FORMAS DE GOBIERNO

 

 

I.  Concepto

 

Tanto en términos funcionales –el papel del gobierno en el sistema político–, como estructurales –las estructuras a través de las cuales se ejerce el gobierno en un sistema político–, las formas de gobierno designan en la democracia el parlamentarismo o el presidencialismo y sus variantes. Es decir, la centralidad del sistema político democrático en el parlamento o en el presidente.

 

Otras formas de gobierno, sean enfocadas desde el punto de vista de quién lo ejerce o en beneficio de quién –uno, pocos o todos–, o sean visualizadas como totalitarismos, autoritarismos o dictaduras de diferentes denominaciones, o gobiernos de partido único, no son objeto de este apartado.

 

II.      Origen

 

El origen de las formas contemporáneas de gobierno democrático son –por una parte–, las monarquías y –por otra– el republicanismo. Las monarquías europeas pasan del ejercicio del poder absoluto a la monarquía constitucional y luego, a la monarquía parlamentaria.

 

En su estadio más avanzado, la monarquía parlamentaria depende de dos polos autónomos de legitimación que coexisten: monarquía y parlamento. El monarca es designado de acuerdo a unas reglas de sucesión y el parlamento es elegido por otras normas; el primero mantiene ciertas prerrogativas, como jefe de Estado y respecto a la constitución o disolución del gobierno, formales o reales, y el segundo se elige para ejecutar un programa de gobierno, controlar los recursos financieros y elaborar la legislación. La primacía del gobierno está en el canal electoral parlamentario y el gobierno se ejerce por la mayoría parlamentaria. En los países donde no hay monarquía y el régimen es parlamentario, existe un jefe de Estado, elegido popularmente o designado por el parlamento.

 

El republicanismo surge de las doctrinas enciclopedistas del siglo XVIII, la Revolución Francesa y la Independencia norteamericana. Se basa en la separación de poderes y la soberanía popular.

 

En el republicanismo, el gobierno lo encabeza el presidente elegido directamente a través del voto o indirectamente por un colegio electoral también dependiente del sufragio. Ejerce simultáneamente la jefatura del Estado y del gobierno. Es elegido por un periodo determinado. El parlamento es un poder independiente del ejecutivo, que no se ocupa del ejercicio directo del gobierno sino que lo controla, tanto en lo financiero como en lo legislativo y político.

 

El prototipo tradicional de la monarquía parlamentaria es el Reino Unido, aunque también podrían ser Dinamarca, Noruega y Suecia; del presidencialismo, los Estados Unidos de América y –en su forma mixta de republicanismo parlamentario–, la Francia de la V República (más inclinada al presidencialismo) o la Alemania de posguerra (más definida por el parlamentarismo).

 

La importancia de estos modelos radica en servir de punto de comparación para delimitar las formas de gobierno de las excolonias británicas, del presidencialismo latinoamericano o de las repúblicas europeas.

 

 

III. Características

 

A.   El gobierno parlamentario

 

Se cimenta en una dinámica que cubre su origen, su desempeño y su disolución de acuerdo a las mayorías. Así, los gobiernos parlamentarios surgen de las elecciones: el partido mayoritario en las urnas, o una coalición de partidos, al formar mayoría en el parlamento designa al primer ministro o el jefe del Estado encarga a la cabeza de la mayoría formar un gobierno. Después del voto de confianza del parlamento al gobierno, que es un voto formal con diferentes variaciones de acuerdo a las tradiciones de los países, se desarrolla el gobierno, compuesto generalmente de miembros del mismo parlamento que son nombrados como ministros y altos funcionarios.

 

El gobierno puede cesar por una de tres causas: porque el parlamento le retire su confianza, o sea porque pierde la mayoría del apoyo con que contaba al ser constituido; porque el gobierno pida al jefe del Estado que disuelva al parlamento en el momento en que éste no le otorgue su confianza al gobierno o decrete, si tiene esta atribución, la disolución del parlamento, o para convocar nuevas elecciones en la esperanza de obtener una nueva mayoría que apoye al gobierno.

 

Si el sistema es bicameral, ordinariamente la designación del gobierno es tarea de una cámara, la de origen más democrático. Así, en Gran Bretaña la Cámara de los Lores no participa en la designación del gobierno, que es tarea de la Cámara de los Comunes. Pero existen excepciones: en Bélgica, Italia y Suiza el gobierno surge de la reunión de ambas cámaras.

