SISTEMAS POLÍTICOS
I. Concepto
En un sentido muy laxo, un sistema político es el conjunto de instituciones públicas,
organizaciones de la sociedad, comportamientos, creencias, normas, actitudes y
valores que mantienen o subvierten el orden del que resulta una determinada y,
por lo general, desigual y conflictiva distribución de utilidades.
La expresión “sistema político” y su plural se ha instalado no sólo en el
lenguaje de la ciencia política, sino también en el lenguaje común de un modo
tan arraigado como términos políticos de mayor tradición como ideología, Estado
o partidos. No obstante, es bastante más difícil precisar qué denota
exactamente este vocablo.
El término fue traído al campo de la ciencia
política, desde el terreno de la informática, la teoría cibernética de las
comunicaciones y de la llamada teoría de los sistemas generales propuesta por Bertalanffy, pasando por la sociología de Parsons, con el propósito expreso de construir categorías
de análisis y enfoques conceptuales novedosos que permitieran romper con el
enfoque jurídico e institucional dominante en los estudios políticos hasta la
mitad del siglo XX.
Uno de los más citados trabajos en este sentido es
el David Easton, quien más que una teoría política en
sentido estricto aporta un esquema para el análisis que consiste más en un
compendio de conceptos y de definiciones de términos nunca antes usados por los
politólogos, que en la construcción de una teoría empírica sobre los fenómenos
políticos. Han pasado ya casi cincuenta años desde que David Easton escribió su The Political System
y casi cuarenta desde que publicó sus dos obras en las que detalló su esquema
de análisis (A framework
for Political Analysis y A System Analysis of Political Life)
y, desde entonces hasta ahora, es poco lo que se ha avanzado en la construcción
de una verdadera teoría sistémica del comportamiento político.
En sus inicios, algunos le auguraron un gran
futuro a la aplicación del enfoque de sistemas en la política. Willliam Mitchell, por ejemplo, afirmó en la aún prestigiosa aunque
ya vieja Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales de 1968, que el
análisis de sistemas de seguro sería ampliamente usado en el futuro bien fuese
en su versión organicista y funcionalista (representada principalmente por Easton y Almond) o en su
vertiente más mecanicista y cuantitativa (construida principalmente por Kaplan en el terreno de las relaciones internacionales).
Pero el hecho es que a casi cincuenta años de su introducción en la ciencia
política la otrora pretenciosa teoría de sistemas no ha logrado ser mucho más
que una terminología muy generalizada, compartida por expertos y legos, pero
que en realidad no es muy precisa ni está rigurosamente formalizada, como lo
exigiría el uso estricto del paradigma del cual se importó su uso a las
ciencias sociales. Hoy en día se emplean comúnmente los vocablos sistema,
variables, retroalimentación, insumos y productos, entre otros, de modo puramente
figurativo o analógico, pero en ningún caso se han podido establecer las
ecuaciones que expresen las leyes o el mecanismo de funcionamiento del sistema
y que expliquen las conversiones de los insumos en resultados o productos.
Puede argumentarse que si bien el análisis
sistémico de la política no ha dado todos los frutos teóricos que debería,
ha servido al menos para organizar los conceptos y presentar un esquema de
análisis cualitativo más organizado y con una terminología propia e
independiente del análisis jurídico y constitucional dominante antes de los
años cincuenta. El uso extenso del concepto de sistema político en mucho está asociado con el nacimiento y
desarrollo de la ciencia política como disciplina autónoma del derecho y de la
sociología general. Pero, lamentablemente, tal emancipación no necesariamente
se ha traducido en una mayor clarificación y desarrollo de una teoría general
de los sistemas políticos. A lo sumo, se han obtenido diversos enfoques
analíticos, tipología y organizaciones de conceptos que tienen una amplia
aplicación descriptiva, pero que todavía están muy lejos de una teoría
científica en sentido estricto.
