MANIPULACIÓN
I. Concepto formal
Se entiende por manipulación un ejercicio
velado, sinuoso y abusivo del poder. Se presenta en
cualquier relación social o campo de la actividad humana, donde la parte dominante
se impone a otras en virtud de que éstas carecen de control, conciencia y
conocimiento sobre las condiciones de la situación en que se encuentran. Aunque
la imposición de cualquier curso de acción tiene siempre consecuencias reales,
lo cierto es que, dentro del campo de la interacción social manipulada, no hay
manera de que las partes afectadas puedan vislumbrarlas anticipadamente,
tampoco analizarlas y menos impedirlas; solo les queda afrontarlas como hechos
consumados.
En efecto, son comunes los casos en que, si los
actores sospechan algo de lo que ocurre antes de ser influidos de hecho, es por
insinuación o simulación del mismo
manipulador, que intenta sojuzgarles sin que lo sepan. Pues dentro de las
funciones ocultas y sutiles que éste realiza se halla el fabricar impresiones
de la realidad, que escondan las tretas y montajes utilizados para engatusar a
quienes, por no estar conscientes de tales simulaciones, no pueden ofrecerle
resistencia. Por eso se dice que todo manipulador es también un prestidigitador.
Y como es fácil suponer, la definición de la situación la producen los actores
dirigidos, por lo que la imagen que se forman del cuadro futuro de la situación
y sus implicaciones –la realidad “ex ante”– será producto de una invertida o
falsa consciencia y no corresponderá con los
resultados de las acciones –la realidad “ex post”–. Pero, en tales casos, no
por ser falaz la definición de situación que hacen los sorprendidos actores,
deja de ser real en sus consecuencias; solo que éstas distarán de ser las que
esperaron, por lo cual viven y padecen las ilusiones que el manipulador les
fabrica en la mente como realidad fatua o “virtual”.
Todo lo anteriormente señalado no sucede por
casualidad, sino porque el dominador deliberadamente encubre la naturaleza de
los motivos, medios y fines que esgrime en sus acciones. Su objetivo es que
éstos, reducidos al papel de ingenuos, crédulos y moldeables actores, no
ofrezcan resistencia ni interpongan sus auténticas necesidades y legítimos
intereses en la relación. Si logra sus propósitos, el manipulador no tiene que
recurrir al uso manifiesto de la fuerza, ni a la coacción física palpable u
otros medios evidentes de ejercer presión. Tampoco se ve forzado a persuadirlos
ni convencerlos. No tiene que sujetarse a los escrúpulos, valores éticos y
procedimientos normales establecidos para regular un ejercicio legítimo y
cristalino del poder, donde se guarden
consideraciones y haya protecciones para los actores más débiles o simplemente
confiados y desprevenidos, más expuestos a ser víctimas de las acciones
sociales manipulativas.
Por comportarse incautamente, los afectados por la
manipulación sufren pérdida
sustancial de sus capacidades para un ejercicio cabal de la acción racional, puesto
que quedan inhabilitados para deliberar, decidir o elegir el curso de acción
que más les conviene. Tampoco están en condiciones de
negociar, evadir, resistir o liberarse de la relación de poder.
Por ello es que el manipulador, y en general la política oculta y reservada,
tiene ventajas inmediatas insuperables en comparación a otros ejercicios
racionalizados del poder o la influencia; aunque
sus bases son siempre precarias, pues dependen de que no se develen los hilos
de que se vale el manipulador. Cuando se descubre, la manipulación pierde de
inmediato su efectividad, dado que los perjudicados,
por lo común, reaccionan con indignación y vehemencia al conocer la trama del poder y sus implicaciones, y
tratan de revertir con prontitud los efectos de su ignorancia y alienación. Por
eso la manipulación requiere que las
manos invisibles del dominador se muevan subrepticiamente en las sombras,
expeditamente, evitando a todo trance la transparencia y sujeción a normas de
validación.
Bajo esas condiciones, tampoco cabe esperar la
rendición de cuentas, por lo que el ejercicio del poder manipulativo
carece de responsabilidad.