 

El parlamentarismo depende del sistema de partidos y del sistema electoral: ambos están orientados a lograr una bancada mayoritaria en el parlamento que se elija, suficiente para formar un gobierno. Por eso, el sistema de partidos tiende a favorecer el bipartidismo, de tal manera que haya un partido triunfador que constituya gobierno y uno opositor, que haga el contrapeso, sea alternativa y busque acceder al poder. En los sistemas multipartidistas, la mayoría se logra por medio de coaliciones de partidos, en las cuales usualmente hay uno o dos partidos fuertes que encabezan las coaliciones y logran hacer gobiernos estables y duraderos, como en los países escandinavos; pero otras veces la debilidad de las coaliciones se vuelve endémica y la inestabilidad gubernamental produce fenómenos como la República de Weimar, la IV República Francesa o algunos periodos en Italia.

 

Para facilitar el bipartidismo, el sistema electoral suele ser de circunscripciones uninominales a la mayoritaria de una o dos vueltas, de tal manera que los escaños se dividan entre dos opciones. El líder del partido mayoritario es llamado a formar el gobierno, y el partido impone su programa en el legislativo y en el desempeño del gobierno, mientras la oposición trata de volverse mayoría, de obstaculizar al gobierno y de proponerse como recambio, inclusive con la organización de un “gabinete en la sombra” para prepararse a gobernar. El modelo inglés, denominado de Westminster o de gabinete, se sostiene en criterios de política de adversarios que compiten en elecciones. Se sostienen o buscan el poder, en un gobierno de gabinete conseguido por mayorías y en la posibilidad de alternancia. El primer ministro ostenta un triple liderazgo: del gobierno, de la bancada mayoritaria y del partido triunfador, con lo cual responde por la orientación del gobierno, la obtención de la mayoría en el parlamento y el sostenimiento del partido que lo llevó al poder.

 

El papel del soberano o del jefe del Estado en las monarquías parlamentarias o en las repúblicas parlamentarias, ha ido descendiendo, de tal manera que hoy es muy relativo. Al monarca o al jefe del Estado se les conserva el rol de signo de la unidad nacional y de su continuidad histórica, de representación internacional y de intervención en la defensa, pero no interfieren la voluntad popular manifestada en las urnas para constituir los gobiernos, su función es procedimental o notarial en lo formal, pero indudablemente le aporta al proceso una legitimidad: sea la de la monarquía o la del jefe del Estado elegido popularmente.

 

En algunos casos, el soberano o el jefe del Estado no interviene en la designación del gobierno, sino que ésta es tarea del parlamento mismo (Japón e Irlanda) o de un órgano del parlamento (Suecia).

 

Aunque generalmente se considera que el método de elección de circunscripciones uninominales a la mayoritaria es el propio de los regímenes parlamentarios –porque favorece la eficiencia del voto con el objetivo de lograr mayorías que formen gobierno–, se dan excepciones, como en Alemania. En dicha república se usa el sistema de elección proporcional personalizada, que combina listas cerradas bloqueadas con voto directo en circunscripciones uninominales. Así, cada estado elige simultáneamente la mitad de representantes al parlamento federal por listas, mediante el método D’Hondt, y la otra mitad por mayoría relativa uninominal a una vuelta. Cada elector puede votar por ambas opciones libremente, cambiando de partido si le parece. Se favorece a los partidos sobre los independientes, de tal manera que se busca tanto la representación de las diversas opiniones como el conseguir una mayoría para gobernar; para conseguirlo, además, se concede una prima –que es una sobrerepresentación– al partido mayoritario, aunque con ello se aumente el número de curules en el parlamento.

 

En Alemania la selección del canciller depende del parlamento, no del presidente. Para elegir al canciller se pueden seguir tres vías: a propuesta del presidente quien propone al nominado por el partido ganador, por mayoría absoluta de la Dieta Federal, sin debate previo; por iniciativa de la Dieta se elige canciller por mayoría absoluta; si no se consigue canciller por los métodos anteriores, entonces se elige por mayoría simple, en cuyo caso el presidente puede encargarle el gobierno o disolver la Dieta. Para terminar un gobierno, existe la “censura constructiva” para independizar al parlamento de las crisis de gobierno, de tal manera que si se le quita la confianza al canciller actuante simultáneamente se debe escoger otro canciller. Así solo se afecta al canciller sin destituir al resto de ministros federales, lo que debe hacerse en una sola votación y después de una meditación del parlamento.