En su acepción más abstrusa, un sistema político es el conjunto conductual integrado por las
interacciones que generan la asignación autoritaria de valores en una sociedad1. Una asignación es autoritaria, según Easton, “cuando las personas que hacia a ella se orientan
se sienten obligadas por ella”2 . Y las personas, miembros del sistema, se consideran obligados por tres
razones: 1) la coerción o la amenaza de coerción física o psicológica severa;
2) el interés personal y 3) la lealtad, el sentido de la legalidad o de la legitimidad. Pero al margen de cuál sea la razón por la que
alguien se somete a la autoridad, lo que caracteriza como político a un sistema
es el hecho de que sus asignaciones sean obligatorias.
Esta definición para algunos de sus críticos, más
que abstracta, es indeterminada. Es decir, no se trata, como aspira su autor,
de un concepto aplicable a cualquier forma de organización social en cualquier
momento histórico y en todo espacio geográfico, sino más bien de una creación
terminológica que no permite distinguir lo que realmente es un sistema político.
En la búsqueda de una mayor precisión Easton distingue entre sistemas políticos propiamente dichos y otros sistemas que realizan
asignaciones obligatorias para sus miembros, aunque al interior de ámbitos
sociales o territoriales más restringidos tales como las familias, las
organizaciones religiosas, los grupos de linaje o castas, las instituciones
educacionales y las unidades económicas. Para este propósito Easton crea el concepto de “sistemas parapolíticos”
o también “sistemas políticos internos” con el que designa sistemas de
asignación autoritaria de valores al interior de grupos y subgrupos menos
incluyentes que la sociedad y que resultan análogos, más que isomórficos, al sistema político societal.
¿A qué se refiere, entonces, en última instancia
el concepto eastoneano de sistema político? Pareciera que se reduce al de Estado nacional
soberano pues es esta la entidad política empíricamente existente más
inclusiva. Pero esto no queda claro en la teoría de Easton
y, de ser así, el esfuerzo por emancipar a la ciencia política creando un
objeto teórico propio de investigación, entendido como un sistema de
comportamientos empíricamente observable dedicado a la adjudicación autoritaria
de valores para la sociedad, queda sin efectos. Se estaría hablando de la misma
entidad que el derecho constitucional ha identificado con anterioridad y precisión
como su objeto de estudio.
La debilidad mayor de la teoría de Easton de los sistemas políticos fue puesta de manifiesto tempranamente por Eugene Meehan3. De acuerdo con Meehan,
la debilidad fundamental de Easton es que su teoría
no pretende explicar fenómenos empíricos sino simplemente crear un esquema de
conceptos abstractos. Así, pretendiendo definir la política como un sistema de comportamiento, Easton termina por no definirla. Al reconocer la existencia
de sistemas parapolíticos, acepta que la política ocurre en todas partes, en organizaciones menos
incluyentes que el sistema político “societal”.
Vista así la teoría de Easton
no bastaría con definir la política como el sistema de conductas dirigidas a asignar
valores con el respaldo de la autoridad. Habría que precisar el ámbito de
validez de tales asignaciones obligatorias (es decir, un territorio) y
determinar los miembros del sistema (es decir, la población) que están sujetos
a tales obligaciones. En suma, al menos que se entienda por sistema político lo mismo que Estado nacional, queda sin definir
la política y, de aceptarse tal sinonimia, entonces el
esfuerzo de Easton ha sido puramente nominal, no
teórico.
