SOBERANÍA

 

 

I.  Concepto

 

El concepto de soberanía se refiere al uso del poder de mandoo del control políticoque se ejerce en distintas formas de asociación humana y que implica la existencia de algún tipo de gobierno independiente que se apoya en la racionalización jurídica del poder. La soberanía incorpora la noción de legitimidad en oposición al uso arbitrario del poder por parte de los actores que se amparan en la fuerza y en la coerción para imponerse sobre los demás. Implica entonces la transformación de la fuerza en poder legítimo. El paso del poder de hecho al poder de derecho3.

 

II. Desarrollo histórico

 

En una perspectiva histórica, el concepto de soberanía adquiere un desarrollo paralelo a la formación del Estado Moderno. Su expresión tangible pasa de la dimensión interna estatal a la externa involucrando otros Estados para ir asumiendo un nivel superior de complejidad e intangibilidad a medida que se complica la interdependencia entre los Estados con el auge de la integración y de los entes supranacionales y el posterior surgimiento y consolidación del fenómeno de la globalización. Más recientemente el concepto de soberanía se extiende para abarcar a otro sujeto, reubicándose en la perspectiva individual en la cual todas las personas son soberanas en cuanto al ejercicio de sus derechos humanos en pie de igualdad. La validez de su lógica y su sentido como elemento articulador de la política y el derecho no deja de reflejar una crisis de validez conceptual y por ende demanda una atención continuada en la medida en que bajo ningún punto de vista se lo puede concebir como un concepto estático que refleja un fenómeno inerme. Veamos rápidamente entonces el desarrollo evolutivo del concepto de soberanía.

 

A.   Dimensión interna

 

A medida que se fue configurando el Estado moderno en virtud de la eliminación gradual de los poderes feudales intermediarios, se fue conformando una interrelación clara y directa entre el gobernante y los gobernados. Este afianzamiento gradual del poder político se complementó con la dimensión territorial denotando el alcance de este poder o control hasta la frontera limítrofe con otro Estado. Dentro de esta territorialidad, el ejercicio del poder implicaba el monopolio del uso de la fuerza física legítima. Es decir, el reconocimiento y la aceptación de que una autoridad superior tomará decisiones normativas en nombre de la colectividad asentada dentro de un territorio y de que sancionará coercitivamente a los detractores de la ley. En este proceso formativo de la soberanía en su dimensión interna, el gobernante, a través del uso de esta prerrogativa de la coersión física legítima, tomaba las decisiones para eliminar las confrontaciones internas (las guerras particulares entre los señores feudales) y avanzar en la obtención de una cohersión interna. Esta última se daba con la superación gradual de las guerras, cuyo logro efectivo iba determinando las posibilidades reales para el ejercicio total de la soberanía interna mediante la fusión de la capacidad de tomar decisiones en nombre de la colectividad gobernada y la práctica de la defensa del territorio que se vulneraba desde afuera. Por último, la fusión de estas acciones le otorgaba a su autor y jefe, el carácter de soberano en virtud del cual podía interactuar de igual a igual con los gobernantes de los otros Estados para guerrear o lograr la paz.

 

B.   Dimensión externa

 

El ejercicio de la soberanía en la dimensión externa implicaba entonces un reconocimiento doble. De un lado a la existencia de un poder de mando indiscutible para encabezar el relacionamiento con el par o los pares de los demás Estados. Del otro lado, a la certeza sobre la existencia de esa figura provista de la autoridad y del poder suficientes para interactuar políticamente en representación de todos los miembros de ese Estado.

 

Así la noción de soberanía, de buen arraigo en la dimensión interna del Estado y más inasible por fuera de él, dejó claro el contraste que ha señalado Nicola Mattecucci, “cuando los conflictos internos son más fuertes que los interestatales, el Estado ha perdido su unidad política”4. Precisamente ha sido esta diferencia un factor preponderante en el hecho de que el concepto de soberanía se haya mantenido como un reto filosófico a lo largo del proceso histórico de la reflexión y el análisis de la política.

 

Los pensadores medievales dejaron claro que el soberano, y no la soberanía, tenía la preeminencia, era la cabeza del orden jerárquico existente. No obstante, el rey dictaba justicia con base a las leyes consuetudinarias del Estado que encabezaba y garantizaba que a cada capa y a cada clase de la jerarquía le correspondieran los derechos y los deberes establecidos.