 

España también utiliza para la elección del Congreso de Diputados el método proporcional en circunscripciones plurinominales, con una barrera y un número establecido de escaños por circunscripción, donde los escaños se adjudican por el método D’Hondt, y con listas cerradas y bloqueadas. Como las coaliciones se permiten a nivel de las circunscripciones, y se combinan escaños fijos (dos por circunscripción) y dependientes del número de habitantes, la representación en el congreso es el resultado de múltiples factores, sumatorias, partidos y juegos autonómicos. La formación del gobierno se perfecciona por alianzas post electorales en el Congreso si no resulta de una clara mayoría electoral.

 

El rey es quien propone la persona para presidente del Consejo de Ministros, luego de consultar a los delegatarios de los grupos parlamentarios y por encima del presidente del Congreso. Luego el Congreso de los diputados elige al presidente del Consejo, por mayoría absoluta (o simple en segunda votación) y con voto de confianza al programa político del gobierno entrante. Para reemplazar el gobierno también rige la censura constructiva; el jefe de gobierno puede disolver las Cortes, si no se elige simultáneamente un reemplazo del presidente del Consejo.

 

B.   El gobierno presidencialista

 

En el presidencialismo, una sola persona –o en fórmula con el vice-presidente– elegida directamente por el cuerpo electoral, o indirectamente por un colegio electoral proveniente de las urnas, que es el caso de los EE.UU, donde sus componentes no se reúnen siquiera físicamente, no tiene poder discrecional y se disuelve una vez elegido el presidente, asume la jefatura del Estado, la del gobierno y, frecuentemente, la del partido ganador.

 

En USA los electores votan para integrar un colegio electoral, que luego elige al presidente y vicepresidente por mayoría absoluta. Los miembros del colegio son llamados compromisarios. Son elegidos por los estados federales de acuerdo a tantos cuantos senadores y representantes les correspondan, en circunscripciones iguales a los estados, y por mayoría relativa en listas cerradas y bloqueadas con la excepción de Maine y Alabama. Se dan dos formas de votación: el short ballot y el long ballot. En ambos, el elector dispone de un tarjetón para sufragar por el presidente y el vicepresidente, pero en el long figuran los compromisarios, mientras en el short ya no aparecen y es el generalizado en más de dos tercios de los estados federales.

 

En el presidencialismo existen diferencias en cuanto a la organización del gobierno. En la mayoría de los casos, el jefe del ejecutivo tiene un estatus superior y tanto los ministros como el aparato de gobierno están subordinados a él y no responden ante el parlamento. En otros, excepcionales, como en Suiza y en cierta manera en Austria y Holanda, el que preside es solamente primus inter pares y el gobierno es colegiado. En la Confederación Helvética el Consejo Federal, determinado por el parlamento con base en la representación proporcional de los partidos, rota la presidencia periódicamente y no se le permite disolver las cámaras. En el presidencialismo, el presidente tiene pleno control del ejecutivo, sin intervención en su origen o desarrollo, del parlamento. El parlamento solo tiene la función legislativa, fiscal y de control, por medio de la acusación de los ministros u otros mecanismos.

 

El presidente no depende de la agregación de mayorías parlamentarias –por tanto no necesita estrictamente tener mayoría en el parlamento–, su periodo es fijo –lo que es factor de estabilidad, pero también de rigidez institucional–, su elección no tiene que coincidir con la del parlamento, el personal político gubernamental puede provenir o no del parlamento. Al no depender el presidente del parlamento para formar gobierno o tener mayorías, tampoco puede disolverlo o llamar a nuevas elecciones; el periodo de los parlamentarios es también fijo. Mientras en el sistema parlamentario el gobierno es finalmente una expresión del partido mayoritario (mayoritario en las elecciones, mayoritario como bancada en el parlamento, mayoritario en ministros en el gobierno), en el presidencial, el gobierno es independiente del parlamento. Incluso el presidente puede ser representante de un partido sin mayoría parlamentaria, lo que resulta de elecciones separadas –unas para presidente y otras para parlamento– o de elecciones simultáneas; igualmente el personal parlamentario se puede renovar durante el periodo presidencial, ya que los periodos no necesariamente coinciden, como en USA, donde el periodo presidencial y de cámara de representantes es de cuatro años, y el de senado de seis con renovación por tercios cada dos años.