Al asumir el enfoque de sistemas para describir la
política, Easton privilegia la
estabilidad como un requisito esencial del sistema político. Para algunos de sus críticos esto introduce un
sesgo excesivamente conservador en su esquema. Cierto es que Easton se ocupa más de la estabilidad del sistema que de
sus transformaciones, sin embargo, el esquema eastoneano
permite comprender que, en principio, en los sistemas políticos existen mecanismos que permiten manejar las
tensiones emanadas del ambiente logrando adaptaciones que pueden llevar incluso
a cambio de importancia, sin que necesariamente se produzca una ruptura
revolucionaria o, en sus términos, una perturbación severa de sus variables
fundamentales. En segundo lugar, su enfoque también permite describir procesos
de cambio que conducen a perturbaciones tan importantes del sistema político que no conducen a su transformación en un sentido
positivo o revolucionario, sino a su deterioro, a la merma severa de sus
capacidades e incluso a su desaparición, con lo cual se refuerza la idea de que
no necesariamente los cambios políticos radicales son progresistas. Estas dos
ideas han sido especialmente útiles en Iberoamérica,
donde por décadas han proliferado las propuestas optimistas de cambios
radicales y revolucionarios para superar los problemas de eficacia y eficiencia
del Estado.
Especialmente interesante, a los efectos del estudio
de la estabilidad, es su tipología de los apoyos al sistema. Un sistema puede
recibir apoyos específicos a sus decisiones de asignación de valores o puede
también recibir apoyo difuso, no ya a sus decisiones concretas, sino a través
de las actitudes y valores acerca del sistema en su conjunto. Los déficits más graves son los de apoyo difuso, pero una
situación sostenida de deterioro de los apoyos específicos puede conducir, a la
larga, a una pérdida del apoyo difuso y, en definitiva, a una severa perturbación
del sistema.
La noción de apoyo tiene una enorme importancia
pues permite manejar de un modo más claro, sencillo y empírico el complicado y
casi irresoluble problema teórico al que conduce una noción emparentada, pero
más vaga: la de legitimidad. Mediante técnicas empíricas de medición de
actitudes, valores y cogniciones, es bastante más fácil medir niveles de apoyo
a decisiones específicas del sistema político, así como las afectos, conocimientos y representaciones
que los individuos tienen respecto del sistema en su conjunto, que observar la legitimidad que, en un estado de derecho, en última instancia se vincula de algún modo al
problema de la legalidad. En este punto, entonces, algunos conceptos del
esquema de Easton contribuyen a la autonomía de las
categorías para el análisis político.
Jean-William Lapierre4 usa la teoría eastoneana
pretendiendo mejorarla y reducir su excesiva generalidad. Lapierre
define al sistema político como el conjunto de procesos de decisión que
conciernen la totalidad de una sociedad global. Añade que hay dos grandes
categorías de decisiones: las relativas a la coordinación o regulación de las
relaciones entre los grupos particulares y las correspondientes a las acciones
colectivas que comprometen o movilizan a la totalidad de la sociedad global.
Para Lapierre el sistema político no se define ni por la asignación de valores
(pues hay otros sistemas sociales, como el mercado, que realizan una función
similar) ni por el carácter autoritario de tales asignaciones (pues hay
sistemas parapolíticos que imponen sus decisiones a
sus miembros). Lo que caracteriza al sistema político es que sus decisiones atañen a la totalidad de la
sociedad global, según Lapierre.
No obstante, tanto este último autor como su
predecesor, David Easton, no deja claro que significa
exactamente el hecho de que las decisiones del sistema afecten o conciernan a
la sociedad en su conjunto. Esta afirmación parece más un objetivo prescriptivo que una descripción de la realidad. ¿Hasta que
punto puede decirse que toda decisión de todo sistema político afecta a toda la sociedad? Es evidente que en
muchos lugares las decisiones del sistema político no afectan ni involucran a toda la sociedad. Sólo
para mencionar un ejemplo por lo demás evidente, los casos de las más grandes
ciudades del mundo (Sao Paulo, Ciudad de México, Los Angeles)
e incluso de algunas más pequeñas pero muy complejas (como Medellín, Bogotá,
Río de Janeiro o Caracas) ponen de manifiesto la existencia de formas de
autonomías políticas, especies de nuevos feudos regulados con sus propias
normas informales, que funcionan como espacios sociopolíticos incontrolados y
no sometidos de modo permanente a la autoridad política. La referencia a
sociedad como un todo resulta más parecida a una petición de principio que a
una afirmación teórica con referente empírico.