 

Los teóricos modernos platearon un cambio total. El rey estaba por encima de la ley que hacía. No tenía límites legales. Así el derecho quedaba reducido a la ley del soberano. Lo principal era explicar el equilibrio entre la fuerza y el derecho. Entender el carácter de la fortaleza de la soberanía, si era absoluta (Bodín) o indivisible (Le Bret); individual o colectiva, limitada o universal; justa o arbitraria5. Esta riqueza de la reflexión sobre la soberanía fue concomitante con la complejización de la organización política resultante a su vez de la transformación creciente de los procesos de la distribución espacial de la población. Pensadores modernos como Hobbes, Locke y Rousseau incidieron notablemente en este enriquecimiento a medida que iban aclarando el panorama explicativo que demandaba la nueva realidad socio-política europea. Así con la explicación de la distribución del poder y del sentido de los contratos sociales requerido para su ejercicio en paz, el tratamiento del concepto se desarrolló notablemente. Más tarde, en los siglos XIX y XX vinieron teorías que el mismo Matteucci denomina realistas y abstractas. Las primeras planteadas por Marx para cuestionar el poder soberano en cabeza de la clase dominante, continuadas por Mosca6 para quien este fenómeno lo ejercía la élite del poder y por Mills7 para quien este recurso se ubicaba en los grupos sociales. Las segundas enfatizaron la despersonalización de la soberanía para enfrentar el reto de conciliar al soberano con el pueblo y a la monarquía con el Estado. Este proceso de abstracción también perseguía la explicación racional atinente a la ubicación del poder último de la decisión soberana. El aporte del pensamiento kantiano, también contemplado por Matteucci, en cuando a la cabida de la teoría de la separación de poderes en cada una de las ramas del poder público, completa el ciclo de las abstracciones sobre la soberanía.

 

El desarrollo del pensamiento político continúa haciéndose más complejo a medida que bajo el régimen democrático se afina la noción del Estado de Derecho. Bajo esta noción, la soberanía, sin desaparecer, se desdobla hacia el ámbito constituyente, en el cual se va redefiniendo el ordenamiento jurídico, tanto del Estado como de sus miembros. La lucha por la búsqueda de la igualdad política dentro de una diversidad cada vez más demandante y reivindicativa va transformando el sentido de la soberanía. El cambio se acentúa y va limitando su alcance con las rápidas transformaciones geopolíticas que conlleva el nuevo sistema mundial.

 

Así la descolonización, el aumento de la cooperación y la interdependencia entre las naciones, el surgimiento de las distintas expresiones de la supranacionalidad (comunidades, cortes, poderes, alianzas militares), la internacionalización del mercado y de la economía, el auge de las empresas multinacionales, el impacto global de los medios masivos de comunicación y todos los determinantes de la “aldea global” de McLuhan se constituyen en la gama de vectores del cambio de sentido de la soberanía, la cual, como si fuera poco, y como se anotó atrás, se desplaza al ámbito de la individualidad8. En él, cada persona es sujeto igualitario de todos los derechos y deberes que el constitucionalismo reciente (no sólo en América Latina sino en todo el nuevo orden mundial) de la democracia participativa consagra para el universo de la población. El reto explicativo del concepto de soberanía en el tercer milenio continúa y más que nunca debe responder al entendimiento y aceptación de que bajo el fenómeno imperante de la globalización, la supranacionalidad real y potencial debe propugnar por el logro de la verdadera justicia social en la plurietnia y bajo el multiculturalismo. El reto también implica promover el acceso efectivo de la sociedad civil a la verdadera política ciudadana, responsable y participativa.

 

 

Vocablos de referencia:

 

Estado de derecho

Legitimidad

Poder

 

Bibliografía:

 

Annan, Kofi: “Nosotros los Pueblos”, El Tiempo, Santafé de Bogotá, 30 Diciembre 1999.

Bobbio, Norberto y Matteucci, Nicola: Diccionario de la Política, México, 1982.

Fayt, Carlos: Historia del Pensamiento Político, El Absolutismo, Tomo VI, Bibliográfica Omeba, Buenos Aires.

García, Enrique: Derecho Internacional Público, Editorial Temis, Bogotá, 1993.

Kelsen, Hanz: Teoría pura del Derecho, Editorial Porrúa, México, 1995.

Mills, C.Wright: La Elite del Poder, Fondo de Cultura Económica, México, 1978.

Mosca, Gaetano: The ruling Class, Mc.Graw Hill, New York, 1939.

Pizzolo, Calogerio: Constitución y Derecho Público Comunitario, Buenos Aires, 1997.

Putnam, Robert: The Beliefs of Politicians: Ideology, Conflict and Democracy in Britain and Italy, New Have, 1973.

Robertson, David: Dictionary of Politics, Penguin Books, Londres, 1993.

 

Gabriel MURILLO

 

1         Matteucci, Nicola: “Soberanía”, en Bobbio Norberto y Nicola Matteucci: Diccionario de Política, México, 1982. Págs 1534-1546.

2         Robertson, David: The Penguin Dictionary of Politics, Londres, 1993. Pág 440.

3         Matteucci, N.: op. cit., págs. 1534-1535.

4         Matteucci, N.: op. cit., pp. 1544.

5         Citados por Matteucci, N.: op. cit., pp. 1538.

6         Mosca, Gaetano: The Ruling Class, Mc. Graw Hill, New York, 1939.

7         Mills, C. Wright: La Elite del Poder, Fondo de Cultura Económica, México, 1978.

8        Annan, Kofi (1999): “Nosotros los Pueblos” en El Tiempo, Santafé de Bogotá, Dic, 30, 1999, pág. 5.