 

Como el gobierno no está íntimamente vinculado a las mayorías parlamentarias, éstas pueden constituirse –sin que necesariamente respondan a los resultados electorales– una vez elegido el gobierno, o para cada proyecto de ley. En el presidencialismo es el presidente el que reparte el juego, conjuga, conforma mayorías para sus proyectos, lleva la batuta, busca coaliciones o apoyo dentro o fuera del parlamento, cambia ministros a su conveniencia. Si el régimen político permite la reelección, el presidente no solo determina el juego durante el periodo para el cual fue elegido, sino que trata de repartirlo para obtenerla en la próxima elección.

 

El presidente, como jefe de Estado, representa al país internacionalmente y decide en cuestiones de defensa. Como cabeza de gobierno decide con los ministros los asuntos de sus carteras, postula miembros de las cortes y tiene iniciativa de leyes o tratados en el parlamento. La preeminencia del presidente se basa en ser elegido por todo el cuerpo electoral de la nación, mientras los parlamentarios lo son por su circunscripción (aunque algunas veces también éstos son elegidos en circunscripción nacional) y en el supuesto que el presidente representa a la nación entera y los parlamentarios a una región o interés. Por eso, el método de elección no tiene tanta importancia como en el sistema parlamentario: los senadores o representantes –si el sistema es bicameral, pero también si es unicameral–, pueden ser elegidos a la mayoritaria o a la proporcional, sin que se afecte la elección presidencial. Igualmente la duración del mandato de los parlamentarios es indiferente para el desempeño del presidente, aunque éste puede buscar influir al electorado en las elecciones parlamentarias que se realicen durante su periodo para adquirir adhesiones en el congreso, ampliar el apoyo al gobierno o impulsar sus propias fuerzas. Simultáneamente, las elecciones parlamentarias intermedias pueden convertirse en una especie de plebiscito sobre el gobierno. El sentido de las elecciones no es el mismo en el parlamentarismo y en el presidencialismo: mientras en el primero se busca la eficiencia para lograr constituir gobierno, en el segundo el objetivo es conseguir la mayor representación de los intereses de los electores; por ello el método que se privilegia es el proporcional por listas, que impulsa la pluralidad y la representación de las minorías.

 

Aunque en el más puro presidencialismo, el norteamericano, los partidos escalonan la nominación presidencial a través de las primarias y las convenciones nacionales, e interrelacionan partidos y tendencias de partido y regiones en la competencia por definir dos únicos candidatos (uno por cada partido, demócrata y republicano), a la presidencia, el método no es seguido por la mayoría de sistemas presidencialistas, en los cuales el bipartidismo no es tan nítido como en USA y prima la representación proporcional en las elecciones parlamentarias. Esto porque los parlamentos en los sistemas presidencialistas tienen el perfil de representación de intereses y de regiones, de minorías y de sectores de partido. Los métodos de elección a la proporcional, en listas cerradas o abiertas, con o sin umbrales mínimos, propician el acceso multipartidista y de múltiples intereses al parlamento. La elección mayoritaria se reserva para la presidencial –a una o dos vueltas– y para los cargos del ejecutivo a nivel regional y local. El resultado de la poca identidad entre el presidente y los parlamentarios en los sistemas presidencialistas, es que se forma en la práctica un “partido del presidente” para lograr objetivos presidenciales, no se cohesionan los parlamentarios alrededor de una ideología, ni tienen disciplina de voto o de bancada.

 

Igualmente los partidos, gracias a la elección a la proporcional, se fragmentan, tienen poca iniciativa y no influyen decididamente sobre los elegidos, que lo han sido generalmente más por su poder de movilización propio que por su adhesión partidaria.

 

El crecimiento del ejecutivo y la personalización del poder en el Estado contemporáneo ha reforzado el presidencialismo. Hoy los presidentes cuentan con departamentos de planeación y estadística, con instrumentos para manejar la economía y con equipos completos en la presidencia para impulsar sus políticas, mientras los parlamentos carecen de ellos. También los presidentes poseen actualmente atribuciones para influir en las candidaturas a los parlamentos, nominar ante el congreso magistrados de las altas cortes judiciales o electorales, embajadores y altos mandos de las fuerzas armadas.