Desde una perspectiva distinta, expresamente
funcionalista, Gabriel Almond5 , definió el sistema político como un sistema de interacciones, existente en
todas las sociedades independientes, que realiza las funciones de integración y
adaptación, tanto al interior de la sociedad como en relación con las otras,
mediante el uso o la amenaza del uso de la violencia física más o menos
legítima. Esta definición, al igual que la de Easton,
carece de un claro referente empírico. Obviamente, hace evocar la definición weberiana de Estado, pero añadiendo la idea de funciones
políticas e identificando como tales la de “integración” y “adaptación”.
El sistema político, según Almond,
desempeña las siguientes funciones, identificadas por el autor sobre la base
del estudio de las actividades propiamente políticas de los sistemas
occidentales. Por el lado de los insumos: 1) socialización y reclutamiento
político (es decir, la formación de unas determinadas actitudes, valores y
creencias para la posterior incorporación de los sujetos al sistema); 2)
articulación de intereses (mediante la cual los grupos sociales llevan al
sistema sus acciones); 3) agregación de intereses (mediante la combinación de
intereses en formulaciones generales y por medio del reclutamiento de personal
comprometido con una cierta orientación política) y 4) comunicación política
(por medio de la cual se realizan todas las demás funciones). Por el lado de
productos el sistema realiza tres funciones que se explican por sí mismas: 1)
elaboración de normas; 2) aplicación de normas y 3) juicio conforme a las
normas. Habría que decir que estas tres funciones evocan, lo quiera Almond o no, a la clásica división del poder público en
tres ramas.
Dejando de lado problemas importantes tales como
qué es una sociedad “independiente” (¿será simplemente un Estado nacional
soberano?) y lo que significa el ejercicio “más o menos legítimo” de la
violencia, al igual que el de Easton, el aporte de Almond se reduce a un esquema de conceptos más que a una
teoría de los sistemas políticos de naturaleza explicativa. Su esfuerzo llega, a
lo sumo, al nivel de las tipologías, útiles por lo demás a la hora de organizar
datos y con aplicación en estudios comparativos de naturaleza descriptiva, pero
insuficientes para explicar el comportamiento de las variables políticas.
Otra conceptualización
digna de mención es la de Karl Deutsch, que a diferencia de los antes señalados se basó
principalmente en la cibernética para construir un modelo del sistema político visto como un sistema de comunicación en el que
el gobierno es considerado un centro de toma de decisiones6. Simplificadamente, el modelo de Deutsch consiste en un diagrama que representa el flujo que
parte de unos receptores que captan, seleccionan y procesan la información
interna y externa. Las decisiones del sistema se toman con base a estas
informaciones, relacionadas con la memoria y los valores del sistema, y se
traducen en unos determinados resultados o consecuencias que realimentan el
flujo de información.
Este otro enfoque de los sistemas políticos, que tampoco ha tenido un gran desarrollo más
allá de las formulaciones iniciales de Deutsch, ha sido
duramente criticado por ser especialmente mecanicista, estático y conservador.
Así lo ha criticado Oran R. Young7. La influencia que en él tiene la ingeniería de
las comunicaciones hace que sus analogías no sean especialmente aplicables a
los procesos políticos realizados por humanos bastante más complejos que las
máquinas. Su enfoque de las decisiones políticas exige una racionalidad y una
certeza inexistentes en la política. Además, el modelo se concentra más en los
procesos de flujo de información que en los resultados de las decisiones
políticas. De los conceptos fundamentales de este enfoque destaca su autor los
de capacidad de carga, demora, delantera y ganancia. La carga es el total de
información que es tomada en un momento dado. La capacidad de carga es definida
como una función del número y clase de los canales de disponibles. La delantera
es la capacidad del sistema para reaccionar anticipadamente con base a
previsiones de consecuencias futuras y la demora es una medida de la tardanza
en informar y actuar sobre información referida a las consecuencias de las
decisiones tomadas. La ganancia es la extensión de la respuesta del sistema a
la información que recibe. Tales conceptos permiten la medición de los flujos y
la construcción de indicadores de actuación del sistema, pero dejan de lado
muchos aspectos sustantivos y cualitativos del proceso de gobierno.
