el asentamiento de las democracias políticas, con lo cual ratificaron una de las hipótesis ya propuestas por Lipset en sus clásicos trabajos reunidos en su volumen de 1960. 2) A su vez, siempre en el ámbito de las relaciones entre economía y régimen político, falsificaron la hipótesis sostenida por Lipset –también en 1960–, Olson y Huntington en torno al probable impacto desestabilizador que un periodo muy acelerado y abrupto de crecimiento económico generaría sobre las democracias. Pero corroboraron la hipótesis de Juan Linz y Larry Diamond en lo relativo a la amenaza que significa para la estabilidad democrática una crisis económica (sobre lo que Lipset igualmente ya se había pronunciado en 1960 pero incorporando al análisis la duración de la crisis económica y el nivel de legitimidad de que disponía la democracia al ingresar en dicha crisis y tener que confrontarla). Y en todo caso verificaron las siguientes hipótesis: “[...] el crecimiento económico favorece la supervivencia de la democracia” y “[...] cuanto más rápidamente crece la economía mayor probabilidad existe de que la democracia sobreviva”24. Estas proposiciones también fueron especificadas con más detalle de acuerdo a los tipos de niveles de desarrollo económico. 3) Corroboraron la hipótesis de Albert Hirschman, sugerida en 1981, de la relación estrecha existente entre niveles de inflación y probabilidad de supervivencia de una democracia. Si la democracia política funciona dentro de sociedades con umbrales de inflación entre el 6% y el 30% anual, su expectativa de vida fue localizada en 71 años, pero por encima de este último valor disminuyó a 16 años. 4) Aunque de forma reconocidamente más precaria –por la dificultad para encontrar datos confiables y comparables– la relación que encontraron entre permanencia de la democracia y la distribución del ingreso, fue esta: la primera variable tiende a comportarse positivamente en el marco de una sociedad y de una economía que a lo largo del tiempo hace disminuir los niveles de desigualdad en la distribución del ingreso, pero allí en donde la desigualdad se incrementa la expectativa de vida de la democracia se reduce apreciablemente. 5) Encontraron una relación positiva entre el número de democracias existentes en el mundo y en una región en un momento dado y la probabilidad de que una democracia concreta bajo análisis sobreviva con ese régimen político al año siguiente. 6) Si una democracia cuenta con al menos un retorno autoritario en su historia, la probabilidad de que se mantenga es menor que en el caso de aquellas que no disponen de tal antecedente. 7) Finalmente, confirmaron la proposición de Juan Linz de que regímenes políticos democráticos con formas de gobierno parlamentarias tienen mayor proclividad a perdurar que democracias con formas de gobierno presidencialistas. Los hallazgos en punto a esta materia fueron contundentes: “Los regímenes parlamentarios duran más, mucho más, que los presidencialistas”. Y también: “La evidencia de que la democracia parlamentarista vive por más tiempo y bajo un mayor espectro de condiciones que la democracia presidencialista parece, en consecuencia, incontrovertible”25. Hasta aquí los aportes de Przeworski, Alvarez, Cheibub y Limongi.

 

Como se ha podido corroborar, el campo temático de los factores de consolidación de la democracia constituye uno de gran amplitud y complejidad, alrededor del cual el debate continúa en el riquísimo y sugestivo contexto histórico que constituye el laboratorio de la tercera ola democratizadora.     

 

III. La consolidación de la democracia en América Latina

 

Las dos áreas geográficas en donde la tercera ola democratizadora ha tenido un impacto democratizador más extendido han sido indudablemente la América Latina y la Europa del Este. En la primera de las dos regiones la democratización, como tendencia generalizada, comenzó más temprano: a inicios de los años ochentas del siglo XX –recuérdese que la tercera ola despuntó en el sur de Europa en 1974-1975 con las transiciones a la democracia de Portugal, Grecia y España–, mientras que en la otra región, en la que prevalecían regímenes autoritarios de izquierda, fue a finales de los ochentas y principios de los noventas, aunque de modo rapidísimo, cuando los cambios de régimen político estuvieron a la orden del día.

 

La literatura sobre la democracia y el autoritarismo en América Latina ha insistido en el comportamiento cíclico que han experimentado los cambios de régimen en nuestra región, de modo que a partir de este presupuesto una de las preocupaciones políticas y de las preguntas significativas que emergen en las actuales circunstancias es la siguiente: ¿cuánto más durará la institucionalización de la democracia como tendencia general antes de que se reinicie otra vez un ciclo autoritario o al menos una contratendencia de este signo en varios de los países?