 

C.   El gobierno semipresidencial

 

El tipo de gobierno de la V República francesa se caracteriza por la elección popular del presidente –lo que reemplazó por reforma constitucional de 1962 al colegio de notables que eligió a De Gaulle en 1958–, mientras la Asamblea Nacional es elegida en circunscripciones uninominales con escrutinio mayoritario y a dos vueltas.

 

Se utiliza una variante del sistema de mayoría absoluta en circunscripciones uninominales, consistente en considerar ganador al partido o candidato que consigue mayoría absoluta, es decir la mitad más uno de los votos válidos. Si no se logra en la primera elección, entonces se realiza una segunda, llamada Ballottage, que significa repetir la elección hasta conseguir la mayoría absoluta. En la práctica, la primera vuelta es para medir las fuerzas de las listas en competencia, luego vienen las negociaciones convergentes para presentar solo dos listas de coaliciones, y la segunda vuelta es la que resulta decisiva.

 

El presidente de la República no es simultáneamente jefe del gobierno, sino que nombra como primer ministro al líder de la mayoría parlamentaria surgida de las elecciones; pero el primer ministro, con quien de mutuo acuerdo escoge el resto de ministros, depende del presidente.

 

El gobierno escogido por el presidente no requiere del voto de confianza de la Asamblea, pero ésta puede votar una moción de desconfianza, en cuyo caso el presidente tiene dos opciones: aceptar la dimisión del gobierno o disolver la Asamblea y llamar a elecciones, lo que solo puede hacer después de un año de elegida la Asamblea.

 

Durante la vigencia de la V República en Francia han primado ya el poder presidencial, ya el parlamentario. Lo primero desde la fundación hasta Pompidou y Giscard, donde coincidieron presidencia y mayoría parlamentaria, siendo por tanto relevante la presidencia. Pero durante los gobiernos de Mittterand y Chirac, a partir de 1981, la consolidación en el parlamento de una mayoría de signo contrario a la del presidente ha dado origen a la primacía parlamentaria.

 

La cohabitación, o sea un presidente de un partido y un gobierno del contrario, ha sido experimentada con éxito en los últimos gobiernos franceses. El multipartidismo se ha venido conformando en dos grandes familias políticas que luchan tanto por la presidencia como por el gobierno resultante de la mayoría parlamentaria, a través de coaliciones de partidos de derecha e izquierda.

 

Variantes del sistema semipresidencial, están vigentes en Austria, Finlandia, Irlanda, Islandia y Portugal, países en los cuales la praxis oscila entre la primacía temporal de la presidencia o del parlamento.

 

D.  El presidencialismo latinoamericano

 

Aunque no constituye propiamente una forma de gobierno distinta –un tipo ideal–, la manera de ejercer el presidencialismo en el subcontinente tiene características propias. Nacido independientemente del parlamentarismo europeo y del presidencialismo norteamericano –aunque influenciado por ambos, pero delineado dentro de las reformas borbónicas que precedieron a la independencia de España–, la presidencia en América Latina en el siglo XIX se convirtió en el centro del poder político, de la integración nacional, de la orientación del Estado y de las relaciones internacionales. Simultáneamente encarnó la tradición cultural, los valores y los consensos sociales, tanto que los ensayos o las normas constitucionales proclives al parlamentarismo, no han sido exitosas.

 

Con motivo de la caída de los regímenes autoritarios en la década de los ochenta, se recrudeció el debate sobre la reducción del presidencialismo y el recurso al parlamentarismo en varios países, especialmente en el Cono Sur.

 

Una consideración teórica establece que el presidencialismo fomenta relaciones políticas de confrontación, mientras el parlamentarismo es más dúctil para conseguir las consociacionales –de consenso–, lo que sería más conveniente para afianzar la democratización, fomentar la estabilidad y superar las crisis. Según esta corriente, el presidencialismo norteamericano tendría visos consociacionales por los compromisos de los partidos para sacar adelante ciertas leyes. En el presidencialismo latinoamericano bajo formas constitucionales o estructuras formales semejantes, se esconden prácticas y funcionamientos diversos en cada país. En general, el presidente establece los ministerios o reparte las funciones de los ministros como lo estime conveniente.