Aparte de las nociones de sistema político, tan abstractas como las precedentes, hay
acepciones menos ambiciosas del mismo término que, en realidad, son las más
frecuentemente empleadas, implícita y explícitamente, en la ciencia política y
en el discurso político de los no especialistas. Pese a la debilidad intrínseca
de los enfoques de Easton y de Almond,
que en sí misma explica que sus teorías no hayan madurado luego de casi medio
siglo de antigüedad, el término sistema político sigue siendo usado ampliamente aunque muchas
veces de un modo bastante más amplio.
Es este el caso, por ejemplo, de Maurice Duverger8. Este autor, como se sabe, de formación jurídica
y constitucionalista, parte de la distinción entre instituciones, regímenes y
sistemas. Por sistema social, en general, entiende en sentido laxo todo
conjunto de partes o roles en los cuales los diversos elementos forman un todo
único y ordenado, siendo además éstos interdependientes entre sí. Según él, el
nombre de sistema se reserva en general al conjunto de los roles o modelos de
comportamiento que integran la cultura de un grupo y sirven para definirlo. El sistema político, desde su perspectiva no es más que una entidad
analítica para el estudio, o dicho en sus términos, es el conjunto del sistema
social estudiado en sus aspectos políticos9; es decir, el sistema político es el “cuadro general” en el cual “los diversos
elementos se colocan en una correlación recíproca”. Las instituciones
políticas, a su vez, son las partes integrantes de un subsistema político que
es denominado “régimen político”10.
Un enfoque diferente al de Duverger
es el que ofrece Samuel Huntington11 quien usa el término sistema político para designar un conjunto formado por unas
determinadas instituciones políticas, que tienen unas determinadas expresiones
formales identificables en el régimen jurídico, en relación con un cierto nivel
de participación que se manifiesta en conductas observables empíricamente y
referidas al ejercicio del poder político por medio de las instituciones y los
actos del gobierno.
Por último, David E. Apter12, partiendo de una definición de sistema más conductualista que neoinstitucionalista,
y criticando el enfoque de sistemas por demasiado aparatoso y alejado de la
realidad, define al sistema político como una formación que resulta de la relación
entre las normas de una sociedad y las pautas de autoridad prevalecientes.
Apter13 se atrevió a predecir que el futuro de la ciencia
política estaba más en el neoconductismo que en el neoinstitucionalismo,
pero, vistas las cosas desde las últimas perspectivas de la ciencia política,
parece claro que ésta no puede renunciar al estudio de las instituciones,
aunque sin poner en duda que el análisis politológico
ha incorporado una visión de sistema al tiempo que de ciencia del
comportamiento que le permite observar fenómenos no visibles desde el punto de
vista estricto del derecho público y el derecho constitucional.
II. Tipología
Existen diversas tipologías de sistemas políticos y muchas de ellas comparten una misma carencia:
son construidas con fines esquemáticos o comparativos, pero en la medida en
que, como se vio antes, no hay una teoría de los sistemas políticos validada y general, están demasiado atadas a las
circunstancias históricas y a la naturaleza específica de los casos incluidos
en ellas. Dicho de otro modo, son básicamente esquemas de ordenación de datos elaboradas, la mayor parte de las veces, a partir de
generalizaciones empíricas.
En las tipologías que aquí vale la pena mencionar
destaca la de Samuel Huntington. La misma obedece al
cruce de dos variables que el autor identifica como claves para explicar el
desarrollo político: el nivel de institucionalización y el de participación política. Según su nivel de institucionalización, los sistemas políticos pueden estar gobernados principalmente por leyes
o por personas. La participación, a su vez, puede ser baja, estando restringida
a un pequeño grupo de personas pertenecientes a la élite
burocrática o la aristocracia tradicional; puede ser media, cuando los grupos
de las clases medias acceden a la política o puede ser alta, cuando a estos dos tipos de
grupos sociales se suman los sectores populares.