Aunque es posible una manipulación entre iguales,
típicamente ésta genera o presupone una asimetría en la distribución y manejo
del poder. Pero debido a que el
más débil soporta una anulación total o parcial de la percepción analítica,
enfrenta una desventaja adicional frente a otros tipos de poder así como para modificar su posición o escapar del campo de fuerzas que le
sujetan. Tiene que hacer un esfuerzo especial para descubrir la simulación,
buscar medios de denuncia o resistencia apropiados y rebelarse finalmente, a
fin de enderezar los asuntos hacia su conveniencia. Es decir, debe subvertir el
campo de las dependencias, buscar una relación nueva o más equilibrada entre
las partes, o simplemente rehuirla en busca de recursos de poder y circunstancias más
favorables para la satisfacción de sus necesidades e intereses.
II. Irracionalidad del poder manipulativo
Cuando la manipulación es exitosa, se
vuelve una variante eficaz del maquiavelismo, filosofía política según la cual
los fines justifican los medios, ante la imperiosa necesidad de que el príncipe
mantenga su dominio sobre el súbdito, el fuerte sobre el débil, el líder sobre
los seguidores.
Si para un uso racional, persuasivo y legítimo del
poder –es decir, la
dominación según Max
Weber–, se requiere comúnmente la transparencia y una
conciencia relativamente lúcida acerca de los intereses en juego, la manipulación se ubica en la
esfera opuesta. Al rechazar la transparencia, la argumentación y la persuasión
–procesos que en la democracia se aplican para
llegar al consenso–, los manipuladores, en su maquiavelismo, apelan a las
dimensiones instintivas de la mente individual y colectiva, a impulsos inconscientes,
a deseos y aspiraciones insatisfechas, a dependencias emocionales y pasionales
de la conducta individual o de masas. Se esmeran por provocar reacciones
impremeditadas que no requieran la aquiescencia ni el raciocinio, por obviar
discursos que justifiquen las pretensiones de dominio, por evitar todo recurso
metódico de justificación y convencimiento.
Se violentan así los valores y normas que limitan
el poder irrestricto en el campo
de la dominación. Cuando rige la legitimidad, la pretensión de
la jefatura o autoridad es que, a sus mandatos, sigan los esperados
actos de obediencia de los subordinados; actos justificados con arreglo a las
ideas, símbolos y representaciones comunes que conforman los principios de
validez y estabilidad de un determinado orden social y político, o de un
reconocido aparato administrativo. Aunque los intercambios entre las partes
sean de hecho desiguales, en la dominación se espera que predomine la
persuasión por sobre la coerción
física o mental. Debido a ello es que en las sociedades más desarrolladas,
donde el orden se halla institucionalizado y es regulado por órganos de la
administración de justicia, se espera que las relaciones de poder se desenvuelvan dentro
de límites predefinidos y que los actores se ciñan a una ética de
responsabilidad, que prevenga los abusos de la coerción manipulativa.
La política influida por las
corrientes filosóficas del liberalismo, opuestas a la concepción maquiavélica,
presupone que las partes involucradas en las decisiones de nivel colectivo que
se toman en una sociedad –es decir, las relaciones entre gobernantes y
gobernados–, no están sujetas a interferencias que eliminen a tal punto la
racionalidad, que los dominados no sepan lo que hacen o lo que les hacen
quienes ejercen autoridad o influencia sobre ellos. Aún más, se opera bajo el
supuesto de que las relaciones sociales son las variables independientes en
esos intercambios y decisiones, y que las relaciones políticas controladas por
el gobierno son las variables dependientes. Obviamente que, cuando predomina la
manipulación en la esfera del
gobierno, se invierten las variables. Desde la perspectiva del liberalismo de
corte democrático, cuando eso sucede, los individuos y la sociedad pasan a una
condición desventajosa y contraproducente de alienación. Esto mismo sería
aplaudido desde el polo opuesto, por los seguidores de la escuela maquiavélica
de la política, quienes consideran
que la función de los gobernantes (incluso de los que se dicen democráticos) es
dirigir y sojuzgar desde arriba a los pasivos ciudadanos transformados en una
masa amorfa y dócil, en un conjunto desarticulado de “objetos del poder” fácilmente manejables,
incapaces de coordinar resistencias o rebeliones, como podrían hacerlo si
fueran “sujetos del poder”. En una versión
extrema de esta postura, popularizada por la teoría elitista de la historia, a
las masas se les llega a negar toda capacidad para gobernar o participar en la
toma de decisiones, debiendo por ello ser conducidas y manipuladas por
dirigentes autoritarios. Estos no deben dudar en utilizar cualquier medio que
conduzca al fin deseado de mantenerlas en subordinación perpetua, aun cuando
ellas mismas se imaginen lo contrario. Tal es la condición para una gobernabilidad exitosa. Si en
esta maquiavélica tarea fallan la propaganda, la conspiración y la violencia
mental, otros métodos más duros les seguirán, como la represión, la tortura y
la violencia corporal. Esta tradición se proyecta con cierto disimulo en el
desarrollo de las formas ocultas de la propaganda moderna.