 

Al Presidente se le considera responsable de la administración pública, del orden público, de la orientación económica y de las relaciones exteriores. Propiamente, el presidente concentra en sí al gobierno y delega lo que juzga delegable, preside el consejo de ministros y coordina tanto al gabinete como las relaciones con el congreso.

 

En América Latina la división de poderes no es tan rígida como en otros presidencialismos; tampoco el federalismo es fuerte, lo que lo distingue nítidamente de la figura presidencial norteamericana. El presidencialismo latinoamericano es centralista y todavía, a pesar de los procesos contemporáneos de descentralización, sigue siendo poderoso en todos los niveles regionales y locales.

 

Simétricamente, al crecimiento del ejecutivo ha correspondido un debilitamiento del legislativo y el judicial, lo que históricamente ha desembocado en autoritarismo y totalitarismo. A falta de fortaleza del legislativo, que tiene institucionalmente un papel muy restringido, el presidente ocupa casi todo el espectro político, mientras el congreso fundamentalmente se limita a ser el espacio de la representación de intereses y partidos, elegidos a la proporcional, y de tramitación de las leyes.

 

Someramente, el presidencialismo latinoamericano, tiene las siguientes características:

 

·    Interrelaciones entre poderes que favorecen al ejecutivo. Aunque en las constituciones la separación de poderes esté escrita, en la letra menuda y en la práctica prima el ejecutivo.

 

·    Inexistencia del federalismo, por lo que no hay separación ni equilibrio horizontal y vertical del poder. El centralismo significa primacía del ejecutivo presidencial en todas las relaciones de poder.

 

·     Elección popular directa del presidente, independiente de la elección del parlamento – aunque las elecciones sean simultáneas, lo que evita vinculación política entre el legislativo y el ejecutivo.

 

·    Posibilidad de reelección en varios países, lo que mantendría el caudillismo tradicional, la permanencia de las élites políticas y entrabaría la renovación política.

 

·    Inamovilidad política del presidente durante su periodo de gobierno, imposible de variar porque ni el congreso puede cambiar al gobierno ni este disolver al congreso, lo que produce parálisis institucional.

 

·    Representación únicamente de intereses y regiones en el congreso, imposibilidad de formar bancadas decisorias e indisciplina partidista. Partidos débiles, fragmentados e indisciplinados, dependientes del ejecutivo, sin jerarquización ni estructura interna.

 

·    Iniciativa presidencial predominante en la presentación de proyectos de ley y exclusivismo en ciertas materias como presupuesto e impuestos. Amplias facultades del presidente para determinar el desarrollo económico, la política fiscal, las obras públicas, las políticas sociales, las empresas públicas y la planificación.

 

·    Irresponsabilidad política del presidente y sus ministros ante el parlamento.

 

·    El bicameralismo favorece al presidente por la dificultad que impone para el trámite legislativo y porque los senadores se convierten en los electores del presidente y éste en su promotor electoral.

 

·    El bicameralismo produciría un bloqueo mutuo entre el legislativo y el ejecutivo, el cual se superaría por arreglos entre ambos donde el ejecutivo tiene las de ganar.

 

·    Frecuentemente el presidente tiene facultad para intervenir en el nombramiento de los jueces, lo que reduce la competencia de la judicatura en el proceso político. El papel de la Suprema Corte norteamericana de juzgar de la constitucionalidad y de los actos presidenciales y de imponer su decisión a los otros poderes, no se presenta en América Latina, donde la inconstitucionalidad es un proceso engorroso y juzgar al presidente una excepción.

 

·    Dependencia exagerada de la carrera administrativa del poder político y, por ende del presidente, lo que aunado al clientelismo ancestral produce gobiernos y burocracias ineficientes, corrupción y desajuste fiscal.

 

·    Fácil recurso a la legislación de estados de excepción, con limitaciones al parlamento y a los derechos fundamentales.

 

 

Vocablos de referencia:

 

Autoritarismo

Ballottage

Circunscripciones electorales

Colegio electoral

Democracia

D’Hondt

Elecciones

Partidos políticos

Sistemas electorales

Sistema de partidos

Sufragio

Totalitarismo

Voto

 

Bibliografía:

 

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                                                            Javier SANÍN FONNEGRA