La relación entre ambas variables no pretende sólo
crear esquemas de clasificación, sino que obedece a una hipótesis que pretende
explicar la estabilidad: a medida que aumenta la participación política, debe crecer la institucionalización o de lo
contrario no se mantendrá la estabilidad del sistema. De la relación hipotética
entre institucionalización y participación Huntington
deduce las diferencias entre dos tipos básicos de sistemas políticos: cívicos y los pretorianos. Los sistemas cívicos
son los que gozan de un alto nivel de institucionalización respecto de su nivel
de participación, mientras que los pretorianos son los que tienen bajos niveles
de desarrollo institucional y elevados niveles de participación que se expresan
en el hecho de que las fuerzas sociales, usando métodos propios, actúan
directamente en política. Los niveles de desarrollo institucional y de
participación son variables de una sociedad a otra por lo que los sistemas
cívicos y pretorianos pueden darse en diversos niveles de participación política, pero en definitiva el pretorianismo es el
resultado de un nivel de participación mayor que aquel que las instituciones
pueden enfrentar.
Huntington identifica finalmente seis tipos de sistemas políticos tal como se muestra en el siguiente cuadro:
Cuadro
1. Tipos de sistemas políticos según Huntington
|
Participación Política |
Relación
de Institucionalización-Participación |
|
|
Alta: Cívica |
Baja: Pretoriana |
|
|
Baja: tradicional Media: transicional Alta: moderna |
Orgánica Progresista De participación |
Oligárquica Radical De masas |
Esta
tipología muestra como el estudio de la política desde la perspectiva del comportamiento del sistema político da autonomía a la politología.
Ella ofreció una perspectiva para el estudio de los problemas de estabilidad,
orden y cambio de los Estados y sociedades en desarrollo virtualmente imposible
de llevar a cabo desde la perspectiva más tradicional del estudio de sus formas de gobierno y, como se sabe, produciendo un importante cambio
de perspectiva respecto de la compleja relación entre modernización y
estabilidad política al mostrar que no necesariamente una mayor participación política conduce a un sistema político desarrollado y sostenible.
Desde una perspectiva teórica distinta, Apter clasifica los sistemas de acuerdo a como se expresan
simbólicamente las normas de una sociedad en combinación como se define la
autoridad, es decir el grado de responsabilidad de los dirigentes con los
dirigidos. Los valores pueden representarse como ideologías o como religiones,
como preceptos éticos o como metas sociales concretas; es decir, de modo
instrumental o de manera consumatoria. La autoridad
puede ser ejercida jerárquica o piramidalmente. Así, del cruce de las dos
variables Apter deriva cuatro tipos de sistemas:
Cuadro
2. Tipos de sistemas políticos según David Apter
|
Normas |
Autoridad |
|
|
Jerárquica |
Piramidal |
|
|
Valores
Consumatorios |
Sistemas
de Movilización |
Sistemas
Teocráticos |
|
Valores
Instrumentales |
Sistemas
Burocráticos |
Sistemas
de Conciliación |
Los sistemas
de movilización (cuyo ejemplo típico es el de la China de Mao)
poseen una ideología política universalizante que
permite que las cuestiones de interés se pacten como cuestiones de valor. El
sistema no tiene que ser necesariamente de “izquierda”, puede combinar
elementos de ésta y de la “derecha” o ser puramente de “derecha”. Incluyen un
líder carismático o profético que moviliza con una ideología proselitista y que
tiene que enfrentar el problema que Weber identificó
como “ritualización del liderazgo” que conduce, a su
vez, a la declinación de las creencias y la búsqueda del interés personal sobre
el comunitario. Los sistemas de conciliación son representativos, aunque no
necesariamente democráticos (la categoría incluye casos de sistemas de un solo
partido muy representativo). La vida pública es entendida en términos de fines
instrumentales por lo que enfrentan el problema de la pérdida de significación
de la misma y aparición de conflictos que violentan el marco legal o los
mecanismos de negociación de los que depende el sistema. Los sistemas
burocráticos son el resultado del cambio de alguno de los dos sistemas
previamente descritos como consecuencia de la búsqueda de soluciones al
problema de la accesibilidad de la élite. Propenden a
favorecer los reclamos de representación basados en el interés y los regulan de
acuerdo a patrones institucionalizados y reconocidos. Los sistemas teocráticos
son sólo casos históricos, según Apter, el ejemplo
típico es el feudalismo europeo.