III. El sigilo y el secreto
Es interesante observar que la manipulación está presente no
sólo en la influencia interpersonal o donde cualidades de un líder se proyectan
sobre un grupo. También es notable su aplicación en el ámbito formal de la
burocracia. Aquí, la reserva, el sigilo y el secreto son cualidades inherentes al ejercicio de la discreción en el
mando y a los esfuerzos de los jefes por mantener sus puestos y perfeccionar el
control sobre sus subordinados. Parte de la tarea consiste en impedir que éstos
tengan toda la información y el grado de competencia que centralizan los jefes
y que les permite incidir sobre las decisiones y la administración de los
recursos del poder.
Asimismo, como método de dominación suave e
invisible, la manipulación se alterna con
el uso de otros medios duros y visibles, como la fuerza coercitiva o el factor
militar, difíciles de aplicar y de justificar en culturas y sistemas políticos donde se
requiere la publicidad sobre las decisiones de dominio público y su regulación
por el ordenamiento jurídico. Pero aún allí, en momentos de crisis de consenso,
cuando se ponen en entredicho la legalidad y legitimidad del régimen, los
dirigentes terminan apostando a la manipulación para controlar
las reacciones de los dominados. Surgen distintas fórmulas para encubrir
decisiones de emergencia, desde los discursos efectistas hasta los despliegues
de propaganda, tácticamente destinados a compensar la carencia de argumentos
capaces de persuadir a las masas y mantenerlas leales al régimen. Cuanto más
avance la desestabilización y se aproxime la posible subversión violenta del
régimen, es mayor la frecuencia con que se aplican dosis variables de manipuleo
con represión, incluyendo las llamadas “cortinas de humo”, cuyo propósito es
distraer la atención de los subordinados para apartarla de los verdaderos
problemas que la dirigencia no puede resolver.
IV. La propaganda y la persuasión subliminal
La llamada psicología de las masas descubrió en
este siglo las fórmulas y técnicas de la propaganda política para encarar
ciertas situaciones críticas de contención o cambio político, en favor de la
permanencia de los círculos gobernantes. Con las experiencias del nazi-fascismo
en Europa y la demostrada utilidad de los mass media
tanto allí como en Norteamérica, para efectos de impulsar la movilización de
guerra y el apoyo masivo de la población, se puso en claro el enorme potencial
persuasivo y manipulativo de la radio, la prensa, el
cine y luego la televisión, sobre todo cuando se trataba de encubrir los
verdaderos móviles de muchas de las decisiones en contra de la vida y propiedad
de millones de personas y de los intereses de gran cantidad de Estados.
En efecto, la élite de poder, bien estudiada por C.
W. Mills en el caso estadounidense, fue introduciendo
en la política democrática y
electoral, muchos de los instrumentos ensayados para la manipulación de masas en
otras latitudes y para otros efectos. Se usaron no solo para combatir nuevas
amenazas como el comunismo, sino para vender imágenes y fabricar candidatos a
puestos de elección, quienes debían
competir con otras celebridades por la atracción de las preferencias del
público, emitiendo mensajes de formas y contenidos igualmente llamativos y
fáciles de asimilar intuitivamente. En algunos casos, se echó mano del
ocultamiento o la tergiversación de imágenes y móviles, con tal de avanzar en
la promoción velada de intereses. Surgieron así los llamados por Vance Packard “hidden persuaders”, o especialistas en la publicidad
subliminal, quienes apelan a la inconsciencia de los ciudadanos y a las
percepciones distorsionadas por medio de estímulos muy sutiles, fabricados
desde el exterior de los sentidos de los consumidores, para atraer sus votos o capacidad de compra.