 

Todo intento de ofrecer una respuesta a esta pregunta se encuentra íntimamente relacionado con el tema al que alude este vocablo “consolidación de la democracia”, habida cuenta de que la transición a la democracia ha venido ya quedando atrás. Y para empezar, habría que poner en tela de duda de que el destino latinoamericano necesariamente tenga que ser la alternancia cíclica entre la democracia y el autoritarismo: si así ha sido en el pasado, no tendría por qué serlo en el presente y en el futuro. De hecho, gran parte de América Latina ha superado los umbrales críticos o condiciones necesarias para el establecimiento de la democracia (un ingreso mínimo per cápita y un mínimo de la población alfabetizada) que la teoría empírica de la democracia destacó hace ya varias décadas26. La cuestión entonces remite más bien al análisis de los factores intervinientes en los procesos de consolidación de la democracia país latinoamericano por país latinoamericano, en un marco histórico e internacional insoslayable que favorece los procesos políticos internos en donde se juega el futuro de la consolidación y las perspectivas de la estabilidad democrática a largo plazo.

 

A partir de las contribuciones aquí presentadas –que apenas son unas pocas aunque muy relevantes dentro de lo mucho que se ha escrito sobre el tema a lo largo de los quince años transcurridos entre 1986 y el 2000–, se pueden destacar algunos factores o aspectos que desde nuestro punto de vista ameritarían una atención privilegiada en cualquier estudio sobre consolidación de la democracia, en particular si el universo de análisis son los países de la América Latina. Nos referimos a estos: 1) El alcance del compromiso democrático de las élites. 2) La subordinación de la institución militar al poder civil (lo que Huntington distinguió en su momento como “control civil objetivo” y “control civil subjetivo” de esta institución). 3) El proceso de estructuración del sistema de partidos políticos. 4) La vigencia y funcionamiento del Estado de Derecho. 5) Y el curso que sigue la economía: en primer término, el crecimiento económico; en segundo, la distribución del ingreso; y en tercero, la pobreza. Para decirlo en términos conocidos –siguiendo a Lipset–, la marcha (buena o mala) de la economía se traduce, al final de cuentas, en una percepción de eficacia (o ineficacia) gubernamental por parte de la ciudadanía, uno de los componentes que afectan la legitimidad del régimen político.

 

Por otra parte, coincidimos con Morlino en que lo determinante para la consolidación de la democracia son los factores internos, no los internacionales. Y dentro de los internos son las variables políticas en las que ha de concentrarse la atención. La influencia del curso de la economía –fundamental sin lugar a dudas– se encuentra mediada por la forma como es percibido y procesado políticamente dicho decurso.

 

Para concluir, es indispensable subrayar que los procesos de consolidación de la democracia actualmente en marcha en América Latina (en donde la democratización llamó a las puertas desde muy temprano en esta ola, incluso en el caso, por fin, de los países centroamericanos, concretamente en estas naciones desde 1979-1980 con los eventos ocurridos en Nicaragua, Honduras y El Salvador), muestran una gran diversidad en sus avances y logros en los diferentes ámbitos de la consolidación y según los distintos países. Su amplio espectro va desde la sólida estabilidad de Costa Rica –que dejó atrás la consolidación hace varias décadas, es decir, desde los años sesentas del siglo XX– pasando por Ecuador, Perú y Haití, que quizás sean los países que patenticen situaciones más inestables.

 

 

Vocablos de referencia:

 

Calidad de la democracia

Democracia

Democratización

Estado de Derecho

Formas de gobierno

Legitimidad

Regímenes políticos

Transición a la democracia

 

Bibliografía:

 

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Lipset, S. M.: Political Man. The Social Bases of Politics, The Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1960. Hay traducción española en varias ediciones por Editorial Tecnos de Madrid.

Malloy, J. y Seligson, M.: Authoritarians and Democrats. Regime Transition in Latin America, The University of Pittsburgh Press, Pittsburgh, 1987.

Morlino, L.: “Consolidación democrática. Definición, modelo, hipótesis”, en Revista Uruguaya de Ciencia Política, No. 3, 1989. pp. 37-85. No conocemos la fecha de la publicación en italiano, pero una publicación previa a esta en español es la de la Revista Española de Investigaciones Sociológicas, No. 35, julio-setiembre de 1986, pp. 7-61.

O´Donnell, G.: Modernization and Bureaucratic-Authoritarianism, University of California Press, Berkeley, 1979.

Przeworski, A., Alvarez, M., Cheibub, J. A., y Limongi, F.: “Las condiciones económicas e institucionales de la durabilidad de las democracias”, en La Política. Revista de estudios sobre el Estado y la sociedad, segundo semestre, 1996, pp. 89-108.