Por su parte, Duverger
analiza lo que él llama “los grandes sistemas políticos” del momento histórico en el que escribió su
obra. Para ello usa dos combinaciones contrapuestas: de una parte, el régimen político (liberal o autoritario) y del otro, el sistema
económico (socialista o capitalista). De la combinación de las dos
contraposiciones se obtienen cuatro tipos de sistemas políticos, que se muestran en el cuadro 3, de los cuales
sólo funcionan actualmente los tres primeros.
Cuadro
3. Tipos de sistemas políticos según Duverger
|
Sistema
Liberal |
|||
|
Sistema
Socialista |
Democracia
Socialista |
Democracia
Liberal |
Sistema
Capitalista |
|
Dictadura
Socialista |
Régimen
autoritario Capitalista |
|
|
|
Sistema
autoritario |
|||
La democracia liberal es el sistema político típico de occidente
con todas sus variantes institucionales (presidencialismo, el semi presidencialismo
y parlamentarismo; los sistemas republicanos y las monarquías constitucionales). La dictadura socialista es el sistema político de la URSS y los países
Ninguna de las tipologías presentadas aquí resulta
Vocablos de referencia:
Regímenes políticos
Formas de gobierno
Bibliografía:
Almond, G.: “A functional approach to comparative politics” en G. Almond y J.S. Coleman: The Politics in the developing areas. Princenton Press, Princenton, 1960.
Apter, D.: Estudio de la modernización.
Amorrortu Editores,
Deutsch, K. W.: Los nervios
Duverger, M.: I sistimi politici, Editori La Terza. Roma-Bari, 1978.
Huntington, S.: El orden político
en las sociedades en cambio. Editorial Paidós.
_________: Esquema para el análisis político. Amorrortu Editores,
Lapierre, J. W.: El Análisis de los Sistemas Políticos. Editorial
Península,
Meeham, E.: Contemporary Political
Thought. A Critical Study. The Dorsey Press,
Rey, J. C.: “Ideología y cultura
política. El caso
Young, O. R.: Systems of Political Science, Prentice Hall, Englewodd Cliffs, N. J., 1968.
Angel ÁLVAREZ
NOTAS
1
2
3 Meehan,
E.: Contemporary Political Thought. A Critical Study.
The Dorsey Press.
4 Lapierre, J. W.: El Análisis de los Sistemas Políticos. Editorial Península.
5 Almond,
G.: “A functional approach to comparative politics” en G. Almond y J.S.
Coleman: The Politics in the developing areas .
6 Deutsch,
K. W.: Los Nervios
del Gobierno. Editorial Paidós.
7 Young, O. R.: Systems of Political Science. Prentice-Hall. Englewodd Cliffs, N. J, 1968.
8 Duverger, M. 1955. Institutions politiques et droit constitutionnnel.I. Les grands systemes polítiques cuya traducción al italiano de 1978 casualmente titulada I sistimi politici, es la que se cita aquí.
9 Op. Cit. Pp. 15.
10 Idem.
11 Huntington,
S.: El orden político en las sociedades en cambio. Editorial Paidós.
12 Apter, D.: Estudio de la modernización. Amorrortu Editores.
13 Op cit., pp. 16-17.
14 En efecto, Juan
Carlos Rey ha construido una tipología