Se supone que los efectos subliminales atraviesan la percepción consciente o
analítica para inscribirse directamente como cadenas de estímulos en el
inconsciente, desde donde dominan la conducta individual o colectiva. Cuanto
mejores sean las técnicas, más sutiles las impresiones y más eficaces las
reacciones.
La ventaja de los comunicadores subliminales
radica en que los receptores ingenuos de los mensajes no se den cuenta de
cuáles son los alcances del poder planificado a que se
hallan sometidos, ni se percaten del valor intrínseco de los productos que se
mercadean para atraer sus opiniones y votos, puesto que solo
interesan las cualidades superficiales y extrínsecas, o de imagen, de esos
productos. En otras palabras, los comunicadores ocultos deben cultivar la
desinformación, los datos descontextualizados y las impresiones retorcidas como
bases de su gestión. Ésta debe ser definida como puramente técnica o
profesional; es decir, como actividad aséptica desde el punto de vista de los
contenidos reales de las comunicaciones y de las cualidades intrínsecas de los
productos, así como con respecto a posibles valoraciones éticas o connotaciones
políticas que requieran explicación y, sobre todo, plena y consciente
justificación. El persuasor escondido no quiere, ni tiene por qué, rendir
cuentas; es un sujeto política y socialmente irresponsable, lo cual debe verse
con preocupación en el seno de las democracias, donde la publicidad y transparencia
de los actos del poder son la base de la legitimidad y de los
consensos que se logran establecer entre gobernantes y gobernados, líderes y
seguidores.
V. Política de imágenes y vídeopoder (o vídeocracia)
La irrupción de la televisión en el campo de las
luchas políticas y electorales, ha traído un cambio cualitativo en las
relaciones de poder en las democracias.
Principalmente porque ha puesto al descubierto el enorme potencial manipulador
de este medio, con el cual se logra mejor que en otros el predominio de la
imagen sobre el contenido de los mensajes que se lanzan al público. De allí la
tentación de los comunicadores televisivos, y en particular de los
propagandistas políticos, de recurrir al uso de la manipulación simbólica y
subliminal en la televisión, en vez de agudizar la persuasión con base en
argumentos y análisis sopesados de los hechos.
El nuevo vídeopoder
lleva la manipulación a escalas
masivas, haciéndola más y más sugestiva, sutil y efectiva que en el pasado,
cuando la prensa y la radio dominaban el escenario. El llamado Teorema de Thomas, propuesto hace años
por un prestigioso sociólogo norteamericano, se ha visto una y otra vez
validado por el nuevo vídeopoder con su potente
efecto sobre los procesos personales y grupales de la simbolización.
Partiendo de la definición de ese teorema –a
saber, “si una masa o pluralidad de individuos define como real una situación,
ésta es real en sus consecuencias”–, los nuevos magos de la publicidad y de la
propaganda política pueden fácilmente llevar a las masas de pasivos receptores
a inclinar su pensamiento, sus emociones y su conducta en direcciones previstas
hacia situaciones provocadas artificialmente. Éstas, al ser definidas como
reales o verídicas, producen los resultados calculados por las cúpulas del poder económico, político o
cultural que controla los medios masivos. Entonces es cuando la realidad se
confunde con la ficción, y la manipulación con la
persuasión, y aunque las causas de la conducta sean cuestionables o producto de
falsas alarmas, como suele suceder en muchas crisis financieras o pánicos
bursátiles, no dejan de ser reales las catastróficas consecuencias.
Se ha observado que el discernimiento con respecto
a los fines y medios de la acción política y la razón del voto, cede fácilmente en los
procesos eleccionarios contemporáneos, frente a los designios y esfuerzos
publicitarios por vender solo impresiones superficiales o “efectos especiales”.
La discusión alrededor de programas y plataformas retrocede comúnmente ante la
presión sugestiva plagada de imágenes intuitivas y cargadas de tonos
emocionales. Los votantes son conducidos a tomar decisiones electorales tal
como lo hacen cuando actúan como consumidores de bienes y servicios; es decir,
guiados por los aspectos extrínsecos y no intrínsecos del valor de lo que se
les ofrece.