Rovira Mas, J.: “Elecciones y Democracia en Centroamérica y República Dominica­na: Un análisis introductorio”, en Rodolfo Cerdas-Cruz, Juan Rial y Daniel Zovatto (Editores): Elecciones y Democracia en América Latina 1988-1991: Una tarea inconclusa, IIDH-CAPEL, San José, 1992, pp. 1-22.

____________: “La consolidación de la democracia en América Central: Problemas y perspectivas en El Salvador, Guatemala y Nicaragua”, en Anuario de Estudios Centroamericanos, Vol. 22, No, 2, 1996, pp. 7-38.

Schumpeter, J.: Capitalismo, socialismo y democracia, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1946.

 

Jorge ROVIRA MAS

 

NOTAS

 

1         Schumpeter, J.: Capitalismo, socialismo y democracia, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1946, pp. 311-327.

2         Huntington, S.: La tercera ola. La democratización a finales del siglo XX, Ediciones Paidós Ibérica, S.A., Barcelona, 1994.

3         Huntington, op. cit., pp. 17-40.

4         Rovira Mas, J.: “Elecciones y Democracia en Centroamérica y República Dominicana: Un análisis introductorio”, en Rodolfo Cerdas-Cruz, Juan Rial y Daniel Zovatto (Editores), Elecciones y Democracia en América Latina 1988-1991: Una tarea inconclusa, IIDH-CAPEL, San José, 1992, p. 2.

5         O´Donnell, G.: Modernization and Bureaucratic-Authoritarianism, University of California Press, Berkeley, 1979.

6         Huntington, op. cit., pp. 32-36.

7         Morlino, L., 1989: “Consolidación democrática. Definición, modelo, hipótesis”, en Revista Uruguaya de Ciencia Política, No. 3, p. 42. No conocemos la fecha de la publicación en italiano, pero una publicación previa a esta en español es la de la Revista Española de Investigaciones Sociológicas, No. 35, julio-setiembre de 1986, pp. 7-61.

8         Morlino, op. cit., p. 44.

9         Morlino: op. cit., pp. 42-45, 47-51, 55, 57-58, 68-69.

10       Linz, J.: “Transiciones a la democracia”, en Revista Española de Investigaciones Sociológicas, No. 51, julio-setiembre, 1990, p. 29.

11       Linz, J. y Stepan, A.: “Hacia la consolidación democrática”, en La Política. Revista de estudios sobre el Estado y la sociedad, segundo semestre, 1996, p. 31.

12       Ibid.

13       Ibid.

14       Huntington: op. cit., p. 239.

15       Lipset, S. M.: Political Man. The Social Bases of Politics, The Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1960.

16       Una selección de los trabajos que se presentaron en esta conferencia, se encuentran reunidos en los siguientes dos volúmenes: Diamond, L., Plattner, M., Chu, Y., y Tien, H.: Consolidating the Third Wave Democracies. Themes and Perspectives, The Johns Hopkins University Press, Baltimore and London, 1997; y de los mismos autores: Consolidating the Third Wave Democracies. Regional Challenges, The Johns Hopkins University Press, Baltimore and London, 1997.

17       Przeworski, A., Alvarez, M., Cheibub, J. A., y Limongi, F.: “Las condiciones económicas e institucionales de la durabilidad de las democracias”, en La Política. Revista de estudios sobre el Estado y la sociedad, segundo semestre, 1996, p. 105. Este artículo, al que hemos preferido referirnos en su versión en español publicada en esta revista, se encuentra en el libro de Diamond et al. citado en la nota anterior, Consolidating the Third Wave Democracies. Themes and Perspectives, pp. 295-311.

18       Huntington: op. cit., p. 236.

19       Morlino: op. cit., pp. 58-62.

20       Linz y Stepan: op. cit., pp. 32 y ss., pero el texto en particular citado se encuentra en la pá-gina 37.

21       Linz y Stepan: op. cit., p. 39

22       Huntington: op. cit., pp. 190-250. El texto citado se encuentra en las páginas 247-248.

23       Przeworski, Alvarez, Cheibub y Limongi: op. cit., p. 92.

24       Przeworski, Alvarez, Cheibub y Limongi: op. cit., en p. 94 ambos textos citados.

25       Przeworski, Alvarez, Cheibub y Limongi: op. cit., en p. 100 ambos textos citados.

26       Malloy, J. y Seligson, M.: Authoritarians and Democrats. Regime Transition in Latin America, The University of Pittsburgh Press, Pittsburgh, 1987, especialmente el artículo de Seligson aquí “Democratization in Latin America: The Current Cycle”, pp. 3-12.