Cuando la manipulación sugestiva se
vuelve consustancial con el uso del poder en cualquier campo de
la actividad humana y social, profesionalizándose al máximo de su potencial, se
presta como excelente arma técnica de la conspiración. Toda conspiración es una
manipulación compleja, llevada
a cabo meticulosa y sistemáticamente, apoyada por hilos invisibles, trucos y
trampas ocultas, acompañada por los más diversos montajes, conducente a
desestabilizar a un adversario incauto, meterlo en callejones sin salida y
dejarlo impotente. Una vez que éste se halla carente de suficientes medios de
defensa, entonces se le aplican otras tantas y perniciosas tácticas del poder. A escoger están las
presiones y amenazas directas, el chantaje y otras estratagemas poco decorosas,
todas ellas encaminadas a enlodarlo, confundirlo y doblegarlo. En el fondo, la
conspiración, con esa mezcla de herramientas bajas, se vuelve una arma al servicio de la política de la fuerza, solo que
aplicada en el plano psicológico y social.
Debido al inmenso poder de los medios de
comunicación masiva, es posible hoy día llevar muchas de las experiencias
conspirativas a una dimensión global, mediante campañas vídeomediatizadas,
adobadas con los más diversos montajes capaces de capturar las mentes de incautos
ciudadanos y votantes. Estos procesos podrían considerarse como fraudulentos,
en vista de que persiguen influenciar los resultados electorales por
medios ocultos y subrepticios, sustentados en la fabricación de imágenes, semejantes
a los que usa la mercadotecnia del consumo masivo. Siempre que exista una masa
disponible de consumidores mediatizados, más ávidos de imágenes y estímulos
fáciles que de razonamientos persuasivos, tendrán terreno fértil los
profesionales de la manipulación, en asocio con
los políticos de pura pose e imagen y puestos de moda por el ascenso del vídeopoder, con su enorme poder persuasivo y manipulativo.
Como se observa, la manipulación de gustos y preferencias, de actitudes y demás componentes profundos de la psique individual y colectiva, ya no es un instrumento deleznable solo en manos de los dirigentes de regímenes autoritarios o totalitarios. Si bien es cierto, fue en éstos donde los métodos de la propaganda masiva fueron perfeccionados y se emplearon con audacia sin límites durante la primera mitad del siglo XX –en especial por el Tercer Reich–, en las democracias de masas se ha vuelto casi una norma la aplicación de esos métodos en los procesos electorales, para lo cual son incesantemente perfeccionados en laboratorios de técnicas subliminales.
Al principio se creyó que la ciudadanía no se prestaría a un asalto a la razón de esa magnitud. Pero lo cierto es que, en la actualidad, este tipo de manipulación de alto vuelo ha podido superar el papel tradicional de la educación cívica, dada la fuerza que ha adquirido la industria publicitaria. A los dueños de ese lucrativo negocio, capaz de crear corrientes de opinión pública y política sobre bases muy superficiales y crudas, no les importa el descubrimiento de la verdad por los ciudadanos, mediante el debate y la persuasión, sino ganar una elección o hacer calar un designio oscuro por medios sutiles que escapen al control consciente y el raciocinio de los votantes.
Las implicaciones de esta
situación para el futuro de la democracia no ofrecen mucho optimismo.
Ésta, en su versión clásica,
presuponía la hegemonía de
la sociedad civil y sus ciudadanos sobre el gobierno y otros aparatos de dominación y coerción. La sociedad se consideraba libre y soberana en esa democracia. Al no estar sujeta
a interferencias manipulativas y distorsionantes,
era capaz de controlar su destino sobre
la base de enjuiciamientos críticos,
sobrios e independientes efectuados con relación a opciones reales. No se contaba con la fuerza que llegaría a tener la fabricación publicitaria de imágenes, fantasías o ensueños reforzados desde el inconsciente irracional, sobre la conducta de los dirigidos por
las maquinarias
Al igual que sucedió con el famoso aprendiz de brujo, a las modernas sociedades
de masas pareciera que se les ha escapado de las manos el juego
massmediatizado de los megapoderes. Ya no se trata de enfrentar tipos de juegos de poder
Vocablos de referencia:
Campaña electoral
Propaganda electoral
Participación política
Poder
Democracia
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José Luis VEGA CARBALLO